Tras el triunfo de Milei, se consolida el nuevo esquema económico garantizado por EE. UU., que se propone blindar los beneficios al gran capital y profundizar la guerra al pueblo trabajador.
El resultado electoral del domingo 26, mucho más favorable para el gobierno de lo que se pronosticaba, fue la señal de largada para un rally financiero. La cotización de bonos y acciones se disparó, el riesgo país se desplomó, y el dólar, después de un fuerte bajón inicial seguido de recuperación, concluyó la semana en niveles más bajos que el viernes de la semana previa. Todo esto, sin que el interventor económico extranjero, léase, el Secretario del Tesoro de EE. UU. Scott Bessent, a quien Donald Trump puso a cargo de defender la estabilidad económica de Argentina semanas atrás, tuviera que volver a aportar dólares en el mercado local. En síntesis, nos encontramos con un panorama muy diferente que la situación de desborde del equipo económico que llevó a golpear las puertas del país del norte, nada menos que seis meses después de haber inaugurado un programa con el FMI que llegó con abundantes fondos frescos que fueron insuficientes para financiar un programa económico que naufragó rápidamente al no poder acumular reservas.
Doble comando
¿Qué pasó para que la situación virara tan abruptamente? ¿Acaso la corrida cambiaria y el deterioro de la situación financiera remitía exclusivamente al “riesgo kuka”, como afirmó en todo momento el oficialismo? Sin duda, quienes tienen en su poder el grueso de los activos financieros y los traders que operan en su nombre, suelen comulgar con el credo pro mercado que profesa el equipo económico actual. Pero los grandes momentos de turbulencia financiera que atravesó este gobierno (que en menos de dos años tuvo que ser salvado en dos ocasiones, por el FMI primero y por el Tesoro de EE. UU. un mes atrás), no fueron inducidas por el riesgo generado por la oposición, sino por las medidas tomadas por el gobierno. A lo que se sumó, en el episodio más reciente, una notable canchereada a destiempo como la invitación lanzada por el ministro de Economía, Luis Caputo, a quienes creían que el dólar estaba barato: “comprá campeón”. Si los yanquis dicen “put your money where your mouth is” (pon tu dinero donde está tu boca), el ministro no pudo hacerlo, y tuvo que venir en su lugar Bessent a poner los verdes necesario para llegar al 26O sin desbarranque.
Si la encerrona que puso la economía al borde del precipicio fue responsabilidad de la política gubernamental, ¿qué cambió con el resultado electoral ante el cual Milei y Caputo se sienten convalidados en todo lo actuado? En la mirada de los mercados, el gobierno recibió suficiente crédito político para enmendar errores y continuar con la reestructuración regresiva de la economía en el sentido que interesa a quienes mueven fortunas en el comercio de bonos y acciones, que es el mismo hacia el que apunta el gobierno. Esto significa la profundización de los extractivismos hidrocarburífero, minero y agropecuario, la desarticulación de la industria y nuevas rondas de precarización para la clase trabajadora para mejorar la ecuación económica del empresariado. Pero, tan o más importante para los “mercados”, es que Milei tiene asegurado el respaldo de EE. UU. para encarar este camino, hasta 2027 o al menos hasta que Trump cambie de opinión. Consultado por Ideas de Izquierda, el economista Mariano Féliz señala que “el gobierno ganó tiempo porque persiste el apoyo de un gobierno norteamericano que tiene intereses fuertes en Argentina”. La situación “se tranquilizó un poco, pero estructuralmente no se corrigió ningún desequilibrio”. Acota que en lo inmediato, la oferta de divisas mermará porque las cerealeras aceleraron liquidación de exportaciones tras la eliminación de retenciones, dejando menor oferta para el resto del año, mientras que se mantendrá fuerte la demanda estacional (vacaciones, aguinaldo). “Habrá que ver cuánto está dispuesto a desembolsar el Tesoro en la medida en que la demanda no se recorte. El riesgo país todavía está relativamente alto. No está fácil para el gobierno conseguir financiamiento para la deuda que vence en enero”.
El economista Claudio Katz, consultado por Ideas de Izquierda, observó que tras el fracaso definitivo del esquema que sostuvo Milei durante los primeros dos años en beneficio del sector financiero, los extractivismos y algunos otros negocios, empieza un nuevo esquema con la asistencia financiera de EE. UU.
“La gran diferencia entre esta etapa y la anterior, es que ahora gobiernan Trump y Milei, no solo Milei”. Hay un cambio sustancial, y es que Trump “ha decidido comprar a la Argentina. Eso que quería hacer con Groenlandia o Canadá, lo hizo con Argentina. Por lo tanto es una apuesta fuerte”. Para Katz, se pueden identificar cinco objetivos de la intervención de EE. UU.: el rescate de los fondos de inversión de EE. UU. con activos en el país; desplazar a China; apropiarse de recursos naturales; desplazar o subordinar negocios que compiten con los de EE. UU. como el agronegocio sojero, y eventualmente que capitales norteamericanos puedan apoderarse de empresas argentinas desvalorizadas por la crisis.
Trump en su intervención electoral de corto plazo para extorsionar al electorado a que vote a su protegido, logró el compromiso de Milei en favor de los intereses estratégicos del imperialismo yanqui: la idea de instalar una base militar en Tierra del Fuego, de favorecer a empresas estadounidenses para acceder a minerales como el litio o tierras raras; y un tratado de libre comercio, cuya letra aún no se conoce, pero que promete mejorar mucho la posición de empresas estadounidenses en reclamos como los de patentes, entre otras cuestiones.
Hay quienes hasta llegan a imaginar que, con la mano tendida de Trump, la Argentina tendría una oportunidad para aspirar al “desarrollo por invitación”, como planteó el politólogo Andrés Malamud en la última semana.
“Esencialmente es el mismo planteo que hubo con la Convertibilidad, cuando se decía que si la Argentina se sumaba al primer mundo, se alineaba con el nuevo siglo americano con las relaciones carnales, se iba a desarrollar”, señala Katz. Pero, agrega, ahora se trata de un alineamiento con una potencia en declive y además “es obvio que no estamos invitados al desarrollo, sino que se trata de una política de sometimiento a un país periférico”. No bastan algunos unicornios tecnológicos –que por otra parte en algunos casos como Globant y Ualá vienen de anunciar reducciones de personal y replantear proyectos– para plantearse un salto productivo, considerando el lastre de decadencia y desarticulación del capitalismo argentino que ya lleva décadas. El gobierno de Trump no se propone convertir a la Argentina en plataforma de desarrollo –cabría preguntarse si podría hoy– sino aprovechar la disposición de Javo a abrirle las puertas para expoliar a su antojo. Se trata del tipo de emprendimientos que dejan más lastres ambientales y sociales que los estímulos productivos que puedan aportar.
Para Katz, en el mejor de los casos, si la cosa funciona bien en los términos en los que está planteada, “la Argentina se encaminaría a un modelo tipo Perú: un 70 % del trabajo informal, brecha social descomunal, etc. Si la cosa no funciona, Argentina seguiría en lo de siempre, un pequeño respiro, y otra crisis en poco tiempo”. Entre estas dos variantes, evalúa que el resultado está abierto, pero “si uno ve el grado de vulnerabilidad que tiene la gestión económica de Milei, con el número de situaciones críticas autoinfligidas, es muy factible que sigamos con la recurrencia bien argentina de la crisis”.
Katz y Feliz coinciden en que tampoco tiene Milei un apoyo asegurado de Trump por tiempo indefinido. “Trump es bastante más inestable que Milei. Primero hace una cosa, después recula, después avanza por otro lado”. En el marco del cierre del gobierno de EE. UU., y de las críticas que generó la ayuda a Milei en demócratas e incluso en republicanos, estas advertencias hay que tomarlas seriamente.
La cuestión del dólar
Pasadas –de momento– las turbulencias de los últimos meses, los “mercados” esperan que el gobierno cumpla finalmente con acumular reservas. La vulnerabilidad es extrema: las reservas del Banco Central están en terreno negativo por más de U$S 11.600 millones según estimaciones de la consultora 1816.
En el programa suscrito con el FMI, el gobierno acordó metas de reservas, pero rápidamente se desentendió de las mismas, aduciendo que solo compraría dólares cuando su cotización cayera por debajo del nivel mínimo establecido por las bandas inauguradas con dicho acuerdo. Para Milei estaba científicamente establecido que el dólar iba a caer a esos valores, y el gobierno intentó todo lo que pudo para empujarlo a la baja. Esta contención del dólar tiene una explicación obvia: fue clave para que la inflación se sostenga relativamente baja (en comparación con los últimos años). Pero toda la alquimia requerida para contenerlo después del “compra campeón”, que incluyó tasas de interés en niveles astronómicos y una acelerada absorción de pesos que redujo la liquidez y restringió aún más el crédito, se mide en frenazo de la actividad económica: la economía bordea la recesión en el tercer trimestre del año. Para tener una dimensión del dólar artificialmente contenido y sus implicancias en reservas se puede ver el índice de tipo de cambio multilateral del Banco Central: en octubre de 2025 está casi en 100 mientras que, en enero de 2024, luego de la devaluación de diciembre de 2023, estaba en 133.
En la última semana, el BCRA dio a conocer la exposición que realizó un mes atrás Vladimir Werning, el vicepresidente del BCRA, ante inversores en Washington. El mensaje central de la misma es que el BCRA comprará reservas en 2026. Esta compra de reservas, cuya contraparte sería poner pesos en circulación, sería en la nueva fase de la política monetaria el mecanismo central para “remonetizar” la economía, es decir, poner pesos en circulación que contribuyan a aumentar la liquidez y descomprimir la restricción crediticia.
¿Significa esto el fin del dólar barato? No parece esa la idea. Los dólares que Werning espera que contribuirán a la remonetización parecen provenir mayormente del retorno de la bicicleta financiera, atraída por los rendimientos en pesos. Para que este negocio cierre, la estabilidad en la cotización del dólar es fundamental.
Podemos concluir entonces que el gobierno parece decidido a convivir con un nivel de dólar que impide la acumulación “genuina” de reservas, es decir, la que proviene de una cuenta corriente (el saldo de lo que el país “vende” y “compra” con el resto del mundo) superavitaria. Con el atraso cambiario, la oferta de dólares es marcadamente inferior a la demanda. En suma, seguimos en el “plan A”, de que los dólares que entran por el lado financiero compensen la sangría de dólares que ocurre en el comercio de bienes y servicios.
Observa Katz que “está dando vuelta la tesis de que si hacemos un puente de dos años con socorro financiero de EE. UU. después con Vaca Muerta, y los dólares de la minería la Argentina vuelve a tener un mejor balance comercial muy holgado y despega”. Pero, acota, “esto es solo una posibilidad. Hay que tener en cuenta que el shale que exporta el país requiere precios elevados porque es más costoso que el convencional, y estos no están asegurados. Y la minería a pesar del RIGI no creció mucho”.
Como observa Feliz, para sostener la apreciación cambiaria “se necesitan muchos dólares. Si siguen apreciando el tipo de cambio la demanda de dólares se va a seguir acelerando. Hay que ver cuántos dólares consigue del gobierno yanqui y sino cómo los obtiene”.
La gloriosa JP Morgan
Argentina enfrenta pagos crecientes de deuda nominada en dólares en los próximos años. Esa deuda, mayormente, está en manos de actores privados, entre ellos los lobos de Wall Street y de organismos multilaterales, como el FMI. Mientras que en 2025 los compromisos fueron de U$S 9.200 millones, para 2026 se elevan por encima de los U$S 19 mil millones. Para el período 2026-2035, los compromisos promedian los U$S28 mil millones entre vencimientos de capital e intereses.
Para brindar pleitesía a ese saqueo estructural que significa la deuda, el mileismo puso en el centro de la gestión de los futuros pagos de títulos públicos (es decir, la deuda por fuera de organismos internacionales) a J.P. Morgan, una de las principales empresas financieras del mundo y de los Estados Unidos.
El exsecretario de Finanzas, y ahora designado Ministro de Relaciones Exteriores Pablo Quirno, posteó en la red social X el día 20 de octubre que “la Secretaría de Finanzas anuncia que ha comenzado las tratativas para llevar adelante una operación de recompra de deuda soberana”. A cambio, básicamente, de obtener nueva deuda que permita estirar los plazos de repago y descomprimir la situación de los próximos años. Con esto esperan alcanzar una baja del riesgo país que habilite emitir nueva deuda, algo que con el nivel actual (657 puntos) aparece todavía lejano.
Quirno también informó que se designó al banco J.P. Morgan para que asistan al gobierno en este proceso. Es llamativa y sospechosa esta designación debido a que este funcionario, (pero también el ministro Luis Caputo y gran parte del equipo económico) es exempleado de este banco. El oficialismo no explicó a través de qué mecanismos fue designado J.P. Morgan. Tampoco explicó cuál es la ventaja que ofrece J.P. Morgan frente a otros bancos ni cuál es el beneficio que obtendrá este banco por su “asistencia”.
La apuesta es una aventura peligrosa. La gloriosa J.P. Morgan fue la que inició en abril de 2018 una corrida cambiaria contra el gobierno de Mauricio Macri, lo cual condujo a los cambiemos a pedir de urgencia el socorro del FMI. Y, más tarde, devino en un desorden financiero y cambiario creciente.
Las aventuras de J.P. Morgan en Argentina tienen varios capítulos fraudulentos. Hernán Arbizu, un exejecutivo de este banco, realizó develaciones sobre cómo, durante la primera década del Siglo XXI, la gloriosa J.P. Morgan ofreció una estructura financiera que fue utilizada por varios de los ricos de nuestro país para evadir al fisco, lavar dinero y fugar capitales a guaridas fiscales. Incluso en los Estados Unidos, J.P. Morgan fue sancionado por operaciones non sanctas: el 19 de noviembre de 2013, el Departamento de Justicia de los Estados Unidos anunció un acuerdo cerrado con el banco por el cual esta entidad debía pagar U$S13 mil millones en concepto de multa por sus malas prácticas hipotecarias, que derivaron en la crisis de 2008.
La llegada de Jamie Dimon, el CEO de J.P. Morgan, a Buenos Aires en los días previos a las elecciones del 26O para encabezar el evento anual de la institución con su encuentro de gala en el Teatro Colón, es un símbolo del desembarco del capital financiero imperialista para moldear el destino económico del país en los próximos años.
Otra vez la “lluvia de inversiones”
¿Tras el triunfo electoral de Milei, se desatarán los animal spirits de la inversión capitalista que saquen al capitalismo argentino del letargo en que se encuentra hace más de una década? No hay motivos para esperar que los desembolsos de capital en “fierros” productivos, que no ocurrieron durante la primera mitad de mandato, se vayan a concretar ahora. Si la política económica se orienta a cerrar los desequilibrios de la macro con “carry trade” y deuda que hagan entrar dólares y fortalezcan al peso, las señales son contrarias a recuperar la competitividad. Las señales del gobierno apuntan a recuperar esa competitividad por la vía de las reformas laboral y tributaria, que se sumarían el RIGI para atraer capitales. Más allá de que resta ver si el gobierno las puede imponer, estas medidas gustan en los mercados y contribuyen a disciplinar la fuerza de trabajo, pero por sí solas no cambian las perspectivas futuras de la economía: el ciclo económico –la posibilidad de materializar ganancias encontrando demanda para lo producido– es lo que mueve la economía en primer lugar, y no la baja del costo laboral o impositivo.
Además, Milei tendría que convencer a la burguesía local y extranjera que dejen de fugar serialmente el fruto de sus actividades en el país hacia los circuitos financieros internacionales o sus casas matrices: desde que se levantó el cepo parcialmente, el balance cambiario del Banco Central muestra un saldo neto negativo por compra venta de billetes por casi U$S18 mil millones para el periodo abril-agosto de este año. Es bien conocido que muchos empresarios compran dólares como personas en tanto las empresas no están habilitadas a adquirir dólares para remitir ganancia, restricción que el gobierno prometió levantar desde 2026.
En la última década y media el país no logra salir de la encerrona: en el contexto de estancamiento de la economía desde 2012 (y retroceso en términos de PIB per cápita), los pocos años en que la economía crece el balance cambiario del Banco Central se torna negativo y, por ende, no se acumulan reservas. Por eso transita con la crisis de deuda como una mochila que no logra quitarse de encima. La idea de un incremento exportador con más ventas externas de hidrocarburos, de minerales y del agro para conseguir dólares es una ilusión al menos para el próximo quinquenio. No solo porque los pagos de deuda son crecientes, sino también porque las inversiones del RIGI si es que en algún momento se concretan requieren tiempo de maduración de los proyectos para que se comience a exportar.
Además, desde la década de 1990 el país experimentó un salto importante de sus exportaciones y del saldo comercial, pero la restricción externa (es decir, las trabas para el crecimiento y el desarrollo) por la falta de dólares reaparecen frecuentemente. Es que los dólares se esfuman por pagos de deuda y la fuga por diversos mecanismos de la gran burguesía a paraísos fiscales o de las empresas imperialistas a sus casas centrales.
Está dinámica estructural de la economía no se cambia con un resultado electoral. El panorama que se abrió para la economía luego de las elecciones, en la medida en que se mantenga el veranito financiero, no es de despegue, sino a lo sumo de una recuperación moderada del crédito que pueda estimular la actividad de manera módica.
Su verano financiero, el invierno de nuestro descontento
El verano financiero actual puede estimular espejismos. La idea de que se pasó de página y que ahora sí “todo marcha acorde al plan” (TMAP). Como si Milei y Caputo no hubieran forzado la evaporación de una masiva cantidad de recursos por los desequilibrios externos para llegar a las elecciones con la ilusión desinflacionaria: desde los dólares del blanqueo de 2024 hasta los que adelantaron las cereales a cambio de la rebaja de retenciones en octubre, pasando por el préstamo del FMI y la nueva deuda con el Tesoro de EE. UU. que tomó el Banco Central. La “nueva” política que trasluce la presentación de Werning seguirá apoyada en los mismos desequilibrios y precariedades, aunque el Banco Central compre algunas reservas. Como se vio en 2018 cuando los mercados le dieron la espalda a Macri, los dólares juntados a través del carry trade pueden desvanecerse en el aire en pocos meses. Aunque el águila calva con peluquín naranja esté atenta para intervenir si hace falta nuevamente salvar al socio argentino de Trump, el plan marcha hacia nuevas inestabilidades.
Pero incluso mientras todo vaya “bien” y continúe la mejora de las variables financieras, Milei, Caputo, Trump y Bessent planean usar ese tiempo para imponer medidas que solo benefician a los más ricos: reducción de impuestos al capital y los grandes patrimonios, flexibilización laboral, aumento de la edad jubilatoria. La intervención imperialista de la economía argentina a la que se abrazó gustoso Milei, apunta a atacar violentamente las condiciones del pueblo trabajador. Es necesario organizar la resistencia a este modelo, para no ser una estrella más en la bandera yanqui.



