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La era de Mitre

Se cumplen 200 años del nacimiento de Bartolomé Mitre. Elegimos “La era de Mitre. De Caseros a la Guerra de la Triple Alianza”, del historiador marxista Milcíades Peña.

Viernes 25 de junio | 21:30

Fotomontaje | Ana Laura Caruso.

Si la villanía es el lodo con que se amasan los próceres oligárquicos, fuerza es reconocer que Mitre es un prócer con mayúscula. (Milcíades Peña) [1]

El texto que aquí elegimos integra la obra Historia del Pueblo Argentino escrita entre 1955 y 1957, en la que Milcíades Peña reconstruye, desde el marxismo, la historia del país intentado dar cuenta de las causas de su condición atrasada y semicolonial, desmitificando algunos de los problemas, visiones y relatos más afianzados en la historiografía nacional. Al momento de su escritura la consagrada historiografía liberal recibe un segundo embate por la emergencia de nuevas interpretaciones revisionistas y de lo que Peña llama el “marxismo vulgar”, en particular de los historiadores comunistas, que no habían logrado superar los esquemas interpretativos de la historiografía liberal.

Esta breve introducción vale para no perder de vista aquel escenario que hace descifrable el texto que elegimos y cuyo título (La era de Mitre) apela a la singularidad de una época en la historia de la organización nacional. Veremos que Peña no indaga en aspectos personales aunque conserva los que ayudan a completar la figura política de quien fuera Ministro de Gobierno y Relaciones Exteriores del gobierno de Adolfo Alsina, gobernador de Buenos Aires en 1860 y presidente del país entre 1862 y 1868. Del mismo modo se repiten en el texto algunos nombres de dirigentes o personalidades como el de Nicolás Anchorena, el estanciero rosista paladín de las facultades especiales del gobernador, o el de Lorenzo Torres ferviente rosista hasta Caseros, miembros luego del Partido de la Libertad mitrista para reforzar lo que en Peña es una constante: reconocer detrás del carisma o los vaivenes políticos, los intereses y fuerzas sociales de clases en pugna.

La era de Mitre

La era de Mitre se inicia luego de Caseros, más precisamente a partir del 11 de septiembre de 1852 con el golpe de Buenos Aires contra la Confederación Argentina. El regreso de los exiliados antirosistas había fortalecido el núcleo opositor que en Buenos Aires rechazaba unirse a la futura organización nacional si ello implicaba afectar los intereses de la oligarquía porteña (comercial y estanciera) y su subordinación al resto del país. Mitre encabeza esta resistencia y es el principal ejecutor del golpe, junto a otros como Valentín Alsina, asociado a los intelectuales de la Nueva Generación, mayormente liberales identificados con la obra rivadaviana.

A partir de entonces y hasta el final de su presidencia (1868) será Mitre quien asegure por todos los medios disponibles la organización del país bajo hegemonía de la oligarquía porteña. Puede que no sea el único pero sí su principal legado al sector de clase que representó. Sobre este eje se apoya el trabajo de Peña recorriendo los puntos principales de esta trayectoria. Veamos.

El interregno hacia Pavón

La preservación de los intereses de la burguesía comercial porteña fue el norte estratégico de Mitre. Como explica Peña, Buenos Aires mantuvo una política de continua provocación contra el resto del país, unida en torno al gobierno de la Confederación y regida por la Constitución de 1853 que Buenos Aires no había firmado. Durante los años en que la provincia se mantuvo separada de la Confederación (1852-1861) Mitre no descartaba constituir lo que Peña recuerda como la República del Río de la Plata, es decir, la secesión como solución política antes que entregar su puerto y la aduana. Sostenía que de ser necesario Buenos Aires reasumiría su soberanía para constituirse en una nación independiente. No era una imposibilidad práctica ya que pese a la libre navegación de los ríos y la apertura de los puertos luego de la Constitución del 53, la superioridad económica de la burguesía porteña seguía intacta. Contaba además con el respaldo de capital inglés y francés. Sin embargo no era lo que Buenos Aires buscaba, renunciar a la lucrativa empresa de someter el mercado nacional a su interés pero evidenciaba hasta dónde era capaz de llegar, particularmente en un contexto de expansión económica que se hacía sentir en Buenos Aires. La economía porteña se consolidaba con el crecimiento de las exportaciones (lana), las importaciones y la recaudación fiscal y el bloque de la oligarquía porteña aunaba intereses para afianzar el intercambio y estrechar lazos con el comercio mundial a gran escala.

El camino a la presidencia

El segundo momento de la era de Mitre se inicia con el triunfo porteño en Pavón. La política seguida por Urquiza en nombre del federalismo demostraba su disposición a aceptar el puesto de socio menor en los negocios de la oligarquía porteña antes que desatar la resistencia a Buenos Aires. Primero en Cepeda (1859) al frente de una fuerza de 10 mil hombres, que aunque se impone a Buenos Aires acepta una negociación antes que su claudicación completa dejando intacta la aduana y las fuerzas militares porteñas. Vale lo que dijera López Jordán sobre Urquiza, “había llegado a Buenos Aires como vencedor, y negociado como derrotado”. Y en Pavón, directamente faltando al combate. ¿Qué explica esta retirada lenta pero sin límite? Hay muchas interpretaciones. Peña no duda. Urquiza era expresión de los estancieros entrerrianos, los mismos quienes en la década previa habían tolerado a Rosas hasta que el mercado les dio un ultimátum sobre el monopolio aduanero y de los ríos en manos exclusivamente porteñas. El federalismo urquicista terminaba ahí. Si un acuerdo con Buenos Aires era viable no dudaban en abandonar el Interior a su propia suerte. Dice Peña, Urquiza se ha convertido “en el brazo zurdo del localismo de Buenos Aires contra la República Argentina”.

Urquiza conservó el poder en Entre Ríos y allí se mantuvo hasta sus últimos días y Buenos Aires se convirtió en el eje del nuevo poder con la oposición del país al gobierno porteño, especialmente de aquellas provincias del Noroeste empobrecidas. Mitre ganaba así la batalla que le permitió ocupar la presidencia primero provisoria pero suficiente para la persecución del interior federalista, “a entera satisfacción de los Anchorena, de Baring Brothers, sus socios menores y los pretorianos de Mitre y el partido liberal”. El “austero demócrata”, dirá Peña sobre Mitre, se aseguró el control del Interior federal, “en todas las provincias el ejército porteño derrotó a los gobiernos respaldados por la mayoría y los reemplazó con pequeños núcleos de las oligarquías locales sin otro respaldo que las bayonetas porteñas”.

El último foco rebelde ante la oligarquía porteña

Así titula Peña el último capítulo de esta trayectoria de Mitre, el que lo vincula con la Guerra de la Triple Alianza (Brasil, Uruguay y Argentina), la última etapa contra la resistencia de las provincias del Interior. Se presentaba la oportunidad de poner fin a la influencia paraguaya sobre el Litoral, cuyo potencial económico desafiaba el monopolio aduanero y portuario porteño disputando su impacto en esa región. Mientras duró el conflicto Mitre gobernó bajo estado de sitio, que supo utilizar contra la prensa crítica, los motines y deserciones masivas frente a las levas forzadas para ir al frente y los levantamientos provinciales.

El autor señala que lejos de la versión estalinista que presentaba al país de los López como una supervivencia feudal que se oponía a la expansión capitalista, Paraguay buscaba controlar su inserción en el mercado mundial en su propio beneficio y no el de la burguesía extranjera. Junto al esclavista y aliado Imperio brasileño, Mitre presentando la guerra como una cruzada contra el despotismo unipersonal del gobierno paraguayo se aseguró su destrucción, “en beneficio de la burguesía europea y de su servil intermediario cita en las orillas del Plata, el primer y único intento de evolución independiente hacia el capitalismo industrial de la época”. Al finalizar la contienda la derrota paraguaya estableció un nuevo equilibrio regional, sobre la base de la pérdida territorial y el abandono de su política proteccionista, la imposición de la libre navegación de los ríos.

Esta distorsión del discurso y la práctica habla de la duplicidad política de Mitre. Mientras proclamaba devoción al liberalismo democrático y republicano, contra el tirano Rosas y el despotismo de Urquiza, fueron el terror, el enfrentamiento armado y el fraude electora que supo conservar como engaño hacia el “populacho” y contra las oposiciones internas, los medios predilectos de la “barbarie civilizada” que aseguraron la pacificación a sangre y fuego para el desarrollo capitalista. Peña rescata al mismo Sarmiento que cuenta cómo ganó Mitre las elecciones de 1857, “Nuestra base de operaciones ha consistido en la audacia y el terror que, empleados hábilmente han dado este resultado admirable e inesperado. (...) algunas bandas de soldados armados recorrían de noche las calles de la ciudad, acuchillando y persiguiendo a los mazorqueros; en fin: fue tal el terror que sembramos entre toda esta gente con estos y otros medios, que el día 29 triunfamos sin oposición”.

Mirando al pasado, nunca hay una sola lectura de la historia. La labor de Milcíades Peña como historiador trotskista sigue vigente no sólo para entender desde el marxismo la historia del pueblo argentino, como llamó a su obra, sino porque las imágenes sobre el pasado se construyen desde el presente, en contextos políticos y sociales determinados. Nunca más oportuno e indispensable su prosa sintética, irónica y conceptual para desmitificar al Mitre político y estratega, quien sentó las bases ideológicas de la identidad blanca, porteña y europeísta con la que se construyó el Estado nacional.

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[1Milcíades Peña, Historia del pueblo argentino, Buenos Aires, Emecé, 2012.





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