Internacional

NOTA DE TAPA

Triunfos progresistas, agenda de derecha

Las elecciones en Brasil y Uruguay revalidaron al PT y al Frente Amplio. Pero Tabaré no pudo ganar en primera vuelta y Dilma ganó muy ajustadamente. El desgaste de los modelos llamados pos neoliberales fortaleció a opciones que inclinaron la balanza hacia una agenda de derecha. Primer balance y posibles consecuencias para Argentina.

Juan Andrés Gallardo

@juanagallardo1

Martes 28 de octubre de 2014

Fotografía:EFE

De la ajustada victoria de Dilma surge un gobierno debilitado

La reelección de Dilma con el 51,64% de los votos frente al 48,36% de Aécio Neves, representa el resultado electoral más ajustado desde 1989, cuando se enfrentaron Collor de Mello y Lula Da Silva. De esta forma, hace agua el intento de volver al poder de PSDB, el partido que llevó adelante todo el proceso de privatizaciones y las reformas neoliberales sobre las jubilaciones y los derechos laborales en la década de los ’90 bajo la presidencia de Fernando Henrique Cardoso. No hubo cambio de signo político de la región.

Si bien esto es cierto, también lo es que el PSDB obtiene su mejor elección desde que abandonó el gobierno en 2002, creciendo en 6 millones de votos en relación a la elección presidencial anterior. Por su parte el PT y Dilma retroceden 1,3 millones de votos respecto a 2010. Por otro lado, dentro de la coalición oficialista se fortalece el socio del PT, el PMDB (Partido del Movimiento Democrático Brasilero) que representa lo más rancio de la casta que domina el régimen político brasilero, siendo parte de todos los gobiernos desde 1985 a esta parte, sean del PSDB o del PT.

Esta votación se da en el marco de una profunda crisis de representación , que quedó plasmada en las masivas movilizaciones de junio de 2013, y que se expresó a lo largo del proceso electoral en la volatilidad del electorado. Primero fue el fenómeno Marina Silva, que amenazaba, según las encuestadoras con hacerle frente a Dilma en una supuesta segunda vuelta, mientras que Aécio y el PSDB parecían encaminarse a la peor elección de su historia. Luego vino el desplome de Silva y el ascenso de Aécio que terminó con más del 33% de los votos en la primera vuelta.

Sin embargo, sobre la recta final de la segunda vuelta el electorado se volcó mayoritariamente hacia Dilma, en especial en el norte y el nordeste del país donde ganó la mayoría de los Estados, siendo la clave para la victoria nacional, a pesar de ser derrotado las regiones sur y sureste. Con una ajustada diferencia de poco más 3% sobre Aécio surge un gobierno debilitado que tendrá que enfrentar los grandes cuestionamientos que atraviesa el régimen.

El voto a Dilma es un voto al mal menor, buscando conservar, frente a la posibilidad de ataques del PSDB los planes sociales como el “bolsa de familia”, el ciclo de consumo y el nivel de empleo que marco estos años de crecimiento económico. Sobre esta genuina aspiración de masas hay que poner atención. Pero es un voto desapasionado en el marco de que se mantiene la fisura entre las expectativas de las masas que se expresaron en junio de 2013 y la realidad de un régimen que no es capaz de abordar problemas estructurales del país como el transporte, la educación, la salud, la vivienda, precarización laboral, etc. Si Dilma sigue la agenda de la derecha hacia un ajuste va a chocar con la agenda de junio, que aun anida en las masas que la votaron como mal menor.

Esta situación contrasta con la preparación de todos los sectores de la burguesía para ajustar contra los trabajadores una economía que, luego de crecer hasta un 7,5% anual, ahora apunta a crecer menos de un 1%, con una inflación creciente.

La propia Dilma, así como su actual ministro de Hacienda, Guido Mantega, salieron desde un principio a calmar a los mercados. "Esta es una prioridad para los próximos cuatro años. Tendremos que realizar un esfuerzo fiscal mayor en el próximo año y mantener esto en los próximos cuatro años.”, afirmó Mantega. En línea con este planteo, Dilma llamó en su discurso luego de conocerse los resultados, a la unidad nacional y al diálogo con la derecha.

El reclamo democrático que atravesó las jornadas de junio contra la casta de políticos burgueses que domina el régimen en Brasil, también contrasta con lo que mostró la propia campaña electoral, dejando en evidencia ante las masas la amplia podredumbre del régimen, al salir a luz el esquema de corrupción en Petrobras que implica desvío de fondos y lavado de dinero e involucra a 14 constructoras y 32 parlamentarios, tanto del PT como del PMDB y PSDB.

Para enfrentar este cuestionamiento, Dilma en su discurso luego de imponerse sobre Aécio destacó el llamado a una reforma política y el combate a la corrupción. Un planteo, como mínimo, poco probable si se piensa que la casta de políticos burgueses que dominan el Congreso van a querer limitar o restringir en algo su propio poder.

Continuidad del Frente Amplio y derrota de la “derecha renovada”.

En Uruguay, Tabaré Vázquez se impuso con 47,8% de los votos y si bien no pudo evitar ir a un balotaje con el candidato del Partido Nacional, Lacalle, parece prácticamente asegurado un triunfo del Frente Amplio en segunda vuelta. La votación de Vázquez superó ampliamente los 42 a 45 puntos que le otorgaban las encuestas, y dejó atrás la suma de los votos de blancos y colorados que apenas llegan al 44%. A su vez la derecha también salió derrotada en el intento de imponer vía plebiscito una baja en la edad de imputabilidad, contra la que se habían movilizado miles de personas hace una semana en Montevideo.

El conteo voto a voto terminará de definir si el FA consigue la banca número 50 en la cámara de Diputados, lo que le daría la mayoría, y retuvo las 15 bancas en Senadores lo que le permitiría tener mayoría de ganar la segunda vuelta, por el voto del vicepresidente.

Al igual que en Brasil, la "derecha renovada" no se pudo imponer y lo que vemos en Uruguay es una continuidad "con cambio", es decir un nuevo gobierno del FA, pero con Tabaré a la cabeza que en el tramo final de su campaña intentó expresar un "centro político" y apostar a un voto conservador, en contra del cambio hacia variantes abiertamente neoliberales. Como lo demuestran los resultados de la primera vuelta, el FA gana "por derecha" parte del voto que se caen del Partido Colorado mientras que pierde "por izquierda" una proporción similar hacia Unidad Popular, el PERI y, en menor medida el PT.

En el último tramo de su gobierno, el actual presidente frenteamplista José Mujica vino intentando una transición tranquila. El equipo económico dirigido por Danilo Astori ha priorizado cuidar los números macroeconómicos sin tocar el margen de ganancia empresarial, lo que como contrapartida trae para los trabajadores la aplicación de topes salariales, pérdidas del poder adquisitivo vía inflación, la confiscación que implica el impuesto al salario (IRPF), y ataques a las condiciones de trabajo. También ha venido buscando concretar algunos megaproyectos que aseguren inversión extranjera aunque implican graves daños al medioambiente.

Sin embargo, a diferencia de Brasil donde Dilma y el PT cuentan con una estrecha alianza con los evangélicos que bloqueó todo avance en derechos democráticos como el aborto y el matrimonio igualitario, en el caso del Frente Amplio tuvo lugar la despenalización el aborto y la legalización de la marihuana, cuestiones que también hay que sopesar a la hora de analizar los resultados electorales.

En el marco de una situación económica en la que la crisis aún no se manifiesta con fuerza, Tabaré tiene margen para evitar ir a un ataque directo a los trabajadores y el pueblo de Uruguay, pero se prepara para ser él mismo la transición hacia un gobierno donde el FA ya se ha demostrado que es un partido integrado plenamente al régimen Uruguayo que garantiza los negocios del capital local y extranjero sin sobresaltos ni rispideces.

En el plano interno, durante la campaña el candidato a la vicepresidencia Raúl Sendic, centró su oratoria en temas de desarrollo productivo, industrial y tecnológico ilusionándose con "un Uruguay industrializado". Un discurso en el que intentó tomar los rasgos “neo-desarrollistas” de los gobiernos frenteamplistas que en 10 años han profundizado los lazos y la dependencia del capital extranjero, manteniendo las cuentas “ordenadas” y aplicando las reformas estructurales que habiliten más inversión extranjera. En el plano externo el discurso no estaba muy lejos del programa que representaba Aécio para Brasil, con buenas relaciones con EE.UU. y una flexibilización del MERCOSUR para acercarse hacia la Alianza del Pacífico.

Continuidad con cambio… hacia derecha

En este panorama, no es de extrañar que uno de los que se haya apresurado a saludar los triunfos de Dilma y Tabaré en Argentina haya sido Daniel Scioli. “Que no nos subestimen algunos, que plantean cambios como si fuera algo mágico. Y ahí está la respuesta del pueblo. Queremos desarrollo, queremos cuidar los logros y no volver al pasado, por eso los triunfos de Dilma y de Tabaré Vázquez”.

El kirchnerismo viene utilizando, al igual que el PT o el Frente Amplio, el “peligro de derecha” para derechizar su agenda desde la represión de las luchas de la mano de Berni, el nuevo código civil a medida del vaticano, el código procesal penal de la deportación de inmigrantes y la “conmoción social” y más en general el discurso del orden que viene ensayando Cristina.

Lo cierto es que los intentos de imponer un nuevo “consenso derechista” aún tienen que enfrentar las expectativas de las masas. Brasil y las jornadas de junio de 2013 son el mejor ejemplo de esto. En este marco, son gobiernos pos neoliberales como el de Dilma o el del Frente Amplio en Uruguay los que se postulan para llevar adelante esta transición. Como diría Scioli, “continuidad con cambio”, eso sí, hacía la derecha.






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