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Red Internacional

Hablamos con Mabel Bellucci, activista e investigadora feminista queer, sobre historia y feminismos a partir del último libro que compilo junto a Mariana Smaldone: El segundo sexo en el Río de La Plata (Editorial Marea)

Brenda HamiltonEstudiante de historia UBA-En Clave ROJA @bren_hamilton

Viernes 1ro de julio | Edición del día


En este último libro que compilaste, hay un artículo tuyo sobre el efervescente activismo político argentino de la década del 70, y en particular, las primeras organizaciones de activistas homosexuales del país. ¿Cuál es tu intención al rescatar las experiencias de estos grupos y cómo influyó la obra de Simone de Beauvoir en los mismos?

Básicamente mi interés está puesto en colocar el acento de como El segundo sexo dispone de una multiplicidad de lector*s, más allá de las mujeres de sectores medios, citadinas, heterosexuales, universitarias e intelectuales. Son preguntas que se van abriendo a medida que interpelas a la militancia de los años sesenta y setenta. La militancia tanto feminista como homosexual si no lo leyó, estuvo al tanto de su aparición en Buenos Aires. Hablamos de la recuperación de los testimonios de protagonistas de las minorías sexuales y feministas: el Frente de Liberación Homosexual (FLH), el Grupo Política Sexual (GPS), la Unión Feminista Argentina (UFA), el Movimiento de Liberación Femenina (MLF) y las primeras agrupaciones feministas en Buenos Aires durante la década de los setenta. Todos estos relatos desplegaron interrogantes en torno a cómo est*s pioner*s descubrieron el libro, el año en que fue leído. Además, de sus efectos posteriores en el pasaje de lector*s individuales a sujetos colectivos. Nuestr*s entrevistad*s se conectaron con este libro simplemente por curiosidad personal, por asesoramiento de un librero, por consejo de una amig*o camarada militante, por el embeleso a la dupla Simone Beauvoir y Jean Paul Sartre o por la admiración a la pluma de Simone. En líneas generales, la conocían por su trayectoria más convencional, omitiendo las múltiples facetas de nuestra autora. Ante todo, era más por su literatura y sus singulares relaciones amorosas que por su obra consagrada. En menor medida, la vinculaban con el existencialismo francés y muy poc*s con las corrientes marxistas. Este dato es interesante ya que existen pocos rastreos en el interior de las izquierdas. A principios de los sesenta, pertenecer a las izquierdas políticas en la Argentina no garantizaba una ampliación de las referencialidades intelectuales. Eran solitarios, pequeños y no tenían contacto, a diferencia de las liberales, con escritores europeos. En ese momento, l*s lector*s de Simone no la percibían como una referencia significativa, como una rectora de la liberación.

Podría tomarse como excepcional una década posterior, a Nora Ciapponi quien acompañó a sus camaradas de militancia del Partido Socialista de los Trabajadores (PST) a incorporar reivindicaciones feministas dentro de las propuestas partidarias y, a la vez, en sus publicaciones sindicales. Al respecto, Ciapponi relataba en relación a nuestra obra: “Leíamos con intensidad a Simone de Beauvoir que nos influenció fuertemente y, en especial, con El segundo sexo, así como encontrábamos un rumbo para la revolución sexual con el Informe Kinsey y el de Masters & Johnson.”
Mientras que el Grupo Política Sexual (GPS), un espacio de encuentro entre feministas y militantes homosexuales interesados por causas diversas de un modo artesanal y ensayístico, un laboratorio para la confección de ideas políticas ante la orfandad de teorías emancipatorias que acogieron sus existencias. El GPS se tejió entre una crítica al consumismo liberal y deseos de libertad sexual, así como objeciones a la llamada revolución sexual. Entre la lucha de clases y las denuncias al machismo, entre el marxismo y el psicoanálisis como teorías necesarias (y encontradas) para la emancipación social y sexual y una crítica a las cegueras de ambas. Discutió en torno a sexo y liberación y procuró el estudio de autores poco visitados por las universidades. Leían y discutían los clásicos del feminismo de la época: Política sexual de Kate Millet, La dialéctica del sexo de Shulamith Firestone y El segundo sexo de Simone de Beauvoir.

Simone De Beauvoir también fue parte de la lucha por el aborto legal en Francia, que tuvo como emblema al “Manifiesto de las 343 sinvergüenzas” de 1971. ¿Cómo fue este proceso y que aportes hizo De Beauvoir a estos movimientos?

Entre tanto, el activismo feminista francés se impregnó de una radicalidad similar a la estadounidense y al amparo de los tesoneros movimientos de izquierda, estimulado además por los acontecimientos de mayo del 68 en París. Nació así el Mouvement pour la Libération des Femmes (MLF), en parte como herencia de la gran movilización que provenía de los grupos estudiantiles, de los círculos intelectuales y artísticos. En términos políticos, clamaban por acciones relacionadas con el cuerpo, es decir, una política sexuada dirigida a sus congéneres para alcanzar la autonomía y la identidad femeninas. El MLF en Francia tenía una peculiaridad que consistía en el corte político que presentaba a raíz de un legado histórico vinculado con el comunismo, el trotskismo y el maoísmo. Sin embargo, las corrientes más importantes del MLF se distanciaron de estas organizaciones e instituyeron ámbitos apropiados tanto para la acción como para la producción teórica.

Hicieron hincapié en el orden de las sexualidades, en el control de la natalidad y en la libertad de decidir como modo de erosionar el dominio masculino sobre sus propios cuerpos, así como en denunciar el sexismo en todos los órdenes. En 1970, se lanzaron a implementar iniciativas performáticas que visibilizaran sus protestas para alcanzar la legalización del aborto. Evidentemente, no se equivocaron al adoptar metodologías de acción directa. En 1971, en los días del proceso de Bobigny, cuando el juicio levantado contra cinco mujeres y una menor que habían abortado tras una violación fue elevado a la categoría de juicio político contra la ley de 1920 que penalizaba a las mujeres por abortar. La causa fue tomada y defendida por la abogada argelina Gisèle Halimi, feminista que constituyó, junto con Simone de Beauvoir y otras tantas más, la prestigiosa agrupación “Elegir la Causa de las Mujeres”. Cientos de famosas y destacadas de las artes, la literatura y las ciencias, tales como Jeanne Moreau, Christiane Rochefort, Violette Leduc, Dominique Desanti, Catherine Deneuve, Marguerite Duras, Monique Wittig y las propias Gisèle Halimi y Simone de Beauvoir firmaron el histórico documento conocido como el Manifiesto de las 343 “salopes”, atorrantas o putas, en castellano. Fue publicado en la revista Le Nouvel Observateur, el 5 de abril de 1971. Esta propuesta atesoró una significativa repercusión a nivel mundial. Las 343 salopes declaraban haber abortado y se exponían a ser sometidas a procesos legales hasta correr el riesgo de terminar en un calabozo. Además, reclamaban que el aborto fuera gratuito y libre durante las diez primeras semanas de gestación. Este accionar fue considerado el paradigma de la desobediencia civil, al menos en Francia. Era real que nadie se atrevía a encarcelar a semejantes figuras.

Luego de la acción de visibilidad llevada a cabo por las feministas, en 1973, irrumpió un manifiesto de 345 médicos que admitían haber practicado abortos. Por lo tanto, se declaraban a favor de interrumpir los embarazos en hospitales públicos. En consecuencia, en enero de 1975, el parlamento galo aprobó la ley que despenalizaba el aborto durante las diez primeras semanas de gestación, siempre con el consentimiento de un profesional de la salud.

Al momento de aquella victoria, el MLF se oscureció durante un período hasta que decidió retornar a la política del socorrismo en la clandestinidad frente a las limitaciones que presentaba la norma legal, que no consideraba los casos de las mujeres que no cumplían con determinada edad como tampoco el caso de las migrantes. Sumado a ello, se presentaba además la objeción de conciencia por parte del cuerpo médico que se oponía a realizar abortos. De allí que el feminismo haya retomado el accionar directo y atendido cuestiones en las que no reparaba la ley. Efectivamente, una vez visto cómo se desencadenarían las tensiones por lo no contemplado, el activismo logró resolver a su manera las dificultades presentadas.

Ya que estamos hablando de este tema. En el 2014 publicaste el libro Historia de una desobediencia: Aborto y Feminismo, en donde te adentras con un repaso histórico en las luchas por el derecho al aborto en la Argentina. Allí también se destaca una gran influencia de los movimientos feministas europeos y estadounidenses en las luchas por los derechos sexuales y reproductivos que se dieron a nivel global en esta etapa. ¿Qué particularidades y características propias tuvo este movimiento en la Argentina?

Antes de adentrarme en tu pregunta, me gustaría analizar ciertos conceptos que levantas. Al recopilar las declaraciones y documentos del movimiento feminista local en los 70, no resultaba una cuestión controversial como fue en nuestro presente. Por lo tanto, su fórmula era llana, carente de un discurso específico sin contenidos teóricos y estadísticos relacionadas con la heterosexualidad y la relación coital sin presentarlo a la altura de un debate político. Por cierto, ellas carecían de reparos en reclamar públicamente el aborto voluntario y en paralelo el periodismo no ejercía censura en preguntar. De igual forma, no deja de sorprender que algunas publicaciones de tiraje masivo, muchas de ellas orientadas al universo clásico de las mujeres interpelan a las entrevistadas en relación con la ilegalidad de la práctica. A pesar de su universalización, el aborto permanece como una actividad practicada en secreto, que se tolera, pero no se habla de ella. En la vida cotidiana se lo nombraba de manera corriente. Quizás no se estilaba decir “yo aborté”, se usaban algunos eufemismos que refieren cierta lejanía: “hacérmelo”, “me lo saqué”, “el charco de sangre”, “vomitarlo”, “no lo quiero tener”.

Hacia 1977, las integrantes de la famosa Librería de las Mujeres de Milán abogaron por la conquista de la despenalización del aborto. No así su legalización, ya que para ellas significaba someterse a normas elaboradas por los varones. En esta dirección, la acreditada teórica Rossana Rosanda afirmó que la legalización implicaba el reconocimiento de una sexualidad femenina sometida. De este modo fue que la mayor parte de los colectivos de Turín y Milán no levantaron la consigna del aborto libre y gratuito, tal como lo demandaba el feminismo del Norte de la época, sino que plantearon la divergencia entre despenalizar y legalizar. De acuerdo con esta nueva mirada, los conflictos en la diferencia sexual no debían ser reivindicados mediante el soporte legal que operaba como dispositivo del dominio del varón. De allí que la militancia feminista y de mujeres en Buenos Aires influenciada por la corriente italiana en este punto como también en sus proclamas terminó por acotar la petición ya histórica de “aborto libre y gratuito” propio de los años 70 por la de “despenalización del aborto”. Emblema que, más tarde, iniciada la democracia en nuestro país se convirtió en el eje articulador de las diversas agrupaciones. Prevaleció entonces un discurso social sanitarista en torno a la pobreza que tenía repercusión en una sociedad atravesada por las violaciones de los derechos humanos en manos del terrorismo de estado, donde solo el sufrimiento justificaba y confería dignidad mientras que la libertad de decisión, la sexualidad placentera y la maternidad como una elección posible, pero no única, aún se mantenían en reserva. Por lo tanto, referirse a las muertes y los riesgos para la salud ofrecía resultados efectivos de corto plazo para su desembarco. Es cierto que para sensibilizar almas opositoras o dubitativas golpeaba más presentar los casos fronterizos y vulnerables respecto a la minoría de edad, la pobreza extrema y todos los sacudones potenciales de movilización. A la larga, esa estrategia “eficaz” se convirtió en la única causa valedera que estaban dispuestos a escuchar y aceptar como viable los medios de comunicación y el oyente habitual. En esos momentos, apelar a motivos por fuera de la tragedia resultaba inconducente para instalar el aborto en la opinión pública. Además, durante los años 70, las grandes discusiones en el feminismo académico en nuestro continente pasaban por la desigualdad entre los sexos, la familia, la división sexual del trabajo y el trabajo doméstico y extradoméstico. Desde ya que el análisis de la participación femenina en la fuerza laboral constituía una línea clásica de investigación con un precedente asentado en los estudios de cuño marxista sobre el proceso de explotación en el capitalismo. Básicamente, los impactos prolongados y acumulados de las crisis económicas en los países latinoamericanos en esa determinada coyuntura provocaron una mayor presencia de mujeres en el mundo del trabajo formal e informal precarizado, presencia que se constituyó en una profunda crítica hacia los modelos de desarrollo seguidos hasta ese momento.
Las académicas latinoamericanas plantaron discusiones sin reservas en cuanto a quién estudiaba a quién y cuáles eran los resultados que había que obtener. En esos momentos se hablaba más del control de la sexualidad y del cuerpo que del aborto. Había una razón: al partir desde una visión demográfica, en los aspectos de fecundidad y mortalidad se enfoca más la mirada hacia los temas vinculados con población, fertilidad y planificación familiar. Aun el debate en torno a la ilegalidad del aborto no era contemplado como un campo de estudio específico y pocas veces se lo nombraba.

Hacia mitad de los 80, el término “derechos reproductivos” inició su ruta para después instalarse por siempre y con mayor brío apenas comenzaron los años 90. Aparece con un origen desdibujado, sin precisiones acerca de su configuración como categoría; quiénes la hicieron circular, qué necesidad política encarnaba sostener, cuáles eran los “derechos reproductivos” que implicaba y encerraba la noción de aborto. Sería imprescindible conocer si emergió de las entrañas del feminismo central como una necesidad de reflejar la compleja realidad en cuanto a las sexualidades de las mujeres o como una estrategia de los organismos internacionales gerenciados por mujeres y para mujeres que mundializaron su hegemonía durante esa etapa de capitalismo global.

Las referentes tanto de unas como de otras, en procura de interpelar a sus pares, apaciguaron las aguas. Junto a este proceso de resignificaciones y también de ultraespecializaciones en determinadas temáticas, el debate del aborto voluntario empezó a ser timoneado mucho más por los sectores católicos y por la derecha política que por las propias feministas en los espacios de poder. Parte de esta paradoja quedó demostrada en relación con el tratamiento de la temática en los medios de comunicación y en el parlamento de nuestro país. Mientras voces varias del feminismo temían nombrar la palabra aborto y a cambio de ello utilizaban el eufemismo “derechos reproductivos” para hablar sobre lo que no se debía, la Iglesia Católica lo enunciaba sin pudor alguno. Nunca será excesivo recordar las intervenciones de una diputada de la Coalición Cívica, durante el debate por la creación del Programa Nacional de Salud Sexual y Procreación Responsable, en octubre de 2002, que, si bien apoyaba el proyecto de ley sobre derechos reproductivos no pensaba lo mismo respecto del aborto.

De alguna forma estas “minorías intensas” que pelearon por el aborto en argentina, fueron quienes nos allanaron el camino a les jóvenes que nos organizamos en la actualidad y conquistamos nuestro derecho a decidir en el 2020. ¿Cómo influyó esta tradición de lucha de nuestro país para las peleas del presente?

No podría responder sin nombrar a Dora Coledesky. Se impone de lejos la trascendencia del alcance que tuvo la Comisión por el Derecho al Aborto (CDA). Hacia mitad de los años 80 y por una década, fue la colectiva que reinstaló el debate del aborto como única premisa constitutiva y la sostuvo durante todo su recorrido. A diferencia de la CDA, las otras agrupaciones presentaban una variedad de propuestas entre las cuales también incluían esta demanda. Todas ellas se convirtieron en compañeras de ruta de la lucha.

Al mismo tiempo, la Comisión sustentó la polémica y la acción sin apartarse de su propósito central. Fue una voz que colocó el acento siempre en el mismo punto, ya sea dentro del feminismo como del movimiento de mujeres, es decir, repitió, insistió, machacó, reiteró hasta dejar grabado su propósito, sin vueltas atrás.

Dora Coledesky a poco de recibirse de abogada se proletarizó, cumpliendo con el “mandato revolucionario” de la época y comenzó a trabajar en la textil La Bernalesa, con un plantel de 5000 mujeres. Estamos en los años ’50. Para ese momento, Dora era un cuadro destacado del partido Obrero Revolucionario (POR), de tendencia trotskista posadista, junto a su compañero de vida y de militancia, Ángel Fanjul. Y ya en esos años escribía asiduamente en el diario La voz Proletaria artículos relacionados al tema de la explotación laboral femenina y también sobre los métodos anticonceptivos y el aborto. Con esa impronta participó en varias huelgas e ingresó a otro establecimiento, donde fue elegida delegada. De ahí aprendió su trato con mujeres pobres sin caer en falsas identificaciones ni posturas populistas. Supo escuchar sus charlas y secretos en los recreos. Le asombraba la apertura casi rayana a la desfachatez que tenían las obreras al hablar sobre sexualidad y aborto siguiendo el ritmo tayloristas de las máquinas.
Mientras tanto, en los ’70, con Fanjul abrieron un estudio de derecho laboral. Seis años después, con la dictadura militar en puerta, partían al exilio, en Francia, como tantísimos militantes políticos argentinos. En París se vinculó con las exiliadas sudamericanas para denunciar lo que sucedía en nuestros países con las dictaduras cívico militares. Así, surgió la idea de hacer un grupo de mujeres latinoamericanas que luego se conectaron al efervescente movimiento feminista francés. En 1984, la pareja retornó a la Argentina. Dora volvía con un compromiso a cumplir, sin vuelta atrás: luchar por el aborto voluntario en su país. Se contactó con sus antiguas compañeras, entre ellas, sus queridas amigas Magui Bellotti y Marta Fontela, fundadoras de la histórica agrupación ATEM- 25 de noviembre y decidió crear un grupo que incluyese en su nombre la palabra aborto.

Entonces su opus magnum activista fue crear la Comisión por el Derecho al Aborto (CDA) junto con Safina Newbery, María José Rouco Pérez, Laura Bonaparte, referenta histórica de Madres de Plaza de Mayo-Línea Fundadora, Carmen González, abogada feminista, Nadine Osídala y Rosa Farías, enfermera del Hospital Muñiz. En 1989, por primera vez, la CDA se sumó a la movilización del 8 de marzo, empuñando la bandera con un rojo vivaz que flameaba en la Plaza Dos Congresos. Sus integrantes participaban en los Encuentros Nacionales de Mujeres, debatían en programas de radios comerciales como alternativas, escribían notas para periódicos y revistas de variado tipo y color, vendían sus publicaciones, recolectaban firmas de adhesión a su anteproyecto de ley, redactaban cartas a las figuras políticas del momento, hacían visitas a la hora del té para tomar contacto con las mujeres que integraban las filas partidarias.

Hacia mitad de 1989, organizaron dos importantes asambleas para deliberar conjuntamente con otras agrupaciones y con gente suelta la elaboración de un anteproyecto de ley sobre anticoncepción y aborto. El 28 de septiembre de 1990, algunas médicas del Hospital Muñiz y feministas de distintas raigambres colaboraron para la confección de ese proyecto, convencidas de que las mujeres debían ser sujetas de su propia historia y concebir las normas concernientes. Era el primer soporte legal que se había producido en la Argentina desde el inicio de la democracia en 1983.

El 25 de septiembre de 1993, una vez más la CDA lanzó este proyecto audaz. Entonces convocó a una reunión preparatoria en la Facultad de Filosofía y Letras/ UBA, generando un germinal de lo que en un futuro próximo sería la Campaña Nacional por el Derecho al Aborto Legal, Seguro y Gratuito.

En verdad, a Dora le atraía compartir debates en alianzas heterogéneas, tal como lo experimentó durante su exilio parisino. Por ejemplo, abrió diálogo con Carlos Jáuregui –el principal adalid del movimiento homosexual de los noventa– y Lohana Berkins –presidenta de la Asociación de Lucha por la Identidad Travesti-Transexual (ALITT)– También colaboraba recogiendo firmas el dirigente gay, Flavio Rapisardi. Todo ello aconteció cuando en el grueso del feminismo porteño prevalecía posturas separatistas y mujeriles. Mientras que el activismo pro aborto colocó de relieve el diálogo mutuo de convergencia en términos de retroalimentación, de influencias recíprocas entre los nuevos feminismos y la disidencia sexo/genérica, contra la discriminación y el machismo dominante. No contenta con ello, en 1999, organizó desde la Coordinadora por el Derecho al Aborto una mesa debate “¿El aborto es solo una cuestión de mujeres?”. Sin dudas, fue una de las primeras oportunidades que referentes relevantes del arco de la comunidad homosexual, integrantes sindicales, grupos feministas junto con izquierdas independientes, se sumaron a una actividad peculiar: las voces que intervenían eran varones atentos a la cuestión.
De las agrupaciones feministas abocadas a la lucha por el aborto legal, ésta fue la de mayor permanencia en la vida pública, y con un alto reconocimiento por parte de los organismos sociales y políticos. Efectivamente, durante casi dos décadas acompañó el surgimiento de nuevas colectivas de jóvenes que asomaban a la causa y también contribuyó con propuestas argumentativas que provocaron las condiciones fácticas para el contexto futuro. Era una organización que, por momentos, recurría a la acción directa.
Hacia 2003, en el XVIII° Encuentro Nacional de Mujeres, en Rosario, un plan de lucha nacional por el derecho al aborto fue apoyado por miles de compañeras. Bajo la presencia de casi todos los grupos feministas del país, obreras de Brukman, Zanón, organizaciones piqueteras, trabajadoras estatales, estudiantes, diputadas nacionales como provinciales, de movimientos provinciales, numerosa cantidad de jóvenes, integrantes de partidos políticos de las izquierdas, de Madres de Plaza de Mayo y también independientes, todas ellas asistieron a la asamblea que reunió a más de 300 personas. A partir de ese instante se hizo visible una nueva meta: apostar, en un futuro próximo, a la constitución de una campaña a nivel nacional. Dicha campaña se lanza finalmente el 28 de mayo de 2005, con el respaldo de 70 organizaciones de toda la Argentina. Adopta la consigna “Educación sexual para decidir, Anticonceptivos para no abortar, Aborto legal para no morir”, y el pañuelo verde y triangular como símbolo. Todo lo demás es presente.




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