SEMANARIO

Los comunistas, el Estado y el viejo cuento del ministerialismo: ¿qué diría Marx?

Elías Lavín

Los comunistas, el Estado y el viejo cuento del ministerialismo: ¿qué diría Marx?

Elías Lavín

Ideas de Izquierda

A propósito del prólogo al Manifiesto Comunista que escribió la vicepresidenta del gobierno español, Yolanda Díaz.

El miedo al marxismo de los políticos conservadores se explica por su profundo odio contra una teoría que se propone ser una guía para la acción revolucionaria, tanto como por su incapacidad para rebatirla con algún mínimo de racionalidad. De ahí que recurran a los lugares comunes de siempre, saliendo al paso con el recurso fácil de apelar a los prejuicios y falsificaciones de la propaganda burguesa. En este sentido es que a comienzos de septiembre el PP registraba una pregunta en el Congreso en la que pedía a la vicepresidenta de Gobierno, Yolanda Díaz, representante del Partido Comunista en el Gobierno español, que justifique “su apología de una consigna política que ha causado cien millones de muertos”. La pregunta venía a colación por el prólogo al Manifiesto Comunista que Yolanda Díaz ha redactado para una edición de este texto, como parte de las actividades en el centenario del PCE. Un prólogo que, a decir verdad, muy poco tiene que ver con el comunismo, más representativo de la visión política de una ministra “progresista” en un gobierno imperialista, que trata de dar una coartada ideológica a su integración en el mismo. Entre los bulos respecto al comunismo de la derecha y las grandes tergiversaciones del marxismo que realizan los “progresistas”, se olvida hablar de lo importante: ¿qué nos decían Marx y Engels en su Manifiesto respecto al Estado y qué pensarían de la entrada de ministros “comunistas” en el Gobierno?

Empecemos por atender los argumentos reaccionarios de la derechita española.
Por un lado, que los que defienden la dictadura franquista quieran hacerse los democráticos resulta un cinismo brutal. La defensa –a veces abierta, a veces velada– de la dictadura que realiza el PP se explica precisamente porque el franquismo supuso la mejor garantía para los negocios de la patronal del Estado español. La ilegalización de toda forma de prensa obrera, ateneos, partidos y sindicatos de clase, así como el exterminio sistemático de los militantes revolucionarios, supuso un golpe contundente contra todo intento de organización política de la clase obrera. De esta defensa de los intereses de la burguesía, que tuvo como condición sine qua non cuarenta años de dictadura, persecución y asesinatos, viene precisamente la defensa del franquismo por parte de la derecha española. Como demuestra la historia de la lucha de clases, todos los partidos de la burguesía se convierten en acérrimos defensores de los golpes de fuerza y de la dictadura cuando el capital ve amenazado su propiedad.

Sin embargo, no hace falta remontarse al siglo pasado. Los que se dicen defensores de la democracia contra el “socialcomunismo” del Gobierno, comparten con él la defensa de las antiobreras reformas laborales, que precarizan las condiciones de vida de millones de trabajadores, la ley de extranjería y las “ultraderechistas” políticas de frontera como las devoluciones en caliente, los CIEs y las expulsiones ilegales de menores (como se hizo patente hace unas semanas con los 800 menores que cruzaron la frontera con Marruecos). Si bien el Gobierno parece oponerse discursivamente al racismo de la derecha, es la propia política del Ejecutivo la que lo actualiza diariamente, aplicándolo en la práctica institucional.

Por otro lado, es una falsedad total que el comunismo haya provocado 100 millones de muertos, una cifra ficticia que no se sostiene en ninguna base real. Lo que ha producido cientos de millones de muertos es el capitalismo, que en el siglo XX llevó a dos Guerras mundiales, crisis económicas, múltiples guerras regionales, genocidios, hambrunas, catástrofes ambientales y exterminios de pueblos enteros.

En segundo lugar, porque se basa en una falacia que es identificar el comunismo con su negación: el estalinismo. Fue precisamente el estalinismo quien acabó con buena parte de las conquistas de la revolución rusa (liquidando los soviets, persiguiendo a la oposición, encerrando a cientos de miles en campos de prisioneros, entre otras medidas reaccionarias como volver a perseguir la homosexualidad). La misma burocracia estalinista que asesinó a miles de opositores y llevó adelante los Juicios de Moscú contra muchos dirigentes bolcheviques que protagonizaron el octubre de 1917. Y en política exterior fueron los distintos partidos de la III Internacional, ya con Stalin, quienes pactaron con las democracias occidentales para garantizar una convivencia pacífica entre el imperialismo y la URSS en los países centrales mientras traicionaban revoluciones como la China de 1927 o la Revolución española.

Incluso se puede comprobar que muchos de los dirigentes políticos que escalaron en el partido con el estalinismo tuvieron un papel inexistente durante la revolución. Décadas más tarde, los procesos de revolución política que cuestionaron a la
burocracia de la URSS tras la consolidación de la burocracia estalinista fueron perseguidos y reprimidos: los levantamientos en Alemania Oriental en 1953, la Revolución Húngara de 1956, la Primavera de Praga de 1968, la Revolución en Polonia en los años ochenta, son algunos ejemplos. El estalinismo no fue fruto del comunismo, sino su negación. Posteriormente, la burocracia soviética acabaría por restaurar el capitalismo en la URSS, los burócratas pasaron a consolidar sus privilegios accediendo a la propiedad privada, esto es, convirtiéndose en grandes empresarios

¿“Comunistas” en un gobierno capitalista?

Volviendo al prólogo de Yolanda Díaz, resulta llamativo que sea la actual vicepresidenta segunda del Gobierno quien prologue el Manifiesto Comunista. En su prólogo, Yolanda Díaz necesita tergiversar y relativizar el concepto de dictadura del proletariado para poder realizar una interpretación de un Marx socialdemócrata, un Marx “borroso y mágico”, justificando así su participación en el gobierno.
Díaz asegura que hubo un “error en la traducción” en el manifiesto, a propósito del concepto de dictadura del proletariado:

“Marx ha sido caricaturizado y simplificado en innúmeras ocasiones -afirma-. El mismo lenguaje que él contribuyó a desmantelar le ha jugado malas pasadas. Las traducciones, por ejemplo, realizadas a lo largo de los años sobre el original alemán, han instituido sintagmas y lugares comunes, como el de “dictadura del proletariado”, que no se corresponden con el sustrato exacto de sus tesis.”

El argumento es insólito. No hay ni un ápice de método marxista en la lectura del Manifiesto que hace Yolanda, del mismo modo que no hay un ápice de comunismo en ocupar sillones de ministro en el gobierno de un estado burgués. Como explica Marx en el propio Manifiesto “el Gobierno del Estado moderno no es más que una junta que administra los negocios comunes de toda la clase burguesa.” ¿Eso no lo leyó Yolanda Díaz, o también cree que se trata de un “error de traducción”?

El Manifiesto Comunista fue escrito por Marx y Engels a pedido de la Liga de los Comunistas y se publicó por primera vez en diciembre de 1847. En el planteaban la necesidad de que la clase obrera se hiciera del poder político, el "proletariado organizado como clase dominante". Sin embargo, será tras la derrota de las revoluciones de 1848, en 1852, cuando Marx planteará la cuestión de un modo más concreto afirmando que “todas las revoluciones perfeccionaban esta máquina, en vez de destrozarla. Los partidos que luchaban alternativamente por la dominación consideraban la toma de posesión de este inmenso edificio del Estado como el botín principal del vencedor”. ("El 18 Brumario de Luis Bonaparte"). A diferencia de esas revoluciones burguesas, lo que hace falta ahora es romper esa maquinaria estatal, destruirla.

Las revoluciones e insurrecciones del convulso siglo XIX habían demostrado, para los marxistas, que el Estado moderno no era un saco vacío que pudiera rellenarse con cualquier contenido, sino que era una herramienta de dominación de la clase propietaria sobre los trabajadores. Esto es, que no era un Estado en general, sino un Estado burgués, y que no era una democracia en general, sino una democracia burguesa: simultáneamente una democracia para la clase dominante y una dictadura para la clase trabajadora.

Lo que tenían que hacer los y las trabajadoras no era simplemente tomar el poder político existente, sino destruirlo y construir uno nuevo, concluye Marx, un nuevo tipo de Estado cuyo carácter de clase se expresaba con la fórmula de la dictadura de la clase trabajadora sobre la minoría de capitalistas. Esto es, la dictadura del proletariado, una democracia mucho más amplia que las democracia burguesas, indispensable para que los trabajadores organicen de forma democrática la economía y avancen hacia el socialismo internacional, al mismo tiempo que ejercen su poder sobre la burguesía impidiendo que trate de recuperar el poder. El término dictadura, por tanto, no se utiliza según el significado que adquirió posteriormente a lo largo del siglo XX, sino que se refiere al poder político de una clase sobre otra. Esto, sin embargo, es ignorado intencionadamente en el Prólogo de Yolanda Díaz, que parece que quiere ocultar la propia obra de Marx y textos clásicos del marxismo como El estado y la revolución de Lenin.

Las conclusiones de Marx avanzan todavía más después de la experiencia de la Comuna de París de 1871, donde Marx sostiene que la Comuna representa la forma de la dictadura del proletariado, descubierta por la propia experiencia de la clase obrera:

“He aquí su verdadero secreto: la Comuna era, esencialmente, un gobierno de la clase obrera, fruto de la lucha de la clase productora contra la clase apropiadora, la forma política al fin descubierta para llevar a cabo dentro de ella la emancipación económica del trabajo. Sin esta última condición, el régimen de la Comuna habría sido una imposibilidad y una impostura. La dominación política de los productores es incompatible con la perpetuación de su esclavitud social. Por tanto, la Comuna había de servir de palanca para extirpar los cimientos económicos sobre los que descansa la existencia de las clases y, por consiguiente, la dominación de clase.” (La guerra civil en Francia).

Por si queda alguna duda sobre los supuestos “errores de traducción”, la discusión no es nueva. El propio Engels afirmará en la introducción a La Guerra Civil en Francia:

“Últimamente, las palabras “dictadura del proletariado” han vuelto a sumir en santo horror al filisteo socialdemócrata. Pues bien, caballeros, ¿queréis saber qué faz presenta esta dictadura? Mirad a la Comuna de París: ¡he ahí la dictadura del proletariado.”

La tergiversación de Yolanda Díaz sobre estas cuestiones elementales del marxismo es un intento de dar coartada ideológica a la participación del PCE en “la junta que administra los negocios de la burguesía”, junto al PSOE. Gobernando para el IBEX-35 y la patronal.

Una breve muestra de esto son, precisamente, las “hazañas” del Gobierno durante su legislatura: la no derogación de la reforma laboral, la impunidad de las eléctricas vaciando embalses mientras cada día alcanza récords históricos la factura de la luz, el rescate con el pretexto de la pandemia a través de los ERTEs de grandes empresas con beneficios, la orientación de los fondos Covid europeos a estas mismas empresas con el argumento del capitalismo verde y digital, la limpieza de cara a la monarquía ante los casos de corrupción del emérito… o incluso la gestión policial de la pandemia, manteniendo la precariedad de la sanidad pública al mismo tiempo que se criminalizaba a la juventud por los contagios, y se reprimía toda manifestación (el encarcelamiento de Pablo Hasel, la prohibición del 8M, son otros muchos ejemplos).

Todo ello decorado con una pátina de “marxismo abierto a múltiples interpretaciones”, tolerante, borroso e, incluso, “mágico”. “Magia” tiene que hacer Yolanda Díaz para hacernos creer que su participación en un gobierno imperialista, que es parte de la OTAN, tiene algo que ver con el Manifiesto Comunista.

El Prólogo conmemora los 100 años de la fundación del PCE. Ninguna palabra recoge, sin embargo, sobre la política del Partido Comunista de España en los momentos clave de la lucha de clases. El PCE, partido minoritario a comienzos de la II República, no dudó en convertirse en un subordinado a la política exterior de la burocracia estalinista en España. Impulsando el Frente Popular, una política de conciliación de clases bajo el pretexto de “defensa de democracia contra el fascismo”. El PCE volcó sus fuerzas en que los trabajadores soportaran la carcasa vacía de una república burguesa a la que el capital español daba la espalda, pues encontraba una mejor garantía de sus negocios en los militares fascistas.

En un contexto en el que tan solo la revolución socialista podía desatar la fuerza social del campesinado y los trabajadores, presentes a ambos lados del frente de guerra, y así derrotar a la patronal, que era el soporte del fascismo y, antes del golpe, de la República, levantaron la consigna de “primero la guerra y después la revolución”. Esto supuso, de hecho, no hacer la revolución y, por tanto, perder la guerra. Para hacer posible esta política el PCE tuvo que asesinar a miles de obreros que salían a las calles levantando barricadas y poniendo bajo control obrero fábricas, transportes, telecomunicaciones, y ciudades enteras. La represión de los trabajadores ahogó la revolución, allanando el camino a Franco.

El final de la dictadura y la transición sorprenderá al PCE en una situación distinta, pero bajo la misma lógica general que caracteriza su papel histórico: servir de médico de cabecera de la burguesía en momentos de crisis. La estrategia de “reforma pactada” del PCE liderado por Santiago Carrillo fue central para contener y desviar la lucha de la clase trabajadora, abandonando una posición rupturista por una pactista a cambio de la integración del partido al régimen y de su legalización. Por esta vía acabaron dejando pasar la herencia de la dictadura: a la monarquía, la judicatura, las fuerzas represivas, la casta política y el conjunto del régimen del 78.

Un artículo de la Vanguardia, a pocos días del asesinato de los abogados de Atocha, aseguraba que “los partidos políticos de la izquierda han dado muestras de una sensatez que hace pocos meses parecía imposible. Concretamente, esta mañana se ha restablecido la normalidad laboral en el cinturón industrial de Madrid” (La Vanguardia española, 28 de enero de 1977). La voluntad de las organizaciones sindicales como CCOO también fue contraria a responder con la lucha de los trabajadores, conteniéndola. Actuaban, así, como policía política de la burguesía en el seno del movimiento obrero. Desde entonces, contener la rabia de la clase obrera y negociar con la patronal sin luchar ha sido la norma, dando aspecto de pacto a toda la ofensiva neoliberal y al deterioro de las condiciones de vida de los y las trabajadoras, especialmente de las mujeres, las migrantes y la juventud.

La integración de ministros socialistas o comunistas en un gobierno burgués que defiende Yolanda Díaz no es nueva, en la tradición del marxismo revolucionario se la ha denominado “ministerialismo”. Como ya planteaba Rosa Luxemburg:

La naturaleza de un gobierno burgués no viene determinada por el carácter personal de sus miembros, sino por su función orgánica en la sociedad burguesa. El gobierno del Estado moderno es esencialmente una organización de dominación de clase, cuya función regular es una de las condiciones de existencia para el Estado de clase. Con la entrada de un socialista en el gobierno, la dominación de clase continúa existiendo, el gobierno burgués no se transforma en un gobierno socialista, pero en cambio un socialista se transforma en un ministro burgués.

Para Luxemburg y para los marxistas no es lo mismo un comunista que lucha por conseguir reformas sociales en el parlamento, mientras desarrolla en la lucha de clases su oposición al Gobierno, y, por tanto, liga esa lucha al objetivo de la insurrección de la clase trabajadora, que el comunista que entra como ministro del Estado burgués, es decir, apoyando al Estado burgués y “realizando las funciones diarias requeridas para el mantenimiento y el funcionamiento de la máquina estatal”. Precisamente lo que hacen los ministros “comunistas” en el Gobierno del PSOE y UP.
Luxemburg prosigue:

La entrada de los socialistas en un gobierno burgués no es, pues, como podría creerse, una conquista parcial del Estado burgués por los socialistas, sino una conquista parcial del partido socialista por el Estado burgués.

Todas las experiencias de ministerialismo a lo largo de la historia no sólo han sido impotentes para cumplir las promesas de reforma con las que justificaban su ingreso, sino que han desmovilizado y desilusionado a las bases y a los trabajadores que confiaban en la izquierda, alimentando las falsas alternativas por derecha. Ahora lo estamos viendo otra vez, con la presencia de varios ministros “comunistas” en un gobierno de la OTAN. Primero como tragedia, después como farsa.


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Madrid