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La Izquierda Diario
3 de junio de 2026 Twitter Faceboock

Cuando el poder se agota
Crónica de la caída de un caudillo
Rodrigo Lescano | @lescano559

Carlos Cáceres (al centro, de brazos abiertos), secretario general de la Asociación de Trabajadores Municipales de San Fernando durante veinte años, en una actividad gremial en la zona norte del Gran Buenos Aires.

Durante veinte años, Carlos Cáceres condujo la Asociación de Trabajadores Municipales de San Fernando, en la zona norte del Gran Buenos Aires (ATRAMSF), como un caudillo clásico del sindicalismo peronista: cercanía con las bases, lealtades personales y negociaciones directas con el poder político. En 2023, en plena campaña electoral, ese método dejó de funcionar.

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La orden

La advertencia llegó primero desde el cuerpo. “O dejás el sindicato o el sindicato te deja a vos” fue la frase que el cardiólogo le dijo a Carlos Cáceres al ver los resultados de unos estudios generales. A mediados de octubre de 2023, la decisión de abandonar su puesto como secretario general después de veinte años estaba muy cerca. Sentado en el bar de la Sociedad de Fomento Cornelio Saavedra, su mirada estaba perdida sobre las manchas rojas de sus manos, producto de una psoriasis nerviosa.

A sus casi 70 años, elaboraba un plan para irse por la puerta grande. Esperaría a la reunión de memoria y balance del año siguiente y ahí partiría. Mostraría a todos el poder que había conquistado y sus logros: el préstamo para ampliar viviendas, el convenio con el complejo Las Clavelinas para los afiliados, los útiles escolares, el champagne en las cajas navideñas. Beneficios pensados para aliviar salarios que nunca alcanzaron.

Se imaginaba la sonrisa de su esposa cuando le contara que daría un paso al costado en su vida sindical. Sin embargo, la fantasía duró poco.

De repente, su soledad fue interrumpida cuando llegaron Miguel Calvermater y Raúl “Colchón” Serrano. Ambos pertenecían a la comisión directiva del sindicato. El primero era delegado del corralón del Centro de Servicios y Obras Públicas y el segundo, secretario adjunto del gremio. Se los reconocía como gremialistas por las camperas azules y negras del sindicato.

Los gremialistas, tan canosos como Carlos, se sentaron con él. La charla no tuvo preámbulos.
—Tienen que renunciar Raúl y vos al sindicato para que se firme el convenio colectivo de trabajo y no haya despidos —expresó Miguel, sin titubeos.

—¿Quién dio la orden? —consultó Cáceres.

—Arce —respondió Miguel.

De izquierda a derecha: Miguel Calvermater, Rául "Colchón" Serrano y Walter Pittala, secretario gremial. Fotografía: San Fernando Nuestro

Omar Arce es el delegado regional en la Federación de Sindicatos Municipales Bonaerenses (FESIMUBO). Su rol consistía en ser el nexo entre los sindicatos municipales de la zona norte del GBA y Rubén “Cholo” García, el entonces secretario general de la federación. Calvermater y Serrano le habrían dicho a Cáceres que el intendente sanfernandino Juan Andreotti le había pedido a Arce su renuncia.

Carlos frunció el ceño, mostrando una mezcla de tristeza e indignación. Unos segundos después, mientras enrollaba una de las puntas de su barba candado, confirmó que pediría una licencia médica. Serrano quedó al frente de manera provisoria. El sindicato evitó la intervención, pero el reloj empezó a correr.

La gloria no se comparte

Para las distintas tribus del sindicalismo, los períodos electorales suelen ser el mejor momento para reclamar deudas atrasadas. A mediados de 2023, la unidad del peronismo detrás de la candidatura presidencial de Sergio Massa y el respaldo de “Cholo” García a la reelección de Axel Kicillof conformaron el contexto ideal para volver a poner sobre el escritorio del intendente la firma de un convenio colectivo de trabajo para los municipales de San Fernando.

Arce y García, desde sus oficinas en San Isidro y La Plata, respectivamente, tomaron sus teléfonos y marcaron el número del Palacio Municipal. Del otro lado de la línea atendieron integrantes de la mesa chica de Juan Andreotti y se acordó una reunión entre el secretario general de ATRAMSF y el intendente. Arce sería el interlocutor en esas negociaciones, aunque quien debía ir al frente era Carlos Cáceres.

Omar Arce (con anteojos de sol) y “Cholo” García (campera abierta) durante la movilización provincial de municipales del 31 de agosto de 2022 en reclamo por el IPS, el IOMA y el Consejo Provincial del Salario Municipal. Fotografía: Que Pasa Web.

La reunión se realizó antes de las PASO. Allí, el Ejecutivo municipal planteó que la firma del convenio debía incluir no solo a la Federación, sino también a los demás sindicatos, como ATE, ASTMSF y ASOE. Para Andreotti —quien había sido convocado por Massa para integrar su equipo de campaña— alcanzar un acuerdo de ese tipo resultaba clave para fortalecer la recolección de votos.

Sin embargo, el diálogo no prosperó. Cáceres se negó a compartir la “gloria” con otros que no fueran sus muchachos de camperas azules y negras.

“Siempre que me senté a negociar con un intendente le aclaré que primero tiene que pagarme y después le respondo. Nunca voy a esperar a que gane un candidato para que me den las cosas. Los negocios se hacen antes”, reflexionó el dirigente.

El intendente Juan Andreotti en el medio de Cáceres y "Cholo" García. Fotografía: Prensa Municipalidad San Fernando.

El deseo de quedar solo en la foto con el intendente tras la firma del convenio colectivo terminó por tirar por la borda las gestiones que había realizado Arce.

—Si yo los enfrento antes, discuto antes y peleo antes, no existe nada: no existió ninguna reunión, no existió nada —se lamentó.

La negociación quedó empantanada.

El desborde

Uno de los secretos de Cáceres para mantener su poder durante veinte años en el sindicato era visitar a los afiliados en sus lugares de trabajo y escuchar sus problemas. Solía ayudar económicamente a operarios para refaccionar sus casas o cubrir los costos de una fiesta de quince. Cada municipal era, para él, como un hijo. Pero llegó el día en que esos hijos desoyeron a su padre y rompieron una de las reglas no escritas del sindicalismo peronista: no se pelea en elecciones, y menos aún si el peronismo gobierna el distrito.

A principios de septiembre, los delegados del corralón municipal llevaron al municipio el reclamo del pase a planta permanente de compañeros con muchos años de antigüedad. El director Luis Hansen, denunciado por amenazas de muerte por parte de sus delegados, desoyó el pedido de sus empleados y terminó de activar un malestar generalizado en las bases, atravesadas por los bajos salarios, los contratos temporales y el trabajo a destajo.

El cuerpo de delegados convocó a una asamblea para el martes 12 de septiembre, pero lo que comenzó como una medida acotada pronto se volvió incontenible, tanto para la intendencia como para los dirigentes gremiales.

—La asamblea iba a durar dos o tres horas, pero los compañeros dijeron: “No, basta. No aguantamos más. No cobramos nada”. Hay compañeros afiliados hasta a tres sindicatos, no por traición ni nada parecido, sino para poder acceder a algún ingreso, sacando plata de distintas financieras para subsistir. Ante esa situación, se decidió pasar a una medida permanente. Arrancamos el martes por la mañana y desde ese día no paramos —explicó Miguel Calvermater.

La situación obligó a Carlos Cáceres a ponerse al frente de la lucha y exigir públicamente soluciones al intendente Andreotti y al candidato a presidente Sergio Massa.

—El conflicto lo inició Miguel y yo tuve que acompañarlo. Como secretario general no podía hacer como si no hubiera visto nada —confesó.

La medida se convirtió en un bloqueo de los portones del corralón que se extendió durante quince días. No entraba ni salía un solo camión con las baldosas, tan preciadas por la dirigencia local para exhibir a menos de un mes de las elecciones.

El conflicto del corralón paralizó por 15 días la obra pública municipal. Fotografía: Enfoque Rojo

El entonces secretario de Gobierno, Santiago Ríos, fue sin rodeos: no había pases a planta, recategorizaciones ni bonos. El diálogo se cortó y las medidas de fuerza se acrecentaron. El martes 19 de septiembre, los municipales subieron al Acceso Norte de la autopista Panamericana y, durante el corte, desplegaron una bandera que decía: “San Fernando está lindo, pero los municipales tienen sueldos de hambre”. Los únicos que los acompañaban eran operarios de FATE, trabajadores de la salud y docentes.

Rebelarse en elecciones trae consecuencias, y Cáceres las sintió.

—Teníamos a todos en contra. El Ministerio de Trabajo bonaerense no apareció y los gremios municipales de las localidades aledañas, tampoco. Aunque ellos querían venir, Arce les dijo que no. Un solo día vinieron los de Tigre, pero los cagaron a pedo —señaló.

—Cáceres decía que iba a cortar la ruta, pero después no avisaba y lo hacía igual. Yo lo llamaba y le decía que tenía que comunicarme antes. Era así. No puedo decir que lo acompañamos siempre, pero la Federación estuvo presente —replicó Arce.

Corte y movilización sobre Acceso Norte y Avellaneda, San Fernando. Fotografía: Enfoque Rojo

El conflicto atravesó su segunda semana y ninguna de las partes daba el brazo a torcer. Los obreros seguían firmes en el bloqueo. Carlos vio que la radicalidad de sus “hijos” no respetaba los procedimientos del sindicalismo peronista.

—Un paro no se hace de un día para el otro. Todo se programa. La medida de fuerza fue muy temprana. Si hubiera estado en el lugar de los delegados del corralón, yo habría parado dos horas un lunes, tres el martes, cuatro el miércoles y luego un paro y movilización con la Federación. Eso había hablado con el Cholo García —reflexionó.

Junto con Raúl “Colchón” Serrano fueron a la sede tigrense del Ministerio de Trabajo a buscar una conciliación obligatoria que descomprimiera la situación. Sin embargo, la desobediencia primó por sobre las salidas institucionales.

—Yo estaba en el Ministerio presentando la denuncia para que no nos maten. De repente, me llamó el Cholo y me exigió que levantáramos la protesta en Aeroparque. Ni estaba enterado de que, aprovechando que Massa y Andreotti harían un acto de campaña allí, habían ido a protestar. Fuimos rajando con Colchón al Aeroparque y me los llevé de vuelta al corralón —recordó.

—Las medidas deben ser tomadas por la comisión directiva y los delegados, no de manera desordenada. La conducción perdió el control del conflicto. No te podés enterar de una movilización cuando ya está en marcha —arremetió Arce.

Cáceres estaba desbordado. Nadie lo llamó después de ese incidente. Sabía que la FESIMUBO iba a cobrarle un vuelto, pero no pensó que fuera tan caro.

El precio del sindicalismo

Para fines de septiembre, el conflicto en el corralón se encontraba desactivado. Omar Arce tomó las riendas de esa lucha y terminó aceptando la propuesta de la intendencia sanfernandina. Cáceres siguió en el sindicato hasta que comenzó su licencia médica, luego de la cita con “Colchón” Serrano y Miguel Calvermater.

Carlos aprovechó ese tiempo para volver a una de sus pasiones: la carpintería. Había aprendido el oficio del padre adoptivo de Jesús a los trece años. Tuvo su propia mueblería en la década del 80, cuando decidió ser su propio jefe porque no aceptaba tener patrones.

La hiperinflación alfonsinista lo obligó a cerrarla y encontró trabajo en la Municipalidad. Ahí empezó la vida sindical. Un dirigente vio su llegada con la gente y lo afilió. Cáceres escaló rápido.
Fue, entre 2004 y 2024, el “jefe” del sindicato municipal. Sus métodos eran el reflejo de un peronismo que extrañaba: el de caudillos que discutían cara a cara y decidían a dedo quién se quedaba y quién se iba, y que atendían a la gente tanto en la calle como en sus casas. Así eligió a su mano derecha, Raúl “Colchón” Serrano.

—Yo lo traigo a Colchón para el sindicato cuando él estaba pinchando papelitos en el norte de Manzanares, en la rotonda de Bancalari —recordó.

Junto a él, enfrentó y negoció con todas las gestiones peronistas que ocuparon el Palacio Municipal sanfernandino: desde Viviant, pasando por Gerardo Amieiro, hasta la actual gestión de la familia Andreotti. También compartieron almuerzos, tardes de mate y cenas.

Colchón tenía sus mismos principios: el sindicato no es una trinchera permanente. Para ellos, la actividad gremial es diálogo en un terreno de intereses enfrentados. Respetan a sus enemigos, pero no toleran la falta de respeto. Cáceres sabía que dejaba en buenas manos la conducción del sindicato. Su sacrificio iba a permitir que los municipales tuvieran su convenio colectivo y que se frenaran los despidos.

Ya encontrándose de licencia, se enteró de que nada de lo prometido se había cumplido. Los despidos habían empezado y, como “buen padre”, sabía que debía intervenir por sus hijos. Creía que solo él podía resolver los problemas.

Cáceres le solicitó una asamblea extraordinaria a Colchón para definir su regreso, y este se la concedió para mediados de noviembre. No iba a regalar su trono a nadie ni por nada.

Cuando llegó el día, Carlos ingresó al local del sindicato con la seguridad que tiene un campeón de boxeo cuando defiende un título mundial. No llevaba la clásica campera azul y negra. Vestía prolijo, casi elegante para los códigos municipales: zapatos, jeans y remera de manga larga. Su pelo seguía corto, canoso, siempre peinado con gel.

El salón de usos múltiples estaba abarrotado de afiliados. La comisión directiva se levantó de su lugar y leyó el orden del día. Solo se votaba si se aceptaba la reincorporación de Carlos.

—Compañeros, ustedes me pusieron y ustedes me sacan. Yo quiero seguir en el gremio, pero si ustedes quieren que me vaya, levanten la mano —exclamó.

El primero en votar en contra fue “Colchón”. Lo siguió Miguel Calvermater, luego toda la comisión directiva y la mayoría de los presentes. Carlos no entendía la situación. Si antes había sido víctima de sus errores de conducción, ahora lo era de su ingenuidad. Ayudar a las personas no te salva de que ellas te puedan hacer daño.

—La asamblea fue soberana, pero estaba todo armado para que me vaya. Dos días después fui a renunciar al municipio y en diciembre me hicieron la liquidación completa —sentenció.
Cáceres es consciente de que fue víctima de una jugada no solo por el poder, sino como castigo por no haber podido contener a sus bases dos meses atrás.

Arce, Serrano y "Cholo" García en una movilización del Sindicato municipal de San Isidro. Fotografía: @atra.m.s.f

También aprendió una lección que solo aprenden los obreros que, cuando salen a luchar, son abandonados por las conducciones sindicales:

—En los sindicatos siempre hay compromisos políticos. Y para cumplirlos son capaces de dejarte solo, como me pasó a mí.

Al final, como le dijo el cardiólogo, el sindicato lo dejó.

Agradecimientos: A Gastón Abess, por la lectura crítica y los aportes que fortalecieron este trabajo. Las opiniones aquí vertidas son responsabilidad del autor.

 
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