SEMANARIO

Trotsky en Latinoamérica

Liliana O. Caló

TROTSKY

Trotsky en Latinoamérica

Liliana O. Caló

El 80 aniversario del asesinato de León Trotsky estuvo acompañado de eventos, charlas y numerosos artículos. A propósito de estos homenajes, el último dossier de la revista Archivos está dedicado a la Oposición de Izquierda y los albores del trotskismo en los países del Cono Sur, a cargo de Hernán Camarero y Martín Mangiantini.

Haremos un breve recorrido de estos artículos, que rescatan la experiencia de los grupos de la Oposición de Izquierda y trotskistas en Chile, Bolivia, Argentina y Brasil desde fines de 1920 hasta comienzos de 1950, valiosos como parte de un campo de investigación de “una historiografía incompleta y desigual a escala mundial” sobre el movimiento trotskista en el que, como señalan los autores, aún queda mucho por hacer.

Una tradición renovada

Si bien las formulaciones de la Oposición de Izquierda deben incluirse en un campo de circulación del marxismo más amplio en América Latina, la recepción de las elaboraciones de Trotsky permitió acceder a la comprensión de fenómenos sui generis ausentes en los primeros años del siglo XX, como la burocratización del Estado obrero y la “teoría del socialismo en un solo país”, el balance de la derrota de la Revolución china de 1925-27 y las conclusiones para los países semicoloniales generalizadas en sus tesis permanentistas de 1928. Posteriores serán los análisis sobre la crisis de la democracia capitalista y el surgimiento del fascismo y la lucha contra los Frentes populares ante la tragedia de la revolución española. La reivindicación de la política llevada adelante por el Partido Comunista (PC) alemán y la Internacional Comunista (IC) después frente al ascenso de Hitler en 1933, convencieron a Trotsky que había llegado la hora de construir nuevos partidos y una nueva Internacional –la Cuarta– fundada, finalmente, en septiembre de 1938.

Por tanto, la reconstrucción de esta trayectoria latinoamericana es clave para establecer la relación que mantuvieron, a través de las publicaciones o en contacto directo, con la Oposición de Izquierda internacional, expresión de la continuidad del bolchevismo en la época.

Los artículos tratan de las disidencias o fracciones al interior de los PC latinoamericanos enfocados en la etapa de formación de la Oposición de Izquierda Internacional (1928) y los primeros años de los nuevos partidos trotskistas en el subcontinente. En los estudios de Bolivia y Brasil el relevamiento se extiende a décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial, ya en ausencia de Trotsky, y en lo que consideramos otra etapa del trotskismo. Nos detendremos solo en el período fundacional de los grupos, ya que luego de la posguerra el trotskismo se fue transformando de conjunto en un movimiento de tendencias que en muchos aspectos se fue alejando del legado de Trotsky, y merecen un debate de mayor profundidad que no podemos abordar aquí [1].

Argentina

El artículo de Hernán Camarero “Contra la corriente. La Oposición de Izquierda en Argentina, 1929-1933” analiza sus orígenes. Hay una justa insistencia del autor respecto a resaltar que el surgimiento de la Oposición de Izquierda en el subcontinente no fue un hecho aislado sino simultáneo al comienzo del trabajo de la Oposición de Izquierda a nivel internacional a partir del VI Congreso de la IC en 1928 [2], frente al cual había elaborado un documento crítico al programa oficial que circuló de forma clandestina entre delegados y contactos. Este documento fue fundamental ya que la derrota de la Revolución china tuvo consecuencias programáticas y políticas y orientó a los primeros militantes latinoamericanos respecto al rol de las burguesías nacionales.

Esta insistencia, además de restaurar la historicidad de los sucesos, nos parece central al poner de relieve que la fortaleza estratégica de estos agrupamientos iniciales pasaba por su pertenencia a la corriente internacional liderada por Trotsky, que buscaba un camino hacia la revolución, más allá del peso numérico de sus militantes o los vínculos que lograron estrechar con el movimiento obrero.

En relación a la experiencia argentina vale destacar algunas singularidades. Camarero recuerda que el aparato del PC local fue el más consolidado del subcontinente y sede de su Secretariado regional creado en 1926, encargado de las actividades de la Comintern en Sudamérica. Si esto se tradujo en un alineamiento absoluto a sus directrices, también abrió la puerta a divergencias más sensibles a la problemática internacional. Sin embargo, las primeras expulsiones estuvieron menos ligadas a confluencias con las ideas oposicionistas y más a los efectos de la política de “bolchevización”, la regimentación burocrática de las secciones de la IC. Así ocurrió con los expulsados en el VII Congreso del PC local de 1925, quienes luego fundaron el Partido Comunista Obrero (PCO) y publicaron La Chispa y la posterior ruptura del dirigente gráfico José F. Penelón, integrante del Secretariado del PC, en 1927. Ambas acusaciones asociadas al espectro de Trotsky fueron negadas. Los primeros "argumentaron que los dirigentes del PC habían ’utilizado constantemente el problema del trotskismo como un arma política’" (p. 18), y la tendencia de Penelón "lo negaron enfáticamente, tal como se observa en el extenso informe que presentaron en ese entonces a la IC" (p. 19).

Camarero rescata los primeros nombres asociados al trotskismo como el británico Robert Guinney, promotor en 1929 del Comité Comunista de Oposición (CCO), primer núcleo oposicionista reconocido formalmente, aunque los acuerdos se limitaban básicamente a “la impugnación a Stalin”. A mediados de 1930 el CCO se convierte en la Izquierda Comunista Argentina (ICA), siempre como fracción pública del PC, pero el golpe de Uriburu limitó sus actividades. El autor destaca las redes y el intercambio internacional del CCO (con EE.UU. –Cannon– y los franceses de La Vérité).

Además de la ICA, otro grupo estaba asociado al intelectual Héctor Raurich y Antonio Gallo (proveniente del PS), quienes por distintas razones habían compartido su estadía en España, entrando en contacto con la Oposición española y al regreso, luego de un acercamiento a la ICA que no tuvo éxito, forman la Liga Comunista. La otra figura es la de Milesi quien, junto a otros expulsados del PC en 1932 “con los cuales habían llegado ‘al convencimiento de la justeza de las críticas y programas de la Op. Com. de Izq. Intern’” (p.30) se unifica con la ICA en 1933.

El giro de la Oposición Internacional luego de la experiencia alemana tuvo repercusión en estos dos grupos. La ICA se transformó en Liga Comunista Internacionalista (Bolchevique Leninista) y el grupo Gallo-Raurich se concentró en abordar una interpretación original sobre los problemas y la estructura económica del país, editando Nueva Etapa en colaboración con David A. Siburu, un dirigente estudiantil que había adherido a las ideas oposicionistas y congregado militantes desde 1931. El trabajo culmina temporalmente en este giro hacia la formación de los primeros núcleos trotskistas, como expresión de una corriente internacional que irá forjando nuevas herramientas teóricas, políticas y programáticas de las que estos grupos no estarán ajenos.

El artículo de Alicia Rojo [3], “Los trotskistas y la cuestión nacional en la Argentina de los años 40: la Liga Obrera Revolucionaria y el Partido Obrero de la Revolución Socialista”, reconstruye un período posterior, menos explorado en la historia de los grupos trotskistas del país, de finales de los ‘30 y comienzos de los ‘40. Analiza los ejes del debate que se desarrolló entre el Partido Obrero de la Revolución Socialista (PORS), referenciado en el mencionado Antonio Gallo, y la Liga Obrera Revolucionaria (LOR) dirigida por Liborio Justo (Quebracho) respecto al carácter y la dinámica de la revolución en países semicoloniales como el nuestro (la llamada “cuestión nacional”) dominados por el imperialismo, en el contexto de la presión norteamericana sobre América Latina y en vistas de la Segunda Guerra Mundial.

La autora indaga en las fuentes documentales de ambos grupos y sus periódicos como Frente Obrero (PORS), La Nueva Internacional y Lucha Obrera (LOR), y rescata de manera dialéctica los aportes de diferentes trabajos historiográficos sobre el tema. Por un lado, los aportes del grupo de Antonio Gallo sobre la estructura económico-social argentina, los límites de la industrialización dependiente del capital financiero internacional y de su tecnología que daban lugar al “‘ensamblamiento’ entre la burguesía local y el imperialismo” (p. 84). Aunque dicho “ensamblamiento” negaba la condición de opresión nacional, estos estudios, aclara Rojo, daban cuenta del avance de la influencia norteamericana sobre el país, factor relevante en los años siguientes. Por su parte, si bien las posiciones defendidas por Liborio Justo incorporaban “el problema de la liberación nacional al bagaje del trotskismo vernáculo”, habilitando la perspectiva del surgimiento de movimientos de liberación nacional, lo hacía en una dinámica de cierto etapismo (de una revolución de tipo agraria y antimperialista) en el que “el proletariado debía acompañar la acción de la burguesía ‘tratando de ganar la dirección’ para completar la liberación de la dominación imperialista” (p. 90). Rojo señala que estos posicionamientos se pondrán en juego frente al contexto de la Segunda Guerra Mundial y la emergencia del peronismo, y reflexiona acerca de la importancia de estas elaboraciones en el devenir de la corriente trotskista en los años siguientes.

Chile

El artículo de Andrey Schelchkov, “Un trotskismo a mitad de camino: el hidalguismo en Chile”, se propone analizar la disidencia al interior del Partido Comunista chileno conocida como fracción de Manuel Hidalgo (el hidalguismo). El autor desarrolla aspectos de su conformación y composición social y destaca que aunque no sostuvo importantes diferencias con la orientación política de la IC stalinista, mantuvo relaciones con el trotskismo. Las diferencias datan de 1929 sobre cuestiones tácticas y conflictos internos vinculados a la injerencia del Secretariado regional y con el PC chileno sin romper con su doctrina.

Hasta 1933, después de su expulsión, coexistieron en Chile dos Partidos Comunistas. Al calor de estas disputas, el autor sostiene que “los hidalguistas encontraron en el trotskismo una justificación internacional de su disidencia y formalmente adoptaron la mayor parte de su retórica y doctrina” (p. 43). Se unirán a la Oposición de Izquierda Internacional en marzo de 1933 con el nombre de La Izquierda Comunista (LIC). Hacia 1934, “en el partido chileno militaban 1.000 personas y las células del partido existían casi por todo el país” (p. 47) con intervención en sindicatos y en el movimiento estudiantil.

Este acercamiento al trotskismo comenzó a evidenciar un camino de divergencias por la participación de la LIC en el Bloque de Izquierda en 1934, frente al cual el Secretariado Internacional (SI) trotskista el “14 de mayo de 1935 dedicó una sesión especial para discutir la situación chilena [...] El SI planteó la premisa de convertir al Bloque en un ‘frente único de clase’ y recomendó a los chilenos estudiar las experiencias china, española y francesa para no caer en el oportunismo del ‘frente popular’. El trotskismo rechazaba las alianzas electorales interclasistas con partidos burgueses’” (p. 50). Distanciamiento que culminó en enero de 1936, cuando los hidalguistas ingresaron al Partido Socialista chileno rompiendo vínculos con el trotskismo internacional. Una minoría se mantuvo alineada al trotskismo, dirigida por Enrique Sepúlveda (Diego Henríquez) que constituyó en 1937 el Partido Obrero Revolucionario (POR). Concluye Schelchkov que el hidalguismo no era homogéneo sino una “amalgama de los inconformistas del comunismo y el socialismo chileno. [...] En realidad, el hidalguismo se ubicó entre dos Internacionales, la III y la IV, sin haber aceptado de manera integral ninguna de ellas” (p. 55).

Brasil

El artículo de Carlos Prado y Marcio Lauria Monteiro, “Historia e historiografía del trotskismo brasileño”, señala como antecedente de la Oposición de Izquierda brasileña la aparición de disidencias al interior del PC brasileño (PCB) nucleadas en críticas al régimen partidario, la política sindical de transformar los sindicatos en apéndices y en particular, el respaldo y embellecimiento del tenentismo. Algunos de estos dirigentes son expulsados a inicios de 1930 organizándose como oposicionistas en rechazo a la teoría del “socialismo en un solo país”, el balance de la cuestión del Comité Anglo-Ruso y la Revolución china, fundando el Grupo Comunista Lenine (GCL) como fracción externa del PCB, dirigido por Mario Pedrosa, Livio Xavier, Rodolfo Coutinho (destacado dirigente del PCB) y Aristides Lobo, a los que los autores llaman la “primera generación” [4], publican A Luta de Classe, órgano teórico y político, y promueven un enorme labor editorial de traducción de los autores clásicos marxistas. Una coyuntura de enormes dificultades por la persecución del gobierno varguista y el mismo PCB, que contaba con creciente prestigio. Una de sus principales contribuciones, “Esbozo de análisis de la situación económica y social en Brasil”, es un análisis de la historia brasilera desde la etapa colonial al golpe bonapartista de Vargas en los ‘30, al que definen como “una “última forma conciliatoria”, entre las más diversas fracciones burguesas a fin de reorganizar las bases del desarrollo capitalista” (p. 62), demostrando la imposibilidad de la burguesía de conjunto de encabezar la revolución en oposición a lo que pregonaba el PCB.

En una segunda etapa (1931) se reorganizan como Liga Comunista - Oposición de Izquierda (LC). A partir del abandono de la línea reformista sobre los PC en 1933, la LC pasa a llamarse Liga Comunista Internacionalista (LCI). No fue un giro exento de polémicas sobre el carácter de la URSS, la burocratización y cómo superarla. Sin embargo, en ese marco de debates, los acuerdos sobre las lecciones de la tragedia alemana se transformaron en una guía de acción, por el que promovieron el Frente Único Antifascista (del que participaron anarquistas y socialistas), que en 1934 derrotó a los integralistas (“Revoada dos Galinhas Verdes”), primeros jalones de la tradición combativa del trotskismo brasileño.

Las críticas de la LCI a la política y el programa frentepopulista de la Alianza Nacional Libertadora (ANL) –un revival de la política de la IC frente al Kuomintang en China– promovida por el PCB en 1935, como explican Prado y Monteiro, cosechará sus frutos impactando en sectores del regimentado PCB. A pesar del alejamiento de un sector de la LCI rechazando la táctica “entrista” al socialismo francés (1936) y cierto estancamiento en un contexto de mayor persecución del varguismo, la LCI se fusionaría en 1937 con un sector disidente del PCB que rechazaba el respaldo a la ANL, creando el Partido Obrero Leninista (POL).

El giro dictatorial de Vargas de 1937 (Estado Novo) obligaría al grupo a la clandestinidad. Pedrosa, exiliado en Francia, pudo participar del Congreso fundacional de la IV Internacional “como representante de los grupos latinoamericanos siendo elegido miembro de su Comité Ejecutivo (bajo el seudónimo “Lebrun”)” (p. 65). Hacia 1939 confluirán con el grupo expulsado del PCB liderado por Hermínio Sacchetta, en la formación del Partido Socialista Revolucionario (PSR). En 1939, los debates sobre la defensa de la URSS provocarán la ruptura de Pedrosa, cercano a las posiciones de la fracción antidefensista de Max Shachtman, en la sección norteamericana. El PSR se disgregó en 1950, como parte de las tensiones que se producen luego de la muerte de León Trotsky.

Se podría concluir que el trotskismo brasileño tuvo rasgos distintivos: temprana incidencia en sectores sindicales del movimiento obrero; importantes aportes teóricos como los trabajos sobre el capitalismo brasileño en lógica permanentista, que demolieron las consagradas tesis estalinistas de Octavio Brandão (Agrarismo e Industrialismo) del PCB y, más allá de ser pequeños grupos, demostraron a través de diversas tácticas la fuerza de la política de los trotskistas a luz de la lucha de clases.

Bolivia

John Steven Sándor reseña en “De Prinkipo a Pulacayo: consideraciones sobre la historia del trotskismo boliviano”, los principales momentos de ese itinerario y deja planteada su hipótesis respecto a la excepcionalidad de este trotskismo “por sus características particulares –y por el papel que ha jugado en la vida del país– debe abordarse como una variante sui generis del trotskismo latinoamericano y mundial” (p. 100).

El primer aspecto de esta particularidad es su tardía fundación, a fines de los ‘30. El Partido Obrero Revolucionario (POR) resultó de la fusión del Grupo Tupac Amaru dirigido por Tristán Marof, con base en Argentina, referenciado en un “ideario indigenista, aspectos del pensamiento marxista internacional y una fuerte dosis de nacionalismo romántico” (p. 102), y el grupo Izquierda Boliviana, dirigido por José Aguirre Gainsborg, que en su exilio había militado en la sección chilena de la Oposición de Izquierda internacional.

El segundo elemento se refiere a la influencia que el trotskismo conquistó en sectores campesinos, preocupación entre los terratenientes bolivianos. Mencionemos que el POR fue parte de los levantamientos campesinos en Cochabamba que obligaron a Víctor Paz Estenssoro a decretar la reforma agraria en 1953. Esta influencia, señala el autor, se nutrió en parte sobre la base de la migración/expulsión de trabajadores provenientes de las minas que volvían a sus pueblos natales luego de haber adquirido experiencia sindical, de la que los trotskistas no fueron ajenos a partir del peso e influencia que ganaron en este sector la clase obrera boliviana.

Otro aspecto no menos importante es el alcance de su intervención en la revolución obrera boliviana de 1952, cuyo ícono por excelencia fueron las Tesis de Pulacayo, inspiradas en el Programa de Transición, que el POR había redactado y fue adoptado por la Federación Sindical de Trabajadores Mineros de Bolivia (FSTMB) seis años antes [5].

Steven Sándor destaca que la influencia lograda por el trotskismo rompe varios mitos: entre los socavones mineros las tesis permanentistas no resultaban exóticas, por el contrario, “ayudaron a los mineros a entender el mundo en el que vivían, a dar significado a su vida y a orientar sus luchas [...] ese mismo desarrollo desigual y combinado –incluso la despiadada explotación que conllevaba– colocaba en sus manos la fuerza potencial, las herramientas y armas sociales con las que podían encabezar la liberación de todos los explotados, que sería también la de su país” (pp. 107-108).

***

Los artículos publicados contribuyen a la difusión de los orígenes y primeros grupos trotskistas latinoamericanos, forjados en el enfrentamiento al proceso de estalinización de la IC y los PC locales que atribuían a las burguesías nacionales un papel progresivo como parte de la revolución “antifeudal, agraria y antiimperialista” en los países coloniales y semicoloniales, en la que el proletariado y el campesinado jugarían un rol auxiliar [6]. Un momento fundacional alrededor de las lecciones de las grandes luchas y derrotas del proletariado mundial, los problemas de la revolución y la estrategia socialista, para buscar un camino hacia el movimiento obrero de masas.

La reconstrucción de esta tradición incluye las elaboraciones que Trotsky realizó durante su exilio en México [7], analizando los fenómenos políticos más importantes de la época en el continente, como el cardenismo en los años ‘30, que conservan, más allá de su valor histórico, enorme actualidad y son indispensables para entender la realidad latinoamericana y su perspectiva de transformación revolucionaria.

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NOTAS AL PIE

[1Compartimos algunas de las elaboraciones, charlas y eventos a propósito del 80° aniversario de León Trotsky publicados en en el Centro de Estudios, Investigaciones y Publicaciones León Trotsky, en este mismo semanario y en La Red internacional La Izquierda Diario: “Entrevista a Emilio Albamonte: la actualidad del trotskismo hoy” y “Conversaciones en vivo: ¿Por qué leer a Trotsky hoy?->https://www.laizquierdadiario.com/VIDEO-Conversaciones-en-vivo-Por-que-leer-a-Trotsky-hoy

[2Trotsky había enviado al VI Congreso la crítica del proyecto de programa, junto a otros documentos como la carta “¿Y ahora?” ofreciendo una apreciación del cambio actual a la luz de la política de los años transcurridos con un anexo documental respecto a la leyenda creada sobre el trotskismo y una declaración exigiendo la reintegración de la Oposición en el seno del partido.

[4Participó de la fundación el escritor francés Benjamín Péret, ver “Benjamin Péret: surrealismo y marxismo en América Latina”.

[5Sin detenernos en un balance detallado, en los años siguientes el POR mostraría en los principales eventos de la lucha de clases del país –como en la Revolución de 1952 dando apoyo “crítico” al nacionalismo burgués del MNR o ante la Asamblea Popular de 1971, presionando por izquierda al gobierno de Torres– el reemplazo de la independencia de clase y estrategia soviética por una orientación frentepopulista (Frente Antiimperialista) y una teoría de la excepcionalidad boliviana sobre el Estado y las FF. AA. Ver “Tesis fundacionales de la LORCI-Bolivia”.

[6En el VI Congreso de la IC (1928) se daba el “descubrimiento de América”, estableciendo que el rasgo determinante de estos países era su estructura económica atrasada, donde perduraban el problema agrario y el sometimiento imperialista.

[7Para profundizar en las elaboraciones de León Trotsky, especialmente sus definiciones sobre el bonapartismo sui generis, ver compilación de los Escritos latinoamericanos publicados por el CEIP; recomendamos la lectura de “Los caminos de Coyoacán: Trotsky y los trotskistas mexicanos”.
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Liliana O. Caló

Nació en la ciudad de Bs. As. Historiadora.
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