SEMANARIO IDEAS DE IZQUIERDA

[Dossier Trotsky] La revolución es un momento de impetuosa inspiración en la historia

Tiempo estimado 13:23 min


Ariane Díaz

@arianediaztwt

Domingo 18 de agosto | Edición del día

Fotomontaje: Retratos de Lenin y Trotsky de Iuri Annenkov de su serie de 1921, sobre diseño textil de Barbara Stapanova.

Los debates sobre cómo deberían organizarse los revolucionarios y qué rol debía jugar el partido, ocuparían varias bibliotecas: la generación de revolucionarios de principios del siglo XX debió encarar estos problemas en momentos en que el imperialismo modificaba para siempre la relación entre movimiento obrero y organizaciones revolucionarias, dando por terminada la época de los partidos obreros “de masas” entendidos como agrupamientos que cumplirían el rol de organizar “a las masas desorganizadas” reflejando el crecimiento y autorreconocimiento de la clase obrera, como pudo ser el modelo de la socialdemocracia alemana en tiempos de expansión del capitalismo. Las crisis, guerras mundiales y revoluciones replantearon de forma acuciante estas cuestiones, tensando el debate de estrategias, pero también permitiendo poner a prueba las distintas alternativas en la práctica.

Trotsky en particular, que en sus primeros años en la socialdemocracia rusa fue crítico de las ideas sobre el partido de Lenin y que entrará al Partido Bolchevique entre las dos revoluciones de 1917, tras la muerte de Lenin tuvo que dar cuenta de los debates sobre la forma partido a la luz de un fenómeno con el que el marxismo no había tenido que lidiar previamente: la burocratización del primer Estado obrero de la historia y del partido que había llevado al triunfo a esa revolución. Las políticas necesarias para la construcción de partidos revolucionarios en los distintos países donde actuaba la Oposición, y posteriormente la formación de una nueva organización internacional, fueron ejes de sus cartas, panfletos y elaboraciones durante toda la década de 1930. Será por entonces que Trotsky elaborará algunas de sus teorizaciones más conocidas y abarcadoras sobre estos problemas, como en Historia de la Revolución rusa, La revolución traicionada o sus escritos sobre Francia y España, que hemos analizado en diversas publicaciones de nuestra corriente. Aquí nos permitiremos esbozar algunos apuntes a propósito de escritos menos transitados para abordar este tema, de algunos años previos.

Masas y partido

Trotsky desgrana a lo largo de una autobiografía, Mi vida (1929), sencillas y cortas definiciones de los distintos momentos que atravesó el Partido Bolchevique y las diversas peleas que dio Lenin para forjar lo que podríamos llamar un “partido leninista”, probablemente porque el libro fue escrito en medio de los ataques stalinistas que pretendían integrar una nueva concepción del “leninismo” que sirviera para justificar los zig zag de su política y acabar con la vieja guardia bolchevique, para lo cual necesitaba, como en las fotos, retoques y eliminaciones que acabaran con lo que hubiera de revolucionario en esa tradición.

Dos son especialmente suscintas pero cargadas de contenido. La primera se refiere a los años de disputa con las distintas fracciones dentro de la socialdemocracia rusa, después de la derrota de la revolución de 1905:

Transcurrieron largos años en los que se agruparon minuciosamente las fuerzas, se realizó una educación política y se transformó la experiencia en teoría [12].

La otra se refiere a la experiencia de formación del partido bolchevique, la organización que

… desarrollándose y templándose, tomando la ofensiva o dirigiendo la retirada, ligándose cada vez más estrechamente con las masas obreras, y proponiéndoles tareas cada vez más importantes, iba a derrocar, quince años más tarde, a la burguesía y tomar el poder [13].

La primera da cuenta del proceso de forjamiento del programa, la estrategia y los cuadros partidarios en un período reaccionario que siguió a una derrota. La segunda, de la relación que estos cuadros y esta política entablaron con los sectores de masas a los que poco después llegarían a dirigir.

No son etapas evolutivas. El desarrollo de la teoría y el programa, los debates estratégicos y la formación de cuadros no se realizan sin duda por fuera de las experiencias del movimiento obrero y sus luchas. La práctica dirigida a ganar influencia en sectores del movimiento obrero no está exenta del debate ideológico y teórico, ni de nuevas lecciones políticas de la lucha de clases en que el partido debe seguir educándose. No se trata de forjar el programa y después ofrecérselo a las masas. Si pueden reconocerse “etapas”, tienen más que ver con el contexto general de la relación de fuerzas entre las clases que abren o cierran las posibilidades de desarrollo de un partido revolucionario, algo que ya había planteado Lenin contra visiones esquemáticas y de aparato que absolutizaban algunas citas del ¿Qué hacer? (1902) ante la emergencia de los primeros soviets, organismos de frente único de las masas, en la revolución de 1905.

Es Lenin quien, a lo largo de ¿Qué hacer?, va delineando una noción de continuidad no mecánica entre la clase y el partido revolucionario, que no solo organizara a la clase sino que, como su destacamento de vanguardia, delimitara una estrategia revolucionaria de las estrategias oportunistas que asomaban dentro de la propia socialdemocracia rusa –lo que en otro artículo hemos llamado la “innovación leninista”–. Eso indicaba ya que para Lenin, el partido no se relaciona “con la masas” sin mediaciones. En primera instancia, porque los trabajadores no son una masa indiferenciada sino un colectivo atravesado por diferencias culturales, tradiciones, y sobre todo –desde la llegada del imperialismo–, por divisiones reaccionarias provocadas por la misma burguesía, que busca transmitir su política en el movimiento obrero; por lo tanto, la clase obrera no es homogénea desde el punto de vista político, y en su seno e instituciones se disputan y ponen en juego distintas estrategias. Esa concepción es la que permitió a los bolcheviques desplegar su política y ganarse finalmente la dirección de los soviets entre las revoluciones de febrero y octubre de 1917. Es a partir de estas experiencias que la defensa y la pelea por el desarrollo de las instancias de autoorganización de las masas tendrán un peso destacado en la conceptualización de Trotsky y en las corrientes trotskistas [14], pero no en contra de la necesidad de construcción de un partido, como quisieran autonomistas o consejistas varios que ven en la pelea de estrategias mero divisionismo.

Para Lenin y Trotsky, las masas no solo son derrotadas militarmente, sino que muchas veces son desviadas previamente utilizando estas discontinuidades, o cooptadas en sus capas dirigentes. El enfrentamiento entre revolución y contrarrevolución supone batallas previas que llevaron a distintas relaciones de fuerzas establecidas y a distintas estrategias probadas y preparadas previamente –la misma socialdemocracia europea que el marxismo ruso vería como modelo mostró su peor rostro con el apoyo a sus burguesías nacionales en la primera Guerra, lo que llevó a Lenin y Trotsky a formar una nueva Internacional–.

Un partido revolucionario no puede consistir entonces en un engorde paulatino que en algún momento llegue a representar a toda “la clase”, sino que deberá buscar que su experiencia, hecha teoría, se haga carne en un sector de la clase que a través de distintos engranajes –sindicatos recuperados, coordinadoras, consejos– logre ganar para su política a distintos sectores del movimiento obrero y a otros sectores de las clases explotadas y oprimidas. Es decir, que el partido debe buscar conscientemente su inserción en la clase y la posibilidad de ser parte (sacando las mejores conclusiones posibles) de sus victorias y derrotas, para contar con las fuerzas materiales suficientes dispuestas a llevar a cabo su política y ganarse el derecho de dirigir las grandes “maniobras” de masas en los momentos de giros bruscos de la lucha de clases.

Las vertientes “economicistas” actuales que defienden una política “no partidista” en el movimiento obrero en pos de “la unidad”, dejan el campo libre al desarrollo e influencia de la política burguesa, permitiendo que se profundicen las diferencias en su seno, confinando a los trabajadores en el sindicalismo y negándoles su carácter de sujetos políticos. Quienes, por su parte, insisten en la lucha política pero no están dispuestos a construirla en el movimiento obrero sino solo “hablando en su nombre”, por ejemplo en el Parlamento, no avanzan mucho más en este sentido: dejan el campo libre al sindicalismo mientras educan a sus cuadros y simpatizantes en la misma lógica parlamentaria que en principio dicen combatir para más temprano que tarde, adaptarse a ella por acción u omisión. Ambas estrategias pueden cohabitar, aún enfrentadas, en una misma organización, solidificándose como una “división de tareas” cuya unidad es el respeto por las instituciones burguesas tal como vienen dadas (era el caso de la socialdemocracia alemana, dividida entre los dirigentes parlamentarios y sindicales, sin que ninguno fuera alternativa a su deriva reformista).

Un partido obrero revolucionario, en la época imperialista, es un partido de los destacamentos avanzados de la clase obrera que busca dirigir con su política a sectores de masas del propio movimiento obrero y, con una política hegemónica, a otros sectores explotados y oprimidos, y esto solo puede hacerlo si ha buscado preparatoriamente insertarse en el movimiento obrero, ganar a fracciones para su política en las instituciones en que los trabajadores se nuclean –especialmente, entonces, los sindicatos– y en otros sectores potencialmente aliados –como la juventud, el movimiento estudiantil, de mujeres, etc.–. Por supuesto, tales posibilidades y el éxito de esta política estarán en relación a la situación de la lucha de clases más general. No garantiza la victoria, pero es la única forma de abrir a su posibilidad.

Partido y teoría marxista

Más de una vez Trotsky sorprendió a sus pares por la aparente “futilidad” de abrir discusiones teóricas frente a circunstancias acuciantes. Varios autores relatan el asombro de sus camaradas cuando lo primero en preguntar fue, recién llegado a México en medio de la persecución stalinista, cuál era el nivel de estudio de los cuadros [15]. En varias cartas de las que intercambiaba con dirigentes de la IV° Internacional, el SWP, Trotsky hace un lugar para discutir y recomendar los materiales que consideraba necesarios para la formación de sus militantes [16]. Posteriormente, las discusiones que culminaron en la ruptura de un sector de la principal sección de la IV° Internacional tendría como uno de los ejes el menosprecio por la dialéctica [17]. Dadas las circunstancias que atravesaba, estos problemas podrían considerarse secundarios, pero el debate y el desarrollo teórico no eran para Trotsky simples accesorios a la construcción partidaria.

Los marxistas revolucionarios han apelado en muchos casos a una definición de la teoría como “guía para la acción”, no en el sentido de un pragmatismo politicista que ofrezca una teoría para cada acción a tomar, ni una teoría abstracta en la que encajar las novedades históricas: la teoría no será un lugar de donde tomar recetas aplicables a toda situación, sino un desarrollo que pueda servir de “puente” entre la práctica previa y la futura.

La definición de puente es de Trotsky; así lo deja asentado en “Las tendencias filosóficas del burocratismo” (1928), un artículo donde discutirá la caricatura stalinista según la cual “el leninismo es el marxismo de la época del imperialismo y de la revolución proletaria” [282], una forma de justificar que la idea de “socialismo en un solo país” no era una revisión del marxismo sino una “nueva etapa” del mismo. En ese trance, Trotsky distingue al marxismo tanto del idealismo –en particular, de una versión de la “teoría de los factores” que atribuye a Stalin–, como del empirismo que no puede ir más allá de un “civismo teórico que, simplemente, hace algunas comisiones para las tareas prácticas del día” [18].

Trotsky considera, en cambio, que el materialismo histórico postula la primacía de la práctica por sobre la teoría, en el sentido de que es en ella en que se engendra y a ella a la que intenta generalizar. Pero señalar el carácter histórico de la teoría –en concreto, la diferencia entre la época del librecambio en que se forjó la teoría marxista y la etapa imperialista que ponía a la orden la revolución proletaria en la que actuó Lenin–, no podía significar considerarla un mero reflejo, al modo empirista, de las condiciones en que la teoría se desarrolla. La relación entre teoría y práctica no puede considerarse en modo lineal:

Ser guiado por la teoría es ser guiado por generalizaciones basadas en toda la experiencia práctica anterior de la humanidad, con el fin de poder pautar, con el mayor éxito posible, uno u otro problema práctico de hoy. De ese modo, a través de la teoría, descubrimos precisamente la primacía de la práctica en su conjunto sobre los aspectos particulares [19].

Lo que distingue a la teoría desarrollada por Marx es no solo haber analizado las determinaciones profundas del sistema capitalista, sino haberse “anticipado” en la formulación de sus posibilidades, a la era de la revolución proletaria. Y en ese sentido también, formar a aquellos que “estén a la altura de las tareas prácticas del porvenir” [20]:

La teoría, al contrario de lo que dice Stalin, no toma forma en alianza inseparable con la práctica corriente. Se eleva por encima de ella y no es más que por eso que tiene la capacidad de dirigir una táctica indicando, además de las tareas actuales, los puntos de referencia en el pasado y las perspectivas para el porvenir. […] Si bien el marxismo, que ha aparecido en un período prerrevolucionario, no es de ningún modo una teoría “prerrevolucionaria” sino, al contrario, se elevó por encima de su propia época para convertirse en una teoría de la revolución proletaria, entonces la táctica –es decir, la aplicación del marxismo a las condiciones específicas del combate– por su esencia misma, no puede elevarse por encima de su propia época, es decir, por encima de la madurez de las condiciones objetivas. Desde el punto de vista de la táctica –sería más exacto decir, desde el punto de vista de la estrategia revolucionaria–, la actividad de Lenin difiere enormemente de la de Marx y los primeros discípulos de Marx, exactamente como la época de Lenin difiere con la de Marx [21].

Unas páginas más delante de las citas que hicimos de Mi vida, Trotsky define en apretados párrafos qué es lo que permitió a Lenin construir un partido revolucionario en que se fusionaran la experiencia del movimiento obrero convertida en teoría y los anhelos, demandas y energías más profundas de las masas, permitiendo que la teoría se convierta, al decir de Marx, en “fuerza material”:

La conciencia teórica más elevada que se tiene de una época en un determinado momento, se fusiona con la acción directa de las capas más profundas de las masas oprimidas alejadas de toda teoría. La fusión creadora de lo consciente con lo inconsciente es lo que se llama comúnmente inspiración. La revolución es un momento de impetuosa inspiración en la historia. […] Para poder dirigir estos trabajos había que tener, aparte de otras cualidades, una capacidad gigantesca de imaginación creadora. Una de las facultades más valiosas de este talento de representación es la de imaginarse a los hombres, a las cosas y los hechos tal como son en realidad, aun sin haberlos visto nunca. Saber utilizar todas las experiencias de vida y las bases teóricas, unir los pequeños rasgos distintivos, tomados al vuelo, completándolos según las leyes todavía no formuladas de coincidencia y probabilidad, y de este modo hacer brotar, con todo su relieve concreto, un determinado sector de la vida humana: esta es la imaginación, sin la que no puede concebirse un legislador, un administrador, ni un líder, sobre todo en una época revolucionaria. Esta imaginación realista era el gran fuerte de Lenin [22].



[1Bs. As., Ediciones IPS, 2012, p. 202.

[2Ibídem, p. 172.

[3Los consejos o soviets tienen para Trotsky también importancia después de la toma del poder, en la medida en que pueden ser la base de la democracia obrera del nuevo Estado, la que hemos caracterizado en otros artículos como “pluripartidismo soviético”.

[4Ver por ejemplo Novack, Polemics in marxist philosophy, Nueva York, Monad Press, 1980. También Deutscher, famoso biógrafo de Trotsky, hace referencia a esta conversación (El profeta desterrado, México, Era, 1988).

[5Ver por ejemplo “Travaux philosophiques” e “Intérêt pour le matérialisme dialectique” en León Trotsky, Oeuvres N.° 40, París, Institut Leon Trotsky, 1986.

[6El debate puede encontrarse en En defensa del marxismo, publicado recientemente junto con Su moral y la nuestra y otros escritos como volumen de las Obras Escogidas de Trotsky (Bs. As., Ediciones IPS, 2019). Para un panorama sobre las conceptualizaciones de Trotsky sobre filosofía y dialéctica ver la introducción a la compilación Escritos filosóficos, Bs. As., Ediciones IPS-CEIP, 2004.

[7Ibídem, p. 291.

[8Ibídem, p. 281.

[9En el mismo sentido puede entenderse la denostada afirmación de Lenin de que las ideas socialistas son “introducidas desde fuera” en el movimiento obrero. Lenin se refiere a que la influencia de la ideología burguesa y del socialismo adquieren distinto peso en los distintos momentos de la lucha de clases. En tiempos de paz, dada la mayoritaria influencia de la ideología dominante en el conjunto de la sociedad y dentro del movimiento obrero, las ideas socialistas son introducidas “desde fuera” en el sentido de no ser entrevistas inmediatamente a través de la propia experiencia, mediatizada y oscurecida por esa influencia. Ello no quiere decir que las masas no puedan innovar –lo hicieron sin duda creando los soviets– o tener conciencia de sus determinaciones, sino que de la lucha económica no se derivan linealmente las ideas socialistas (recordemos que el ¿Qué hacer? era un debate con corrientes economicistas).

[10Ibídem, p. 292.

[11Mi vida, ob. cit., pp. 349 y 358.

[12Bs. As., Ediciones IPS, 2012, p. 202.

[13Ibídem, p. 172.

[14Los consejos o soviets tienen para Trotsky también importancia después de la toma del poder, en la medida en que pueden ser la base de la democracia obrera del nuevo Estado, la que hemos caracterizado en otros artículos como “pluripartidismo soviético”.

[15Ver por ejemplo Novack, Polemics in marxist philosophy, Nueva York, Monad Press, 1980. También Deutscher, famoso biógrafo de Trotsky, hace referencia a esta conversación (El profeta desterrado, México, Era, 1988).

[16Ver por ejemplo “Travaux philosophiques” e “Intérêt pour le matérialisme dialectique” en León Trotsky, Oeuvres N.° 40, París, Institut Leon Trotsky, 1986.

[17El debate puede encontrarse en En defensa del marxismo, publicado recientemente junto con Su moral y la nuestra y otros escritos como volumen de las Obras Escogidas de Trotsky (Bs. As., Ediciones IPS, 2019). Para un panorama sobre las conceptualizaciones de Trotsky sobre filosofía y dialéctica ver la introducción a la compilación Escritos filosóficos, Bs. As., Ediciones IPS-CEIP, 2004.

[18Ibídem, p. 291.

[19Ibídem, p. 281.

[20En el mismo sentido puede entenderse la denostada afirmación de Lenin de que las ideas socialistas son “introducidas desde fuera” en el movimiento obrero. Lenin se refiere a que la influencia de la ideología burguesa y del socialismo adquieren distinto peso en los distintos momentos de la lucha de clases. En tiempos de paz, dada la mayoritaria influencia de la ideología dominante en el conjunto de la sociedad y dentro del movimiento obrero, las ideas socialistas son introducidas “desde fuera” en el sentido de no ser entrevistas inmediatamente a través de la propia experiencia, mediatizada y oscurecida por esa influencia. Ello no quiere decir que las masas no puedan innovar –lo hicieron sin duda creando los soviets– o tener conciencia de sus determinaciones, sino que de la lucha económica no se derivan linealmente las ideas socialistas (recordemos que el ¿Qué hacer? era un debate con corrientes economicistas).

[21Ibídem, p. 292.

[22Mi vida, ob. cit., pp. 349 y 358.





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