Política

OPINIÓN

La contradicción principal

Sobre Cristina, el aborto y la incansable voluntad de presentar lo viejo como nuevo.

Miércoles 21 de noviembre de 2018

Desde el lunes al mediodía, las redes progres y de izquierda arden en contra y a favor del discurso de Cristina en CLACSO. Debo decir que, en lo que a mí respecta, el tema de la convivencia de pañuelos verdes y celestes no fue lo que más resonó en mis oídos: CFK ya había adelantado esta política el mismísimo día de la votación en el Senado llamando a no enojarse con la Iglesia y la había confirmado en empalagosas declaraciones hacia el chico bueno Juan Grabois, saludando el acto lanzamiento del militante anti-derechos como candidato del Frente Patria Grande. Nada nuevo. Lo que no pudo dejar de hacer eco en mi memoria es el argumento de la “contradicción principal”. Digámoslo de este modo: “Chicas, tenemos un enemigo principal (el neoliberalismo), por ende, tenemos que abocarnos a juntar la mayor cantidad de fuerza posible para combatirlo, si eso incluye militantes anti-derechos, gente que irrumpe en las escuelas para impedir la ESI o en los hospitales para boicotear los pocos casos en que el aborto es legal, no importa. Tenemos que aprender a convivir con eso porque la contradicción principal es ‘neoliberalismo vs. pueblo’, todo el resto, es secundario”. Y sobre esa base, viene el remate: “todo aquel (y sobretodo aquella) que se atalone en las cuestiones secundarias (como el derecho al aborto) tiene una política corporativa, por no decir, que le hace el juego a la derecha”. Uauh: ayer eran las pibas que emocionaban con la fuerza de la marea verde, hoy son unas imberbes (¿y estúpidas?) que le hacen el juego a la derecha porque no saben guardar sus pañuelos para otra oportunidad ¿Qué pasó entre “ayer” y “hoy”? La posibilidad de unidad del peronismo y que éste se presente, una vez más, como el partido de la contención (y, si es necesario, del orden) del país burgués. Y si, para eso, hay que echar (o disciplinar) a las imberbes, será hecho. Nada nuevo II, la historia del peronismo está llena de esos disciplinamientos.

Cosas de chicas

Pero más allá de su puesta en función de la reconstrucción del viejo peronismo, el razonamiento de la “contradicción principal” es muy antiguo y acumula litros de tinta (y sangre) en su haber. CFK dijo haber comenzado su militancia en los 70 (aclarando, claro, que no es setentista no vaya a ser que la confundan con alguien de izquierda). En esa misma década, se producía el llamado “divorcio” entre el movimiento feminista y los movimientos obreros y populares. Es decir, la cada vez más pronunciada bifurcación entre la lucha por los derechos de las mujeres y la lucha contra la explotación, la miseria, la pauperización de la calidad de vida de los millones de trabajadores y trabajadoras que mueven el mundo. Los motivos de ese divorcio son muchos y con particularidades según la región, pero podríamos decir que hay dos que están en primer plano. El giro cada vez más conservador que habían adoptado las organizaciones obreras bajo la influencia de los Partidos Comunistas estalinizados y la Socialdemocracia (aquí bajo el peronismo) que consideraban a los derechos de las mujeres como “cosas de mujeres”, “cosas secundarias”, que no debían ponerse en “primer plano” porque dividía las filas del movimiento de trabajadores (¿les suena?). Con ese razonamiento se negaban a incorporar las demandas de las mujeres (como el aborto) a su programa y a su práctica. Esta exclusión no sólo implicaba un hecho de profunda injusticia porque significaba secundarizar e invisibilizar a un sector importante de las propias organizaciones obreras y populares, implicaba también un proceso de “corporativización” de estas organizaciones que cada vez más fueron reduciendo su programa a salario y condiciones de trabajo, dejando por fuera de sus luchas no sólo a las mujeres, sino también a los inmigrantes, a los homosexuales y personas LGBTI, a los negros, a los indígenas; como si los derechos relacionados con todas esas opresiones fueran externos a la clase trabajadora, externos a su condición obrera: alguien puede aún hoy sostener que ser mujer, trans, negra, inmigrante, indígena no es parte fundamental del modo en que te explotan, el salario que ganás, los puestos de trabajo que conseguís? Pese a la profusa evidencia empírica acerca de la relación entre estas opresiones y el sometimiento de clase, aún hoy (y en medio de uno de los eventos más top del progresismo clasemediero de la región latinoamericana), CFK volvió a argumentar la separación entre demandas de género y demandas del “pueblo”, como si los 40 años transcurridos desde que ella comenzó a militar, hubieran sido en vano en el campo de la política y en el de la teoría.

Cosa de obreros

Pero hay un segundo elemento que fue central en el proceso de divorcio entre el movimiento feminista y los movimientos obreros y populares: la gran funcionalidad que esa separación implicaba para la política neoliberal que comenzaba a aplicarse en los 70. Mientras el neoliberalismo hacía trizas las condiciones de vida de los y las trabajadoras en todo el mundo, alentaba un feminismo que, a lo Hillary Clinton, habla del empoderamiento de las mujeres por fuera de su condición de clase (¿les suena?). Un feminismo que no distingue entre las burguesas para quienes el aborto es una práctica no legal pero segura (porque pueden pagarlo); y las trabajadoras para quienes esa ilegalidad es igual a la muerte. Entre las mujeres para quienes las tareas del cuidado significan el cálculo del sueldo de la mucama; y aquellas a quienes les significa una doble o triple jornada de trabajo que les liquida el cuerpo y el alma. Entre las mujeres para quienes el ataque neoliberal a la salud y la educación pública no son parte de su agenda cotidiana porque acceden a esos “servicios” a través del mercado; y aquellas para quienes es una cuestión vital porque sin esos derechos se reduce su capacidad de reproducción social. Un feminismo que, en espejo del corporativismo de las organizaciones obreras, cree que no tiene que luchar contra la precarización laboral, ni por la defensa de la salud y la educación públicas, ni contra las políticas del FMI, porque esas no son demandas de las mujeres, aunque sean nuestros cuerpos los que soportan esos ajustes. El divorcio entre demandas de género y demandas de clase empobreció a los movimientos obreros y populares, y también al feminismo volviéndolo corporativo (1), “naturalizando” la idea de que son demandas independientes e introyectando la lógica de la “contradicción principal” vs. las otras contradicciones, eficaz forma de debilitar las luchas al fragmentarlas. El discurso de CFK hace palanca en esa división para volver a transformarla en sentido común bajo la bandera del “anti-neoliberalismo” y para disciplinar con él a los millones de cuerpos de la marea verde. Bajo la forma de discurso moderno y descontracturado, la propuesta de CFK atrasa 40 años a la pesca de incautos (artículo aparte merece el triste papel de cierta intelectualidad progresista que se solaza en hacer de bufón de ese atraso).

Por una práctica unitaria

Pero más allá del artilugio de CFK existe una realidad algo más potente: una nueva ola feminista a nivel mundial. La marea verde es parte de ese proceso. Y como los 40 años de neoliberalismo no pasaron en vano sino que dejaron enseñanzas, la relación (no la disociación) entre género y clase está en el centro de las discusiones de esta nueva ola feminista. De hecho, es imposible explicarla a nivel mundial (con características específicas en cada país) sin anclarla en los profundos cambios que generó el neoliberalismo en la clase trabajadora, entre los cuales la feminización de la fuerza de trabajo es un elemento central. El otro es la crisis de la reproducción social a la que llevó el propio neoliberalismo con la caída del salario real, el ataque a los “servicios públicos”, la extensión de la jornada laboral (que hace casi inviable la doble jornada). Las mujeres trabajadoras estamos en el centro de estos fenómenos: somos la mitad de los asalariados y la abrumadora mayoría de las que hacemos el trabajo de reproducción social. Eso nos coloca en un lugar de doble opresión, pero también de protagonistas y de puente entre el ámbito de la producción y de la reproducción, entre la lucha de los trabajadores asalariados y las luchas por otros derechos que también son derechos de los trabajadores pero que quedaron fuera de su agenda por la fragmentación que promovió el capitalismo neoliberal: el aborto es uno de ellos. Nos coloca ante la posibilidad de que nuestra marea invada las organizaciones de trabajadores y sectores populares y barra su conservadurismo corporativo para ponerlas en pie de guerra contra el neoliberalismo. Si las mujeres conquistamos más derechos, si nuestro movimiento triunfa, la clase trabajadora y los sectores populares se fortalecen no solo porque dejarían de morir centenas de mujeres por aborto clandestino, sino porque insuflaría nuevas fuerzas, nueva moral, nueva confianza en la lucha colectiva. Y eso potenciaría la posibilidad de ir por nuevos objetivos que disparen contra pilares del neoliberalismo. La política de CFK actualiza un discurso que fue profundamente perjudicial para el feminismo y el movimiento de trabajadores, y radicalmente funcional al neoliberalismo, pero además dispara al corazón de uno de los movimientos más dinámicos y profundos que se desplegaron en la Argentina en los últimos años.

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1 - En la Edición Especial que Le Monde Diplomatique sacó bajo el nombre de “Anatomía del neoliberalismo” (nov/dic. 2018), Nancy Fraser describe sucintamente esta conformación de un “feminismo corporativo” como parte del neoliberalismo y como fenómeno concomitante al “neoliberalismo progresista”. Resulta muy interesante escuchar el discurso de CFK (y los aplausos de varios progresistas allí presentes) a la luz de estos conceptos.






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