Desde el inicio, es necesario señalar un elemento clave: el proceso de elección en la UTA está lejos de ser plenamente democrático. No vota toda la comunidad universitaria, estudiantes y funcionarias/os quedan fuera de la decisión. En la práctica, una minoría define el rumbo de toda la institución. Este no es un detalle menor, porque condiciona profundamente el tipo de liderazgo que puede emerger y los intereses que termina representando.
Uno de los argumentos más instalados en esta elección es que la llegada de una mujer a la rectoría constituiría, en sí misma, un avance. No es una idea que surja de la nada. Durante años, los espacios de poder dentro de las universidades han estado ocupados mayoritariamente por hombres, por lo que el acceso de una mujer a ese cargo aparece como una ruptura con esa exclusión histórica.
Pero una cosa es reconocer la existencia de barreras de acceso, y otra muy distinta es asumir que el hecho de que alguien las cruce modifica automáticamente la situación del resto. En otras palabras, que una mujer llegue a la rectoría no significa, por sí solo, que cambien las condiciones en que viven, estudian y trabajan la mayoría de las mujeres dentro de la universidad.
Porque mientras se celebra la posibilidad de una mujer en el máximo cargo, la realidad de muchas otras sigue marcada por la desigualdad: trabajadoras con menor estabilidad, funcionarias con brechas salariales, académicas con sobrecarga laboral y estudiantes que enfrentan presiones económicas y emocionales en un sistema altamente exigente.
Esta discusión se vuelve aún más concreta al observar el resultado de la elección. No se trató de un triunfo arrollador, sino de una votación estrecha, disputada, que no expresa una mayoría contundente. Esto no solo habla de una elección dividida, sino también de un escenario en el que la actual gestión ya no cuenta con un respaldo sólido dentro de quienes sí tienen derecho a voto.
En ese contexto, la figura de Jenniffer Peralta no aparece como una ruptura, sino más bien como continuidad. Su trayectoria está vinculada a la actual administración encabezada por Emilio Rodríguez, lo que la posiciona como una representante directa de esa línea. Así, más que abrir un nuevo ciclo, su elección proyecta la mantención de las mismas formas de gestión, prioridades y mecanismos de toma de decisiones.
A esto se suma un elemento que complejiza aún más el escenario actual: en el contexto posterior a la elección, ya se han comenzado a producir cambios en distintas direcciones dentro de la universidad. Estas modificaciones, impulsadas por quien aún ejerce como rector, Emilio Rodríguez, han implicado la salida de personas que no respaldaron la candidatura de Jenniffer Peralta. Este tipo de decisiones no solo refuerza la idea de continuidad, sino que también instala dudas respecto a las formas en que se está configurando la administración al interior de la institución, expresión del autoritarismo que han marcado los últimos años dentro de la Universidad.
Si las decisiones siguen concentradas en ciertos espacios, si la participación de estudiantes y funcionarias/os continúa siendo limitada, y si las condiciones laborales y académuicas no cambian, entonces la llegada de una mujer a la rectoría convive con una estructura que permanece intacta, reduciendo ese “hito” a un gesto más simbólico que transformador.
Esto también obliga a reconocer algo que muchas veces se pasa por alto: dentro de la universidad no todas las mujeres ocupan el mismo lugar. Existen diferencias claras entre quienes acceden a posiciones de poder y quienes sostienen el funcionamiento cotidiano en condiciones más precarias. Pensar que un cambio en la cima representa automáticamente a todas no solo es impreciso, sino que puede terminar invisibilizando esas desigualdades internas.
En ese marco, la discusión de fondo no es simplemente quién ocupa la rectoría, sino quién tiene el poder de decidir el rumbo de la universidad. El avance real para las mujeres, trabajadoras, funcionarias y estudiantes, no vendrá únicamente desde arriba, sino en la medida en que puedan incidir, participar y decidir sobre las condiciones que atraviesan su vida cotidiana para esto hay que avanzar hacia un cogobierno triestamental, donde sea la comunidad universitaria quien tome las decisiones. |