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Red Internacional

Menem murió, pero dejó el extractivismo que saquea, destruye y contamina. La despedida de Felipe Solá es seguir continuando ese legado.

Valeria Foglia@valeriafgl

Domingo 14 de febrero | Edición del día

Antes de ser gobernador, diputado nacional por el peronismo, el macrismo y el massismo, mucho antes de convertirse en un deslucido ministro de Relaciones Exteriores del Gobierno de Alberto Fernández, Felipe Solá llegó al Poder Ejecutivo Nacional de la mano de Carlos Saúl Menem como secretario de Agricultura, Ganadería y Pesca. Desde esa cartera, sin estudios serios que probaran la supuesta inocuidad del glifosato, en 1996 Solá aprobó en tiempo récord la soja transgénica RR (Roundup Ready) de Monsanto, inaugurando el modelo de monocultivos adictos a los agrotóxicos que fumigó y enfermó a poblaciones enteras, al tiempo que habilitó las enormes tasas de deforestación en el país.

Carlos Menem había anticipado en el acto de inauguración de la Exposición Rural de Palermo en 1989 que su Gobierno iba a “devolver lo que se ha quitado por la vía del control de cambio, de los aranceles, de las retenciones, y las mil restricciones que entorpecieron la exportación”. Nacía el extractivismo agrario, es decir, la agroganadería intensiva orientada al mercado externo a la que ningún Gobierno quiso renunciar con la promesa de dólares.

Con el decreto ley 21382 de inversiones extranjeras heredado de la gestión de José Alfredo Martínez de Hoz en plena dictadura, Menem habilitó aún más penetración de capitales foráneos sin previa aprobación y con la posibilidad de repatriar utilidades en cualquier momento. El agronegocio y la megaminería, que daba sus primeros pasitos en el país, festejaron.

Si bien el paso del ingeniero agrónomo Solá por la Secretaría dejó huellas a tono con la entrega absoluta del neoliberalismo menemista, por ejemplo en cuanto a la depredación de la plataforma marina argentina, su ligazón con el agronegocio fue innegable y perdura hasta nuestros días. En menos de tres meses, con un expediente mayoritariamente en inglés y sin traducción, el 25 de marzo de 1996, durante el segundo mandato de Menem, se aprueba la introducción en el país de la soja transgénica de Monsanto en combo con el herbicida glifosato pese a advertencias de sectores científicos, que buscaban análisis y más información de sus pares europeos acerca de los posibles efectos de esta sustancia.

La introducción de los transgénicos resistentes a herbicidas trajo muchas dudas a organismos científicos encargados de monitorear productos agroindustriales, en especial por posibles reacciones alérgicas, riesgos de intoxicación y hasta cáncer. En 2011 un grupo de científicos confirmó que la firma del secretario de Agricultura de Menem no se basaba en estudios sobre posibles efectos en personas y ambiente.

Muchos años después, en 2015, la propia OMS dio una respuesta contundente: el glifosato fue clasificado como "probablemente carcinogénico", la segunda categoría más alta en la escala de la Agencia Internacional para la Investigación del Cáncer. En Argentina esos estudios se hicieron varios años después de la mano del ya fallecido científico Andrés Carrasco, que recibió presiones y amenazas por la realización y difusión de los mismos en su laboratorio de embriología molecular de la Facultad de Medicina.

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El trabajador rural entrerriano Fabián Tomasi, el niño correntino Nicolás Arévalo, la docente Ana Zabaloy, las comunidades aborígenes y miles de víctimas de los pueblos fumigados, despojados y criminalizados de todo el país pagaron muy cara la “modernización del campo” que introdujeron Solá y Menem.

La administración menemista también inauguró un ciclo extractivista que, además de bañar comunidades con agroquímicos, incluyó desmontes masivos para la expansión de la frontera agropecuaria, desalojos a campesinos y pueblos indígenas, muchos de ellos violentos, en favor de un proceso de concentración de la tierra en manos de grandes pulpos sojeros y forestales, en gran medida multinacionales.

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Solá se despide de Menem reivindicando "la huella" que dejó y que "ya es historia". Aunque no pase actualmente por su momento de mayor brillo en la administración del Frente de Todos, es un hecho que otro "hijo político" de Menem, Alberto Fernández, lo convirtió en una suerte de superministro que acapara la diplomacia y el comercio internacionales, como con el repudiado acuerdo porcino con China. Menem estaría orgulloso.

Así como no hay grieta para despedir con dolor al “ícono” del neoliberalismo, enemigo de los pueblos y el ambiente, sus sucesores en el sillón de Rivadavia desde entonces supieron mantener vivo su legado de entrega y destrucción extractivistas, incluido el viejo decreto 21382 de la dictadura. Los desmontes de bosque nativo, las enfermedades por agrotóxicos, el saqueo y la contaminación del agua y la destrucción de los bienes comunes de hoy son también una herencia menemista.




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