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Red Internacional

Publicado a principios de este año por Haymarket, Border and Rule (Global migration, capitalism, and the rise of racist nationalism) es el cuarto libro de la activista y escritora bareiní-canadiense Harsha Walia.

Miércoles 29 de septiembre | Edición del día

Introducción

Walia es co-fundadora de la red internacional No one is illegal (Nadie es ilegal) que lucha en favor de los derechos de les migrantes ilegalizades y participa del Women’s Memorial March, un evento anual que conmemora y honra las vidas de las mujeres indígenas desaparecidas y asesinadas en Canadá.

Como el subtítulo preanuncia, el texto busca explicar la relación que existe entre la migración global, el capitalismo y el surgimiento de los nacionalismos racistas. La estructura del libro consta de cuatro partes y once capítulos. La primera parte explica por qué debemos hablar de una crisis de desplazamiento y no de frontera. Según la autora, el eje debe estar puesto en las causas que provocan los desplazamientos de las personas: las crisis capitalistas, las guerras, las invasiones, la desposesión y el cambio climático. En la segunda parte, Walia se ocupa de la criminalización de les migrantes, explicando que la legalidad o ilegalidad de las personas es una construcción intencionada realizada por los Estados capitalistas que discrimina etnia, género, clase, nacionalidad, etc. En una palabra, nadie sería ilegal si no fuese por las restricciones impuestas por medio de los visados, los acuerdos con terceros países “seguros”, las detenciones “offshore”, las deportaciones, las interdicciones y la militarización del espacio marítimo. En la tercera parte, el foco está puesto en la internalización del trabajo migrante en diversos países. En particular, se analizan los casos de los braceros en Estados Unidos, el sistema kafala de los estados del Golfo Árabe y el Programa de Trabajadores Extranjeros Temporarios de Canadá (TFWP, por sus siglas en inglés). La autora explica que los distintos sistemas de trabajo migrante temporario atan legalmente el estatus migratorio al empleo, convirtiéndo a les migrantes en una reserva de trabajadores con poca libertad, contratades de forma precaria y con salarios bajos. En la cuarta y última parte, la autora reconstruye las bases ideológicas y los procesos sociales sobre los que se montan los nacionalismos proto-fascistas en todo el mundo.

Crisis de desplazamiento, no de frontera.

“Los migrantes y refugiados no aparecen de repente en nuestras fronteras; ellos son producidos por fuerzas sistémicas”

El número total de migrantes a nivel mundial es de 272 millones de personas, el 3.5% de la población mundial. De ellos, el 70.8% son personas desplazadas de forma forzada, la mayoría de los cuales se mantienen en su país de origen. Más de la mitad de los refugiados rastreados por el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) son de Siria, Afganistán, y Sudán del Sur. Walia considera que la crisis global de migración es una crisis dual de desplazamiento e inmovilidad organizada a través de la desposesión capitalista y el poder imperialista, reforzados tras la reestructuración neoliberal de los años 70. Mientras que las fronteras estatales son una de las formas de “fronteridad”, los tratados de libre comercio, las relaciones de deuda y propiedad, y los cercamientos de tierras son también regímenes fronterizos neoliberales que producen desposesión y operan a través de la inmovilidad. Para la autora, las apropiaciones de tierras son el ejemplo perfecto del régimen fronterizo de cercamiento de tierras: una forma violenta de acumulación que une la tríada de extracción capitalista, desposesión colonial y degradación ecológica. El cambio climático agrava la desposesión de tierras, que a su vez aumenta la crisis de desplazamiento. Los desastres climáticos desplazan un promedio de 25.3 millones de personas de forma anual (que representan el 86% del total de los desplazamientos internos).

En pocos casos es más clara ésta crisis de desplazamiento que con la firma del NAFTA entre Estados Unidos y México. “Millones de indígenas, pequeños propietarios, campesinos y ejidatarios de las zonas rurales fueron desposeídos y luego proletarizados como trabajadores fabriles y rurales de bajos salarios (...) Antes del NAFTA, los indígenas representaban el 7% de los migrantes provenientes de México, pero una década después, constituían el 29%”. Con todo, había 4.5 millones de migrantes mexicanos en Estados Unidos en 1990, mientras que para 2008 ya había unos 12.67 millones, incluyendo 7 millones de indocumentados. Al mismo tiempo, mientras el NAFTA garantizaba la libre movilidad del capital y las mercancías, el Estado norteamericano triplicó la Patrulla Fronteriza bajo la presidencia de Bill Clinton para limitar la movilidad de las personas que entran al país.

A lo largo del primer capítulo, Walia también analiza la historia de la frontera norteamericana, su función y su relación con la política exterior e interior. La autora hace foco en dos períodos. Primero parte desde la conquista y apropiación de cientos de miles de kilómetros cuadrados de territorio mexicano a partir del Tratado de Guadalupe Hidalgo en 1848, los sucesivos gobiernos norteamericanos impusieron un régimen persecutorio a la población negra, indígena y mexicana. Luego dirige la mirada hacia las trasformaciones capitalistas neoliberales de los años 70 con Richard Nixon, que reforzaron y multiplicaron el sistema carcelario bajo el argumento de la “lucha contra las drogas”, y continuaron con la “guerra contra el narcotráfico” de Ronald Reagan en los 80 y la “lucha contra el terrorismo” -y su correspondiente persecución a musulmanes- de George Bush y Barak Obama en los 90 y 2000. El recorrido culmina con la esperpéntica cifra récord de 69,550 niñes migrantes encarcelades en el año 2019 en Estados Unidos bajo la presidencia de Donald Trump (ningún otro país del mundo separa de sus familias y detiene a más niñes). Es por esto que Walia sostiene que “la aplicación de políticas anti-migrantes ha sido una rutina y una práctica bipartidaria por más de 200 años” [1] .

Cuatro estrategias de gobernanza fronteriza

Según Walia, las fronteras no son líneas fijas ni objetos pasivos que simplemente demarcan el territorio, son regímenes productivos al mismo tiempo generados por y reproductores de relaciones sociales racializadas, imbuidas por género, sexualidad, clase, habilidad y nacionalidad.

Luego define cuatro estrategias de gobernanza fronteriza que comparten las distintas fronteras de los Estados: la exclusión, la difusión territorial, la inclusión mercantilizada, y el control discursivo. La exclusión consiste en la contención y expulsión a través de muros, centros de detención y deportaciones. Tiene como objetivo el control territorial, el reforzamiento de la identidad nacional, y la criminalización de migrantes y refugiados como “no deseados” e “intrusos” a los cuales se los busca castigar, intimidar y disuadir por medio de violentas detenciones y deportaciones. La ilegalización, no está de más decirlo, es una construcción que el propio Estado realiza, no hay nada intrínsecamente ilegal en el traslado que los migrantes realizan. La industria de la seguridad fronteriza es también un negocio multimillonario de 500 mil millones de dólares. La difusión territorial está relacionada con el control fronterizo tanto interna como externamente, algo que es posible gracias a la vigilancia biométrica y las prácticas disciplinarias dentro y fuera del Estado, como por ejemplo, la posibilidad de detener y registrar vehículos dentro del territorio o de parar y registrar a personas (que sobre todo se aplica a la población negra, latina, musulmana, queer, y trans migrante). En una palabra, representa la internalización o externalización de los poderes fronterizos. En tercer lugar, la inclusión mercantilizada es la inclusión de migrantes y refugiados como trabajadores temporarios indocumentados con el objetivo deliberado de minar el poder del trabajador y garantizar la acumulación capitalista. La amenaza de deportación existe siempre como arma del empresario, “52% de las compañías en Estados Unidos amenazan con llamar a las autoridades migratorias durante las luchas sindicales”. Por último, el control discursivo, que se aplica al distinguir tajantemente entre “refugiados” (necesitados de protección) y “migrantes” (que se mueven por razones económicas). Sin embargo, para Walia, esa distinción resulta confusa, en tanto las situaciones por las que las personas migran combinan muchos factores.

Insourcing

La OIT estima que existen 164 millones de trabajadores migrantes en el mundo. Walia considera trabajadores migrantes a aquelles que estén sujetes a programas transnacionales de trabajo migratorio y distingue cinco características que comparten todos estos programas a nivel mundial, más allá de sus diferencias. Primero, son programas de trabajo por contrato sancionados por el Estado. Les trabajadores se ven atades a un empleador o a un sector que puede descartarles o deportarles cuando no lo necesite más. Segundo, estos programas son una forma de segregación legalizada. “A pesar de trabajar junto con ciudadanos trabajadores, les migrantes son incluides de forma diferenciada en el Estado-nación. Pueden retornar a la misma comunidad y al mismo lugar de trabajo por varias generaciones, y aun así ser clasificades legalmente como ‘temporaries’ o ‘extranjeres’”. Esta segregación también muchas veces es social y espacial. Tercero, los programas son una forma de insourcing neoliberal, la otra cara de la externalización. Trabajan dentro de un país “del primer mundo” pero paradójicamente son considerades como trabajadores “del tercer mundo”. Están sujetos a ritmos de trabajo y una disciplina laboral mucho mayor que el resto de la fuerza de trabajo del país. Cuarto, los programas de trabajo migrante constituyen un modo de racialización, al mismo tiempo resultado y reproductores del racismo. Quinto, estos programas son un régimen carcelario por el intenso control, disciplina, y vigilancia a la que les trabajadores son sometides no solo en su trabajo sino en la totalidad de sus vidas.

Nacionalismos reaccionarios

“El nacionalismo de derecha es un nacionalismo burgués, y en nuestra lucha contra la austeridad capitalista debemos enfatizar que nuestro enemigo llega en una limusina, no es un bote”.

En la cuarta y última parte de su libro, Walia analiza a las extremas derechas a nivel mundial (Trump, Bolsonaro, Duterte, Órban, Modi, etc.) que se caracterizan, entre otras cosas, por sus nacionalismos racistas. Estos caracterizan a les migrantes como vagos y estafadores del sistema de bienestar, al mismo tiempo que contradictoriamente son acusades de “robar trabajos”. También se les carga con la responsabilidad de la desintegración social, el crimen y de los valores seculares liberales. “En un ciclo vicioso, el nacionalismo aumenta el racismo, el racismo fortalece la frontera, y la frontera produce nacionalismo”. Por otra parte, el liberalismo multiculturalista, asume una falsa solidaridad entre la clase trabajadora racializada y la élite racializada, directamente implicada en la opresión bajo la forma de jefes, terratenientes, y agentes del Estado. Para Walia, “liberalismo y extrema derecha populista son, por lo tanto, ideologías no del todo contrastantes cuando se trata de antirracismo”. Ambas comparten una visión de ellas mismas como nacionalistas y de la nación como estructurada alrededor de una cultura blanca, donde las personas aborígenes y las etnias ‘no-blancas’ son meros objetos nacionales a ser movidos o removidos.

Finalmente, Walia hace un llamado a los movimientos de trabajadores a aliarse con las organizaciones de trabajadores migrantes demandando el fin del sistema de trabajo por contrato de los programas de inmigración. “Necesitamos estatus de inmigración completos y protecciones laborales para todos los trabajadores”, esta es, según la autora, la respuesta más ética y efectiva contra el racismo anti-migrante de extrema derecha.

Conclusión

En los últimos días se han difundido videos de agentes de la Patrulla de Frontera norteamericana amenazando y golpeando a migrantes, entre les que hay una gran cantidad de niñes –una buena parte de elles provenientes de Haití-, mientras intentaban cruzar a Del Río, en Texas. Al mismo tiempo y por medio del Departamento de Seguridad Nacional de los Estados Unidos (DHS, por sus siglas en inglés), Joe Biden autorizó la deportación de miles de estos migrantes. Si bien recibe menos atención que la frontera con México, la frontera marítima entre Estados Unidos y el Caribe opera como centro de detención y deportación de migrantes haitianos. Walia explica que el hostigamiento a migrantes haitianos no es nuevo. Durante la “guerra contra el terrorismo” en los años 80 y 90, miles de refugiados haitianos fueron detenidos y enviados a la cárcel de Guantánamo [2] . Desde el año 2004 Estados Unidos ha impuesto gobiernos títere en Haití que son receptivos a las políticas neoliberales y a las exportaciones norteamericanas que arruinan a les pequeñes productores del país. Además, han impulsado zonas de “libre comercio” y exportación donde les trabajadores industriales haitianos tienen los sueldos más bajos de todo el hemisferio occidental.

Para concluir, el libro de Harsha Walia cubre una variedad amplia de temas relacionados con la historia y el funcionamiento de los sistemas carcelarios, de vigilancia y control, así como de los sistemas de trabajo para les migrantes y el racismo y la xenofobia inscriptos en la persecución contra elles. El trabajo es muy rico en datos y en relatos de experiencias de migrantes en todo el mundo, algunas trágicas pero otras más gratificantes de organización y de lucha. Es sumamente recomendable su lectura si lo que se busca es una explicación global, a la vez que atendiendo a las particularidades de los distintos países, del fenómeno de la migración a nivel mundial.


[1Estados Unidos además de tener el sistema de encarcelamiento de inmigrantes más grande del mundo, acepta a menos del 1% de la población desplazada a nivel mundial, algo que se contradice con la enorme responsabilidad que tiene en gran parte de los desplazamientos que tienen lugar en todo el mundo.

[237.000 migrantes haitianos que escapaban hacia Estados Unidos huyendo del golpe de Estado contra el presidente Aristide fueron interceptados por Estados Unidos a partir de su base en Guantánamo, 14.000 de ellos fueron detenidos y la mayor parte de ellos deportados. 250 de ellos fueron mantenidos en detención por su ser HIV positivo. Los detenidos haitianos se revelaron durante los años 80 y 90 por medio de huelgas de hambre e intentos de escapatoria.





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