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Red Internacional

CONTAMINACIÓN.La aerolínea Lufthansa realiza 18.000 vuelos vacíos para mantener sus slots en los aeropuertos

La aerolínea low cost realizó miles de estos vuelos innecesarios con escasa o ninguna ocupación de pasajeros para evitar perder sus zonas horarias asignadas. Un ejemplo de cómo las empresas no saben anteponer el interés general a sus beneficios económicos.

Miércoles 5 de enero | Edición del día
Foto: EFE/Carolina Brehman

Como ya vimos durante los confinamientos globales y el cierre de fronteras en 2020, las aerolíneas, responsables de un porcentaje importante de las emisiones de gases contaminantes a la atmósfera y como parte de un sector de difícil descarbonización, siguen realizando vuelos comerciales innecesarios para no perder sus acuerdos con los aeropuertos. Este es el ejemplo de lo ocurrido con Brussels Airlines, empresa matriz de Lufthansa, que ha operado 3.000 vuelos innecesarios en invierno que en otras circunstancias se habrían cancelado por baja ocupación.

El gobierno federal belga ha solicitado a la Comisión Europea un cambio en las reglas sobre la obtención de franjas horarias, regla que ya fue cambiada por la pandemia. Antes de 2020, las aerolíneas debían realizar vuelos en, al menos, el 80% de sus horarios asignados; porcentaje que bajó al 50%. Sin embargo, sigue siendo una cantidad muy por encima de las necesidades reales del sector. Este es un ejemplo de cómo los países de la Unión Europea y las grandes empresas contaminantes se alían para alcanzar acuerdos que garanticen los beneficios económicos, aunque no se adaptan a las necesidades reales ni a los compromisos adquiridos en diversas cumbres climáticas.

Brussels Airlines, conocida por abuso laboral

Pero este no es el único problema al que se ha enfrentado la aerolínea belga en los últimos meses. Brussels Airlines ha sido acusada por sus propios trabajadores de ser una empresa en la que se cometen diversos abusos laborales. El personal denuncia una sobrecarga de trabajo y una falta de planificación que impide a los trabajadores conciliar su vida personal con la laboral. Esta situación ha llevado a que la plantilla se declarara en una huelga de 24 horas en diciembre como último recurso de negociación. Se trataba también de una huelga que trataba de visibilizar el verdadero coste de los vuelos baratos.

No es la primera protesta organizada por la plantilla, que lleva desde 2014 organizándose y convocando huelgas en Bélgica y Alemania con Lufthansa. Se trata de una aerolínea particularmente conocida por hacer pagar el coste real del billete de avión a los trabajadores en forma de abuso laboral, para poder seguir ofreciendo precios muy bajos. Sólo hoy en su página web se puede conseguir billete para ir a una treintena de ciudades europeas por menos de 40€.

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Las aerolíneas pagan por contaminar… pero poco

El sector del transporte es el cuarto más contaminante del mundo, después del energético, el de la moda y el de la alimentación (especialmente por la producción cárnica), pero aún así las autoridades políticas no exigen responsabilidad a las empresas y demuestran que los acuerdos internacionales y las cumbres son sólo papel mojado.

Es particularmente sangrante el caso de las aerolíneas europeas, porque la normativa sólo obliga a comprar los derechos de emisiones por los vuelos realizados dentro de Europa. Los gobiernos de algunas de las principales potencias, entre los cuales están los de Estados Unidos, Rusia y China se opusieron hace ya una década a que las aerolíneas pagaran por todas las emisiones de CO2 expulsadas por sus aviones en vuelos comerciales, lo cual hace que, con el actual sistema, en 2019 sólo pagaron por el 31% emitido, tal y como denunció la organización Carbon Market Watch. En el caso concreto de Lufthansa, la compañía sólo paga por el 23% del CO2 emitido.

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Pagar por emitir es un arma de doble filo. Por un lado, se trata de una ilusión pensar que se puede compensar económicamente de algún modo la catástrofe ambiental a la que nos está llevando el actual sistema económico. No se debería poder pagar por destruir nuestras posibilidades de supervivencia a medio plazo en el único planeta que tenemos.

Sobre todo, porque esto no lleva a que se produzca un menor uso del transporte aéreo, sino que se paga directamente en forma de ataque a los derechos laborales de los trabajadores del sector. Pero, además, y como se ha visto, las empresas podrán utilizar cualquier laguna legal para pagar menos porque no está entre sus intenciones reducir verdaderamente las emisiones.

Se trata de un caso similar al de la compra y venta de derechos por contaminar que se produce entre países. Es un parche que no ha evitado que el 50% de las emisiones globales de gases de combustión se haya producido desde los años 90; momento en el cual ya había pronósticos precisos del atolladero ecológico al que nos estaba llevando un sistema económico irracional y basado en el crecimiento perpetuo como es el capitalista.

El mismo problema tienen todas las propuestas que se centran en subir el precio de los pasajes de avión, sin tener en cuenta que eso no bajará la demanda y que, en todo caso, afectará negativamente a quienes migran o tienen familiares en el extranjero, cuando existen grandes fortunas que viajan por placer varias veces al año en vuelos transoceánicos. El ejemplo de Lufthansa, además, invita a pensar que, en la medida de lo posible, las aerolíneas seguirán operando vuelos, aunque estos vayan vacíos hasta que consigan un acuerdo más favorable para sus propios intereses.

Un transporte gestionado por trabajadores y usuarias

Frente a todas las medidas que “por arriba” tratan de poner fin a las emisiones, la solución sólo puede venir desde abajo, de la gestión directa de los sistemas de transporte por parte de la clase trabajadora y los sectores sociales que principalmente afectados. Del mismo modo que las empresas petroleras no van a dejar de contaminar salvo que se les obligue, el camino de las aerolíneas no será el de bajar el tráfico aéreo y garantizar derechos laborales para sus trabajadoras si no se les impone.

El poder de la clase trabajadora es enorme porque ocupa los principales lugares en que se genera la riqueza global. Y sectores como el energético o el de transportes son clave porque por ellos pasa una parte importante de los beneficios de las grandes empresas. Y además se trata de sectores igualmente clave para hacer frente a la crisis climática porque son, en gran parte, responsables de ella bajo un uso capitalista.

La clase trabajadora no está dispuesta a pagar la crisis climática provocada por los capitalistas, como pudimos ver en Francia con los chalecos amarillos u hoy mismo en Kazajistán, donde el gobierno ha caído debido a las protestas contra el aumento del precio de los combustibles. Los responsables han de pagar por la catástrofe a la que nos abocan y eso sólo podrá hacerse mediante si los sectores populares y la clase trabajadora nos unimos y organizamos en organismos independientes del poder y que estén dispuestos a hacerle frente con un plan de lucha propio.

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