Elecciones universitarias

Entrevista a Alma Bolón, candidata a decana de la Facultad de Humanidades

A pocos días del plebiscito estudiantil que definirá a que candidata apoyan los estudiantes de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación (FHCE) para el cargo de decana, entrevistamos a una de las postulantes Alma Bolón que respalda el programa del Centro de Estudiantes de Humanidades y Ciencias de la Educación.

Martes 18 de septiembre de 2018 | 13:12

Desde La Izquierda Diario entrevistamos a Alma Bolón, una de las candidatas a decana de la Facultad de Humanidades.
Alma es doctora en letras (Universidad París 8), docente e investigadora universitaria.
Colabora con el semanario Brecha, donde destacan sus artículos críticos con la mercantiilización de la educación, la injerencia del gobierno y los empresarios en la enseñanza y la segunda reforma universitaria impulsada por la gestión de Rodrigo Arocena. Es también una activista social, participando en actividades en defensa del agua, la tierra y los recursos naturales que además ha denunciado la ley "mordaza" del Poder Ejecutivo que prohíbe el estudio del estado del agua.
Con su candidatura propone un cambio en la orientación de la Facultad de Humanidades y la gestión de Alvaro Rico defendiendo el programa del Centro de Estudiantes (CEHCE).

LID: ¿Por qué decidió postularse para Decana de Humanidades?

A.B.: Desde hace tiempo en Uruguay, en la Universidad de la República y en Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación, se instaló la idea de que la crítica solo es admisible cuando es « constructiva », es decir, cuando propone mantener y mejorar lo que ya hay, cuando propone vías de adaptación a lo existente.

De ahí la fetichización del par « problemas/soluciones », que permeó inclusive las pedagogías que ahora proponen enseñar a través de « la resolución de problemas ». Desde los noventa del siglo XX, pareciera que el mundo hubiera dejado de ser una entidad política, constituida por el conflicto y por la lucha, y hubiera pasado a ser una entidad aritmética, que plantea sus « problemas » que demandan sus « soluciones ». Creo que es bueno para todos, y especialmente imprescindible en una Facultad de Humanidades, interrogar y objetar ese esquema meramente adaptativo a designios que, en temas de enseñanza, vienen ya pensados y ya prontos para ser aplicados desde los grandes organismos internacionales, como el Banco Mundial, o el BID. Nací en 1955, crecí en los sesenta, y en esos años prevalecía cierto olfato y cierto arrojo para asumir que uno no estaba de acuerdo y que estaba dispuesto a decirlo, a pesar de la lluvia de descalificaciones que se abatía, como hoy, sobre quien deseaba asumir y defender el desacuerdo y la crítica de fondo.

LID: Recorriendo algunos de sus postulados y propuestas, ¿podría profundizar cómo se defenderá la autonomía y el cogobierno si ud llegara a ser elegida decana?

A.B.: El cogobierno se defiende fomentando, de todos los modos posibles, la participación de los tres órdenes, en todos los niveles de decisión. Por ejemplo, si hay mayoría de docentes, como la hay, con grados bajos (a pesar de sus calificaciones) y con escasa carga horaria y que en consecuencia están constantemente obligados a competir entre ellos llenando formularios y presentando proyectos, hay pocas posibilidades de que esos docentes, en permanente competencia interna y atrapados por el multiempleo, tengan deseo de dar tiempo de sí para participar en el cogobierno de todos. El cogobierno es una forma de militancia, de entrega del tiempo propio a algo que uno considera necesario porque es justo. En el orden estudiantil, la llamada extensión también ha sacado militancia, porque se presenta como la fórmula mágica que aparentemente permite cumplir con el deber social que nos interpela y, simultáneamente, permite obtener los créditos, literalmente hablando, que sirven para la carrera. En cuanto a la autonomía, es imprescindible recordar que las universidades se fundaron en contra de los poderes monárquicos y de la jerarquía eclesiástica. La universidad, en nombre del humano deseo de saber, ejerce el derecho a pensar por fuera de los intereses de gobiernos, partidos y políticos particulares. La Universidad de la República, en los últimos tiempos, ha dado pruebas de su autonomía con respecto a los proyectos gubernamentales, por ejemplo, cuando rechazó, y por razones de principios, los proyectos de Participación Pública Privada. O cuando grupos de colegas de Ciencias denuncian las consecuencias ambientales nefastas de UPM2, o cuando antes alertaron sobre los efectos de Aratirí y de Botnia, del glifosato y de Monsanto, o cuando colegas economistas de la Universidad analizan las mentirosas promesas de « desarrollo » y de creación de empleo y de riquezas venideras, mentirosas promesas que realizan los inversores extranjeros y el gobierno que doran la píldora, o cuando los economistas universitarios plantean las consecuencias letales de las economías extractivas, o cuando muestran cómo la enseñanza privada es descaradamente financiada con fondos públicos. O cuando los juristas ponen en tela de juicio el funcionamiento jurídico. Economistas, biólogos, ecólogos, ingenieros, abogados, arquitectos : desde diferentes disciplinas, se oyen voces universitarias que ejercen la autonomía del pensamiento y critican los proyectos del gobierno, por muy votantes que sean, en muchos casos, de ese gobierno. En lo que respecta a Facultad de Humanidades, se oye un silencio apabullante, como si esa facultad hubiera decidido ser antes que nada y exclusivamente frenteamplista y, en esa medida, acompañar la agenda gubernamental, renunciando a la obligación de autonomía. Este silencio viene de lejos, o este espíritu adaptativo viene de lejos, y a lo largo de los años ha sofocado asuntos tan fundamentales como la enseñanza, siendo que somos Facultad de Humanidades y de Ciencias de la Educación…


LID: ¿Cuáles son a su criterio los principales aspectos negativos de la Segunda Reforma Universitaria?

A.B.: En la medida en que la Segunda Reforma Universitaria es una aplicación del proceso Boloña, su lógica apunta a atacar el sentido de la universidad : su singular relación con el deseo de saber, deseo que nos gobierna y que humaniza al ser humano. A lo largo de los siglos ese deseo de saber se plasmó en conocimientos en constante revisión, organizados en disciplinas, por ejemplo, las siete artes liberales (aritmética, geometría, astronomía, música, gramática, retórica, lógica) o las disciplinas médicas o las jurídicas. El proceso Boloña tiende a deshacer el conocimiento disciplinar, imprescindible para la inter-trans-pluridisciplinariedad, por otra parte tan reclamada y declamada. Por ejemplo, a través de la llamada « flexibilización » de los estudios, por la que el estudiante es invitado a componer su « carrera » a piacere, tal como un comensal compone su ensalada agregando y sacando verduras o aceitunas. Ya no se trata de seguir un plan de estudios concebido dentro de una disciplina, sino de juntar « créditos », obtenibles de acuerdo con la fantasía de cada quien (cf. la definición de crédito de la Ordenanza de grado vigente). Claro que esto está reservado para la mayoría de las universidades, pero no así para las pocas y exclusivas que seguirán los viejos métodos y las viejas enseñanzas. Hoy en día, el sistema imperante no cierra las puertas al estudio universitario, lo que sí hace es intentar controlar ese estudio y controlar quiénes van adónde. El proceso Boloña y la Segunda Reforma en su patético reflejo apuntan a esto : por un lado una universidad que se pretende de punta, volcada a la investigación y al país « productivo », una « universidad del Desarrollo », entiéndase lo que se entienda por ese concepto tan subdesarrollado ; por otro lado, una universidad pobre, para estudiantes que deben costar poco, y que tal vez estén llamados a ocuparse de « los pobres ». La Segunda Reforma coincidió con el gobierno de José Mujica, amigo de una filosofía de cafetín y enemigo de la crítica (« viru viru », la llamaba Mujica), amigo dócil de las grandes inversiones extranjeras, como su antecesor y sucesor Tabaré Vázquez. La Segunda Reforma del rectorado de Rodrigo Arocena cumplió con las expectativas de Mujica, complementando con un discurso de «responder a las demandas de la sociedad », entregando saber tecnológico e innovación a los sectores productivos nacionales. El problema, como la propia Segunda Reforma lo reconoce todo el tiempo, es que los sectores productivos nacionales no demandan nada a la universidad productiva e innovante, porque están extintos o en vías de extinción, o adaptados a ganar sin el rompedero de tener que invertir. La Segunda Reforma intenta trasladar a la universidad lo que ya se venía haciendo en Primaria y en Secundaria, es decir, la disolución de la entidad « clase », con sus alumnos y su docente reunidos en presencia y en torno al deseo de saber. Esta entidad es política, porque es el lugar en que se ejerce cierta autoridad (en nombre del deseo de saber) y el lugar en donde esa autoridad puede ser objetada, puesta en aprietos. Dar clase es exponerse a esa posibilidad de objeción, y es aceptarla en todas sus consecuencias. La Segunda Reforma hace del docente una especie de animador de cumpleaños infantil, que nada tiene para enseñar, si no es cierto espíritu buenondero, de colaboración y armonía. También, la Segunda Reforma disuelve la clase al atacar su localización física, que permite la copresencia de unos y otros, con los correspondientes amores, odios e indiferencias. En nombre de la « diversidad » y de la « pluralidad » se propone una batería de « soluciones » que pretenden contemplar la casuística de los estudiantes : todas estas « soluciones » suponen que no hay más copresencia : hay el estudiante con el tutor, el estudiante con la pantalla, el estudiante con una modalidad a su medida, que fragmenta y disuelve esa minicomunidad física, es decir, emotiva e intelectual que es una clase. Bajo visos de « atender la necesidades de los estudiantes », con la multipliación de « soluciones », se busca que cada uno por su lado y, si nos encontramos, que sea donde no se pueda hablar más allá de lo que el algoritmo permite.

LID: Usted dijo que respetará y bregará por la concreción de las demandas estudiantiles como mayor oferta horaria y la duplicación de cursos. Pero esto presenta una traba presupuestal para concretarlo. ¿Qué se debería hacer al respecto?

A.B.: Sin duda, las reivindicaciones estudiantiles exigen mayor presupuesto. Esta vez, contrariamente a lo sucedido en el rectorado de Arocena, el presupuesto universitario fue castigado, no hubo crecimiento. Por otra parte, dentro del reparto interno de fondos universitarios, el presupuesto de la Facultad de Humanidades está estancado. Se trata entonces de una doble lucha : más presupuesto para la Universidad y más presupuesto para nuestra Facultad. Ambas luchas solo son posibles con la acción de todos los directamente implicados : estudiantes, docentes, egresados, funcionarios no docentes. Se trata de sostener, públicamente y sin aflojar, que hay quienes estamos directamente implicados, pero que indirectamente implicada se encuentra la sociedad toda, porque sigue siendo verdad que la universidad es el país y, justamente, se trata de saber qué país se quiere, aunque esta pregunta suene arcaica. Creo que la lucha presupuestal que solo sea presupuestal es necesaria pero no alcanza, si no va acompañada de una lucha en la que se ponga de nuevo sobre la plaza pública la discusión sobre el deseo de saber que encarna la universidad, la discusión sobre el sentido del saber, la discusión sobre el sentido. La lucha por el 6% o por el 8% no puede disociarse de una lucha por el sentido de la universidad y, en particular, por el sentido de las humanidades y su voluntad de interrogar los sentidos imperantes y los sentidos que pugnan por asomarse. Por eso, la lucha presupuestal debe disociarse de las instancias parlamentarias y plantearse junto con una reflexión que será de provecho para la sociedad toda. De no hacer esto, vamos directamente a un país con una universidad pública compuesta de un escaso número de docentes bien pagos (pertenezco a esta categoría desde hace pocos años) y de una masa numerosa de docentes mal pagos que dan clases baratas a masas de estudiantes baratos (plataformas, cursos semipresenciales, clases masivas, conferencias en youtube, exámenes libres que ahorran salones de clase, tutores, etc.) y que ocasionalmente ayudan al egreso de profesionales selectos (cirujanos, oftalmólogos, etc.). Esto será complementado con las iglesias pentecostales y los medios de comunicación que se ocuparán del gobierno de las almas que, aunque las humanidades renuncien a hacerlo, seguirán pidiendo interrogar el sentido.






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