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Red Internacional

Entrevista. Claves para entender las próximas elecciones en Brasil

Brasil se encamina hacia las presidenciales de octubre de 2022 en un escenario económico complicado y de creciente polarización política. Entrevistamos a Diana Assunção, del MRT y Esquerda Diário de Brasil.

Viernes 3 de junio | Edición del día

La disputa electoral se concentra cada vez más en dos candidatos. Por un lado, el actual presidente de extrema derecha Jair Bolsonaro. Por otro lado, una alianza liderada por el expresidente Lula da Silva junto al neoliberal exgobernador de San Pablo, Geraldo Alckmin, que abarca un amplio espectro político que va desde la derecha tradicional hasta partidos de izquierda como el PSOL.

Se desarrolla, además, en los marcos de un régimen cada vez más antidemocrático, con instituciones fortalecidas luego del golpe institucional de 2016 que derrocó a Dilma Rousseff y unas Fuerzas Armadas que se postulan como cuarto poder.

En este marco, recrudecen las condiciones de vida del pueblo trabajador de la mano de la creciente inflación, y ya se empiezan a ver huelgas y movilizaciones. ¿Qué proyecto de país encarnan Bolsonaro y Lula da Silva? ¿Qué hay detrás de esta polarización política?

Entrevistamos a Diana Assunção, dirigente del Movimiento Revolucionario de Trabajadores y editora de Esquerda Diário, el diario de nuestra Red Internacional en Brasil.

LID: Lula encabeza las encuestas electorales hacia las presidenciales de octubre, en todas ellas ganaría en segundo turno. Sin embargo, Bolsonaro acortó la diferencia. ¿Qué está pasando en el escenario electoral brasileño?

El panorama político hoy podría definirse, de no mediar cambios abruptos, como de transición hacia un próximo gobierno de Lula. Es verdad que Bolsonaro logró reducir la diferencia con Lula, sobre todo gracias a una serie de medidas económicas como subsidios a las familias, liberación de los fondos de pensión de los trabajadores y anticipo del aguinaldo de fin de año.

Esta tendencia está estancada, en las últimas encuestas Bolsonaro no volvió a subir. Bolsonaro concentra los votos anti Lula, sobre todo desde que el famoso juez Sérgio Moro -exministro de Justicia de Bolsonaro- bajó su candidatura, pero su candidatura encuentra dos techos importantes.

El primero es el empeoramiento de las condiciones de vida de amplios sectores de la población durante su gobierno. Por primera vez desde el Plan Real [de estabilización económica implementado en los 90], un presidente va a terminar su mandato con el salario mínimo valiendo menos que cuando empezó. La inflación es histórica, la mayor desde 1996. El problema de vivienda también se agravó mucho. En San Pablo, la cantidad de personas en situación de calle subió un 230 %. A esto se suman los altos índices de desempleo y precarización laboral. Esta situación social es el terreno en el que se pavimenta la contienda electoral de octubre, y el pronóstico mayoritario es la victoria de Lula.

Lo segundo es que hay cuatro años de experiencia hecha por las clases dominantes con el gobierno de Bolsonaro. Hay sectores que prefieren una alternativa que no traiga tanta inestabilidad. Bolsonaro apuesta a elevar el tono de su retórica golpista, para mantener su base social cohesionada y para darle continuidad a su proyecto aun fuera del gobierno. Por eso disemina sospechas sobre el conteo de votos y volvió a desafiar a los jueces del Supremo Tribunal Federal y del Tribunal Superior Electoral. Hasta octubre, la tendencia es a que se profundice la polarización. No hay una unidad de las clases dominantes en torno a uno de los dos campos en disputa, sino más bien una fragmentación que hace el escenario actual más complejo.

LID: Esa retórica golpista que promueve Bolsonaro es uno de los principales argumentos del partido de Lula, el PT, para justificar su alianza con la derecha tradicional incluso con ex figuras del neoliberal PSDB del expresidente Fernando Henrique Cardoso. ¿Hay algún viso de realidad en esas amenazas?

El escenario estratégico de Brasil no presenta condiciones para que Bolsonaro y los militares puedan implementar un golpe militar o medidas de fuerza que puedan impedir que el resultado electoral sea reconocido.

Cuando el bolsonarismo estaba más fortalecido y a la ofensiva, amplios sectores empresarios como la Fiesp [principal cámara empresarial del país] estuvieron en contra de las amenazas golpistas de Bolsonaro, como las que hizo en su discurso del Día de la Independencia, el 7 de septiembre. Fueron reiterados los mensajes del imperialismo estadounidense, por medio de sus agencias de seguridad, espionaje y diplomacia, contra cualquier medida de ese tipo.

Ahora, con el gobierno más desgastado luego de cuatro años de mandato, Bolsonaro no tiene fuerza para un emprendimiento de esa magnitud. Sin embargo, no están descartadas acciones de su base en vísperas de las elecciones o cuando estén los resultados. En la prensa es constante ver analogías con lo ocurrido en el Capitolio estadounidense, en la transición de mandatos. Es posible que hayan medidas inspiradas en ese hecho en Brasil.

Al elevar su retórica golpista, Bolsonaro incentiva acciones de violencia de su base más dura, ya hubo algunos hechos y pueden haber más. Aunque la victoria electoral de Bolsonaro no es el escenario más previsible, la recomposición de votos que tuvo en el último período ayuda a envalentonar a su base e incrementa el miedo social a una reelección.

LID: Más allá de la retórica golpista de Bolsonaro, ¿qué pasa con la derecha tradicional, que se venía postulando como una “tercera vía”, una alternativa frente a la polarización entre Lula y Bolsonaro?

La oposición de derecha neoliberal atraviesa una fuerte crisis y se encuentra inmersa en disputas fratricidas. El juez Sérgio Moro, la estrella de la operación judicial Lava-Jato y ministro de Justicia de Bolsonaro, se bajó de la carrera presidencial. El Partido de la Social Democracia Brasileña, el histórico PSDB del expresidente Fernando Henrique, ya no es ni la sombra de aquel partido que gobernó Brasil durante 8 años.

Frente a eso, Lula incorporó como compañero de fórmula a Geraldo Alckmin, exgobernador de San Pablo por el PSDB, muy conocido por reprimir las huelgas docentes y ocupaciones por vivienda, una figura fuerte del neoliberalismo brasileño. Ahora se cambió de partido para liderar la alianza de ese sector con Lula. Con esa alianza, buscan disputar a los huérfanos de la tercera vía.

LID: No es la primera vez que el PT comparte fórmula electoral con sectores de derecha, como Dilma-Temer, que terminó con Temer encabezando el gobierno golpista, imponiendo gran parte de la reforma laboral. ¿Por qué Lula vuelve a compartir fórmula con la derecha tradicional?

La alianza no es solo con Alckmin sino con una serie de especialistas económicos y exfuncionarios del gobierno del PSDB, como el presidente del Banco Central y el del Banco Nacional de Desarrollo. Lula quiere atraer a gente que sea confiable para banqueros y empresarios, quiere seguir atrayendo a sectores del capital. Ya tiene el apoyo de un sector expresivo de la industria, por ejemplo el presidente de la Fiesp. Josué Gomes da Silva es hijo del exvicepresidente de Lula, José Alencar, y ha criticado a Bolsonaro, enviando señales de mayor proximidad a la candidatura Lula-Alckmin. Es un movimiento importante si consideramos que la Fiesp tuvo gran protagonismo durante el golpe institucional, imponiendo su simbólico patito amarillo en las manifestaciones callejeras de la derecha golpista.

Lula tiene también el apoyo sectores clave del capital financiero, más por oposición a Bolsonaro por la inestabilidad, la incertidumbre que trae al país que por simpatía por el PT, que desde el 2016 viene castigado por la clase dominante, pese a no haber tenido nunca problemas para defender los intereses de la burguesía. En este escenario sí, necesita la figura de Alckmin y de todas esas expresiones del régimen, para convencer a la burguesía de que realmente van a administrar la agenda económica que fue implementada en los últimos años, con alguna que otra reforma, mayor o menor cambio cosmético de lo que viene siendo aplicado en el último tiempo, pero esencialmente manteniendo las conquistas económicas que obtuvo el capital a partir del golpe de 2016.

Lula ya confirmó, por ejemplo, que no habrá marcha atrás en la reforma previsional, y cualquier supuesta modificación que vaya a hacer en la reforma laboral es para mantener lo esencial de la que aplicó Temer en 2017 en connivencia con las direcciones burocráticas de los sindicatos.

LID: ¿Qué puede esperar la juventud de un gobierno Lula-Alckmin en ese sentido?

Esta fórmula puede tener una característica perversa en cuanto a la precarización, se plantea “reevaluar” la reforma laboral precarizadora que garantice condiciones “mínimas” para trabajadores de plataforma y tercerizados, a costa de generalizar aun más esas modalidades. No para garantizar derechos laborales plenos sino ofrecer concesiones para terminar de consolidar la tercerización en todas las actividades y generalizar la uberización y el trabajo bajo demanda. Lula ha repetido incontables veces que quiere hacer una “mesa de negociación” entre patrones y sindicatos mediada por Alckmin, una representación categórica y simbólica de la unidad entre el “sindicalista” y el “neoliberal” que encarna la fórmula Lula-Alckmin.

LID: ¿Cuáles son las diferencias claves entre el proyecto de la extrema derecha bolsonarista y el que impulsan Lula-Alckmin?

Hay diferencias en cómo pretenden actuar en el régimen político. El creciente autoritarismo del régimen, sobre todo a partir del golpe institucional que derrocó a Dilma Rousseff, profundizó la crisis de representatividad. Bolsonaro actúa de forma permanentemente desestabilizadora de sectores del régimen para favorecer su posición.

El regreso de Lula al gobierno puede traer aires de “vuelta a la normalidad”, al menos por un tiempo, y darle apariencia democrática a un régimen que se deterioró fuertemente en los últimos años. Sin embargo, contará con márgenes mucho más estrechos que en sus dos primeros mandatos por las actuales condiciones económicas, políticas y sociales.

El proyecto de Bolsonaro es ultra neoliberal, es un programa para que el gran capital pueda actuar libremente. Quitar derechos laborales y sindicales para que los empresarios puedan despedir sin trabas.

Promueve una acumulación de capital extractivista, busca la flexibilización de las regulaciones, cuando no apoya directamente actividades ilegales y el desmonte para la expansión desenfrenada del agronegocio y la minería. El Gobierno de Bolsonaro fue un gobierno de ataque, con episodios de extrema violencia, hacia los pueblos originarios.

Lula, por su parte, viene bosquejando un proyecto más bien “neodesarrollista”, donde el Estado y el consumo sean la clave de la acumulación del capital. Habla de un “Estado fuerte”, que apalanque la economía -sobre todo con inversiones en infraestructura- e impulse la inversión privada. Por otro lado, propone aumentar el consumo para impulsar el crecimiento. Su retórica es que el crecimiento y la distribución de la renta no son procesos separados, un planteo contrario a la tradicional “teoría del derrame”. Un modelo de regulación de las grandes empresas para una convivencia armónica entre empresarios y trabajadores.

Un ejemplo muy publicitado por el PT es la política educativa durante sus gobiernos, en particular la cantidad de vacantes universitarias que generaron, considerando la importancia de la formación y capacitación para el desarrollo económico. Esa expansión tuvo como base la generación y ampliación de grandes monopolios de enseñanza privada. Esas vacantes fueron subsidiadas por enormes exenciones tributarias y se perdieron en cuanto la crisis económica obligó a sectores crecientes a dejar sus estudios para ganarse la vida. En este punto el discurso se choca con la realidad.

En cuanto a los motores de la economía, Bolsonaro promueve profundizar las privatizaciones y las reformas antipopulares. Como con Petrobras, su proyecto busca reducir el rol del Estado como inversor y dinamizador de la economía. Expresión de esto es que las empresas estatales federales invirtieron menos del 40 % de lo que había sido previsto en 2021, el menor valor en 6 años.

En este punto Lula nombra algunas empresas públicas -sobre todo de sectores estratégicos- que no pretende privatizar, como Electrobras, Correios y Banco do Brasil. Promete retomar inversiones estatales para suplir cuellos de botella productivos, como fertilizantes, un sector fuertemente golpeado por la guerra de Ucrania. Sin embargo, algunas figuras del equipo económico dan señales de que posiblemente haya medidas privatizadoras como en sectores de la siderurgia. En este punto el PT maneja un doble discurso. Quizás en cuanto a Petrobras es donde más se alejan los planes de Lula y Bolsonaro, pero confirma que el PT va a partir de lo que ya avanzó el golpismo y no pretende su reversión.

Algo parecido pasa con las reformas estructurales impulsadas por los empresarios, muchas de ellas aprobadas después del golpe. Lula no critica a la reforma previsional, que para la burguesía es la “madre de todas las reformas”. Sobre la reforma laboral, como dije antes, ofrece concesiones menores para mantener y extender el perverso mecanismo precarizador de conjunto. En cuanto al gasto social, propone flexibilizar el techo que le impuso Temer para ampliar las inversiones estatales, pero manteniendo el “compromiso fiscal”. Estas propuestas de remodelar las reformas son incluso compartidas por sectores de la derecha neoliberal, especialmente tras la pandemia.

En cuestiones democráticas como los pueblos originarios, el racismo o el aborto, Lula se ubica como defensor de esos derechos, habla de la creación de un Ministerio Indígena, un Ministerio de Igualdad Racial, y ha dicho ser favorable al derecho al aborto “como tema de salud pública”, pero luego retrocedio. Acá el PT se choca nuevamente con la realidad de los 13 años que estuvo al frente del gobierno, en los que favoreció al agronegocio que hoy es parte del ataque a los pueblos originarios, dirigió la misión en Haití y creó unidades policiales de cercanía en las favelas, ambas políticas de especial violencia contra los afrodecendientes, y no se legalizó el aborto.

En definitiva, Lula y Bolsonaro encarnan distintos proyectos de administración del capitalismo brasileño. Es importante tenerlos bien diferenciados para denunciar y combatir frontalmente al reaccionarismo de Bolsonaro, que tiene graves consecuencias para las condiciones de vida de las masas, pero también para evaluar correctamente el proyecto de Lula, que busca generar la ilusión de que es posible un desarrollo capitalista más inclusivo, que es posible conciliar los intereses de los trabajadores y las grandes patronales. Una ilusión que se demostró falsa en los 13 años de gobierno del PT y reaccionaria con el golpe institucional, justamente porque impidió luchar y abrió el espacio para el crecimiento de la extrema derecha.

LID: Pensando en los escenarios estratégicos del país hacia las elecciones y más allá de ellas, ¿qué plantea el Movimento Revolucionário de Trabalhadores [grupo que impulsa Esquerda Diario en Brasil]?

El fin de semana pasado realizamos una Convención para debatir la política electoral que vamos a llevar adelante. Ahí ratificamos la pelea que venimos dando por construir un polo desde donde la clase trabajadora pueda desarrollar una salida independiente de estas dos variantes capitalistas, que juegue un papel en la lucha de clases, pero que presente también una alternativa política, incluso en las elecciones, que enfrente cualquier amenaza golpista de la extrema derecha sin sucumbir a la política conciliadora del PT, que solo sirve para debilitar esa batalla.

La izquierda se encuentra en una importante crisis y reorganización por la política del PSOL, el principal partido a la izquierda del PT, que está completamente subordinado a la lista Lula-Alckmin y preparándose posiblemente para una experiencia ministerial en ese eventual nuevo gobierno. Además, está conformando una Federación [una fusión de al menos cuatro años con un programa y un órgano de dirección comunes] con REDE de Marina Silva, un partido burgués financiado por bancos. Algunos sectores ya empiezan a romper con el PSOL por esa política.

Por eso, en la Convención decidimos fortalecer Esquerda Diario y las iniciativas que venimos teniendo ante la crisis y reorganización de la izquierda y abrimos el diario a todos los activistas, intelectuales y organizaciones que rechazan esa dilución del PSOL, los invitamos a debatir con nosotros en el programa Esquerda em Debate, donde ya hemos conversado con Vladmir Safatle y Plinio de Arruda Sampaio Jr, además de dirigentes de organizaciones como del PSTU, CST entre otros activistas.

LID: Y sobre la intervención en las próximas elecciones, ¿qué decidió la Convención?

Elegimos también las candidaturas del MRT que disputarán las próximas elecciones por el Polo Socialista Revolucionario, que es un espacio que compartimos con el Partido Socialista de los Trabajadores Unificado (PSTU), la Corriente Socialista de los Trabajadores (CST) y varias otras organizaciones y activistas. Allí venimos planteando la necesidad de construir un método de unidad alrededor de la defensa de la independencia de la clase trabajadora, que permita tratar nuestras diferencias, que son varias. Por ejemplo, en temas importantes como la guerra en Ucrania, sobre el golpe institucional en Brasil o sobre la policía.

Presentamos al Polo Socialista Revolucionario, junto a más de 1500 firmas de apoyo, el nombre de nuestro compañero Marcello Pablito, trabajador de la Universidad de San Pablo y miembro de la Secretaría de negros y negras de su sindicato (Sintusp), para acompañar como vice a la candidata Vera del PSTU en la fórmula presidencial.

La Convención eligió además las candidaturas de Maíra Machado, docente y exdirigente del Sindicato de los docentes de San Pablo (Apeoesp), Carolina Cacau, docente en Río de Janeiro, Flávia Valle, docente en Minas Gerais y Valéria Muller, trabajadora de la educación en Rio Grande do Sul.

Las compañeras vienen siendo parte de las luchas y huelgas de los últimos meses, denunciando la política traidora de las centrales sindicales, exigiendo que dejen la tregua, porque hay que pelear por una salida de la clase trabajadora, por un programa que enfrente a la extrema derecha, a la crisis y que responda verdaderamente a las necesidades populares.

Queremos levantar un programa para que sean los capitalistas los que paguen la crisis, como hace el Frente de Izquierda y de los Trabajadores Unidad en Argentina, con diputados como Nicolás del Caño, Myriam Bregman y Alejandro Vilca, del PTS, nuestro grupo hermano.


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