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Red Internacional

Genocidas. Murió Etchecolatz: el día en que un escrache en su casa terminó con la Facultad de Ciencias Sociales reprimida y gaseada

Hoy murió un genocida. Uno de los peores, asesino de jóvenes, torturador de mujeres, carnicero de militantes. En 1998, más específicamente el 9 de septiembre, hubo una manifestación en la casa del ex comisario bonaerense, exigiendo que esté preso. Terminó con una brutal represión. Aquí algunos recuerdos borrosos.

Sábado 2 de julio | Edición del día
Escrache a Etchecolatz en 2018 en ocasión de un intento de prisión domiciliaria en Mar del Plata

Etchecolatz vivía por Avenida Pueyrredón, casi Córdoba, en la ciudad de Buenos Aires. Para los que conocen, era pleno barrio norte. Faltaban pocos días para el aniversario de La Noche de Los Lápices, que para los jóvenes de entonces era una fecha sagrada, que nos erizaba la piel e insuflaba nuestra pelea por Justicia.

Etchecolatz, al frente de aquel operativo asesino de estudiantes secundarios en la dictadura, seguía en libertad gracias a las leyes y decretos de impunidad del menemismo y el radicalismo. Entonces ya decíamos una frase: “si no hay justicia, hay escrache”.

Hoy la palabra escrache es muy común, usada casi a mansalva. En aquel entonces tenía un significado muy profundo y muy útil: cuando uno de los responsables del genocidio más tremendo de la historia argentina gozaba de impunidad, se iba a su casa y se señalaba que “ahí vive un asesino”. Era la modalidad acuñada por la agrupación HIJOS, que acompañábamos muchos, entre ellos los que militábamos en comités del Centro de Profesionales de Derechos Humanos (CEPRODH).

El día después del escrache, Clarín escribía, describía, definía: “El escrache, la modalidad que anoche eligieron estudiantes y entidades de derechos humanos para repudiar al ex comisario Miguel Etchecolatz, consiste en una manifestación frente al domicilio de la persona elegida como blanco de la protesta. Nació como una forma de señalar en público a represores de la última dictadura militar y, en varios casos, incluyó pintadas críticas en los frentes de las viviendas”.

El barrio, tan paquete él, aquella vez nos hizo sentir que no éramos bienvenidos. La marcha fue muy grande, estaban las organizaciones de DDHH, pero también federaciones y centros de estudiantes. el escrache a Etchecolatz en 1998. Los simpáticos vecinos nos arrojaban macetas, bolsas de basura. A mí me cayó al lado un pesado cuchillo mantequero, de esos de hierro macizo con el mango sólido y robusto, con el que aún hoy unto mis tostadas. Un souvenir involuntario de vecinos que, se ve, tenían añoranzas con la dictadura.

De movida había un ambiente tenso. Hubo, según recuerdo, algunos discursos de referentes de HIJOS y estudiantiles. Nos envolvía la música de fondo de los motores ásperos de los camiones hidrantes y el respirar tenso de los muchachotes de la guardia de Infantería, que se salían de la baina para usar sus escopetas y sus palotes. De repente voló una mosca, o alguien tosio, y nos empezaron a tirar con de todo: gases, balas de goma, palos, nos tiraban con los autos.

Creo que excepto el 20 de diciembre de 2001 nunca fumé y fumamos tantos gases.

Todos corrimos, retrocedimos, como sábiamos, por Córdoba. Era muy común definir de antemano “por dónde desconcentrar”, porque esas marchas muchas veces terminaban con garrotes. Retrocedimos defendiéndonos como podíamos, con lo que teníamos a mano.

A Sociales, se gritó para indicar que deberíamos apuntar a la Facultad de Ciencias Sociales, casi un santuario laico en ese momento, para resguardarnos de la represión. Por eso avanzamos por Uriburu, con los gases y las balas decorando el aire. Llegamos a la que luego fue mi facultad, Sociales, y nos metimos todos. luego de unos combates con piedras en la esquina de Marcelo T de Alvear y Uriburu. Era un día y horario en plena cursada, por lo que la situación fue surrealista. Encima, era justo cuando había una crisis (y una lucha) por el edificio, desbordado y sobrepoblado. No cabía un alfiler. La escena era surrealista: los estudiantes salían de las aulas y se cruzaban con otros jóvenes asfixiados, cansados, golpeados, vomitando.

Cerramos las puertas y repetimos tres veces "autonomía universitaria", deseando que la policía no avanzara más. Pero bueno, era la policía. Los agentes de la policía menemista, en efecto, no eran tan afectos a respetar instituciones universitarias y democráticas, por lo que empezaron a romper los vidrios de la puerta con la culata de sus escopetas y a disparar gases adentro. Recuerdo a mi hermano tirado cuerpo tierra para no asfixiarse en el hall de entrada de la facultad. Se me viene a la mente otro compañero rompiendo ventanas para poder respirar, y viendo cómo los vidrios se cortaron los tendones de su mano, que nunca más volvió a poder usar bien.

Charcos de sangre competían en la saturación de colores con los afiches de las agrupaciones políticas. El desvencijado edificio de Marcelo T de Alvear era una gran bolsa de gas y de gente sofocada. Podría haber sido una masacre. Gente asfixiada y cortada. Desmayos. No pasaba algo así desde hacía mucho. El repudio fue generalizado pero Menem convivía con el repudio.

Ese día, como tantos otros, se vio cómo el Estado bajo gobiernos constitucionales hace tanto por garantizar lo que hizo el Estado en tiempos de dictaduras.

Hoy Etchecolatz se fue de este mundo (y, spoiler alert, no hay otro). Si pasó los últimos años preso fue por testigos como Julio López, desaparecido nuevamente por ese valeroso testimonio, por las abogadas que lo denunciaron, entre ellas mi compañera Myriam Bregman, Guadalupe Godoy y otras, y por marchas como éstas, que hicimos muchos anónimos que no queríamos más impunidad.

#NuncaMas

Nosotros y nosotras, los y las socialistas, no festejamos muertes, porque no nos mueve la venganza sino la certeza y el deseo de que queremos y de que se puede conquistar una sociedad son opresión, sin explotación, sin genocidio. No festejamos la muerte, decía. Pero tenemos tanta memoria con los que vivieron para terminar vidas y hoy murió uno de los peores de ellos, sádico, cruel, sanguinario. Tememos la tranquilidad de Etchecolatz murió en un lugar donde lo pusimos entre miles: la cárcel.




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