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Opinión
El ‘talvismo’ y la renovación que no fue
Damián Recoba

La renuncia del ex Canciller Ernesto Talvi ocasionó un gran desconcierto en buena parte de la opinión pública. Uno de los puntos fuertes de su carta es su sinceridad con respecto a su relación con la política: "No es lo mío". ¿Y ahora? ¿Cuáles son sus consecuencias?

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La renuncia del ex Canciller Ernesto Talvi ocasionó un gran desconcierto en buena parte de la opinión pública. El ex director de CERES se retira de la actividad política luego de cortocircuitos con el presidente y con el secretario general de su propio partido, Julio María Sanguinetti. Desde hace algún tiempo las versiones que circulaban por los corrillos hacían hincapié en los problemas de relacionamiento del ex líder de Ciudadanos dentro y fuera de su sector. Uno de los puntos fuertes de su carta es su sinceridad con respecto a su relación con la política: "No es lo mío". ¿Y ahora? ¿Cuáles son sus consecuencias?

En tiempos de desconfianza creciente en la política tradicional y en los “políticos” como casta, no ser un político profesional y ser un inexperiente en la materia puede transformarse de defecto en una virtud. Ernesto Talvi siempre lo supo y en su construcción política acentuó rasgos no tradicionales. Aunque negando ser un outsider de la política, fue una de las nuevas caras que pobló el sistema político el año pasado junto a Manini y Juan Sartori. Fue parte de la novedad en el sistema de partidos y en el esquema de actores políticos relevantes.

Desde 2014 el mundo empresarial venía pidiendo señales de ajuste. El año 2018 el grito se volvió clamor y el movimiento Un Solo Uruguay (USU) canalizó las exigencias de las patronales del campo y la ciudad. Ernesto Talvi con su entrada al sistema político buscaba colaborar con un cambio de orientación política en el gobierno y en una nueva visión sobre el rol del estado. Se rodeó de colaboradores como el Ing. Eduardo Blasina (vocero de USU) y desembarcó en la arena política. Tuvo que construir un discurso de apariencia batllista, apelando a la famosa frase que escribiera José Batlle y Ordoñez desde París a Domingo Arena en 1908: “Yo pienso aquí en lo que podríamos hacer para construir un pequeño país modelo”. Su tarea central como candidato fue poner en pie un relato y una candidatura que matizara su paso por la Universidad de Chicago o su entrada al Banco Central de la mano de Ramón Díaz en los años 90’. El hecho de ser una figura promovida por el mismísimo Jorge Batlle y pasar a ser casi que un “hijo político” fue una carta de presentación que luego se volvió un estigma que también tuvo que combatir el fundador de Ciudadanos.

Ernesto Talvi ingresó a la política partidaria dejando a un lado a Julio María Sanguinetti y rechazando el apoyo de su aparato. Esto le hizo ganar un adversario interno, pero por otra parte constituyó un acto fundacional del talvismo y parte importante de su capital político posterior se basó en el convencimiento que causó en un sector de la población su manera de hacer política. Esto fue un pilar central a la hora de instalar su imagen pública. La impronta de colorado batllista, técnico, venido del mundo de las ideas, preocupado por mostrarse solvente en ese terreno y que hablaba de construir 136 liceos, como contraposición al pragmatismo realista, calculador del ex-presidente.

Si miramos los partidos desde la historia de sus ideas, el batllismo de los orígenes hace mucho tiempo partió del Partido Colorado. Lo que quedó fue sanguinettismo y el jorgismo, un intento de reconversión de la vieja lista 15 al neoliberalismo más radicalizado. El talvismo, si cabe la denominación, intentó armonizar agenda de derechos, discurso progresista en lo social y liberalismo económico, ubicándose en el campo de los que venían a recuperar la rentabilidad empresarial. De inspiración muy profunda en el Partido Demócrata estadounidense y en Barack Obama, a quién Talvi elogió en más de una oportunidad.

Más allá de lo que podemos opinar los convencidos y los que habitamos el “círculo rojo” sobre Talvi (si es más o menos neoliberal, etc), es interesante ver cuál fue la percepción en sectores de la población sobre su figura. Es decir, la importancia no está en el discurso del candidato solamente, sino en lo que expresa y en cómo se percibe en la opinión pública. Y Talvi fue el último intento de mostrar a un Partido Colorado con aspectos de épica batllista, “moderno”, social-liberal, y que pudiera volver a recomponer la relación histórica con sectores medios urbanos medianamente ilustrados y pequeños comerciantes con ideas de ascenso social y reivindicadores de la educación, que en importante cantidad habían emigrado al Frente Amplio, fundamentalmente después de la crisis del 2002. En este sentido, sus votantes tienen derecho a sentirse desilusionados. Una parte importante de los apoyos de Ciudadanos se consideraban “de centro” y Talvi pidió su voto para “evitar los desbordes” por derecha, tanto de los militaristas como de los conservadores antiderechos. Antes, fue necesario que dejara de lado cierto ropaje idealista que le impedía compartir un proyecto coalicionista con Cabildo Abierto y cruzará el "océano" que el mismo planteó que los dividía.

Después de la elección de noviembre Talvi cometió distintos errores no forzados. Aceptó ser parte del ejecutivo, lo que le quitaba relevancia como socio una fracción importante de la coalición. Quizás por inexperiencia, o por una necesidad de mantener la unidad y los equilibrios en el Partido Colorado, eligió darle el mando del partido a Batllistas, la fracción perdedora de la interna. De un momento a otro Talvi se encontró con la contradicción de ser el funcionario del gobierno con mayor consideración pública por su actuación en la pandemia y al mismo tiempo estar con un pie afuera del ejecutivo, y por otro lado, sin las riendas de su propio partido.

Pensando en 2024 la renuncia de Talvi es un alivio para sus virtuales contendientes con aspiraciones presidenciales: Álvaro Delgado y Manini. A nivel de la coalición y la gobernabilidad para el gobierno, Lacalle Pou no tendrá a Talvi cuestionando sus decisiones desde la tribuna parlamentaria y eso puede generarle un alivio [1] . Sin embargo, hay un debilitamiento de una pata centro que fue clave para el triunfo electoral de noviembre. Hay también una impugnación del presidencialismo de Lacalle, que no fue solo cuestionado por Talvi, sino que es cuestionado por varios sectores del arco multicolor que exigen una mesa de la coalición, una especie de colegiado ad-hoc.

Los rumores de peregrinaciones para lograr la vuelta de Pedro Bordaberry son una muestra de la debilidad estructural en la que queda sumido el Partido Colorado. En síntesis, gana el gobierno, pero pierden los colorados que se encuentran en una carrera contra la historia por sobrevivir como corriente política con peso propio.

Coyunturalmente los colorados quedan más alineados con el gobierno, dirigido por un Sanguinetti que guarda un compromiso con la coalición como ningún otro socio ha demostrado. Sin embargo, encierra la debilidad estratégica de que el sanguinettismo como corriente política tiene fecha de vencimiento y no aparece la renovación. Quizás Batllistas avance en absorber a la diáspora que puede surgir de la evidente crisis de Ciudadanos. Un coloradismo sanguinettista como apéndice del herrerismo es un proyecto histórico que, sin una expresión que pueda reflejar el centro político, y con Cabildo Abierto a su derecha, puede generar un problema importante. En todo caso la vuelta de Bordaberry sería en sintonía con colocar de nuevo al PC en un lugar más claro de la derecha política y disputar con Manini Ríos la prevalencia en ese espacio ideológico, social y cultural.

Además, gobernabilidad desde el punto de vista parlamentario no significa automáticamente gobernabilidad y consenso entre las distintas clases sociales. Aquí la coalición corre el riesgo de perder representatividad política en una franja importante de la sociedad. Dato importante si tenemos en cuenta que se está procesando un ajuste de magnitudes históricas económica y socialmente contra las condiciones de vida de importantes sectores de la clase trabajadora y que tarde o temprano impactará sobre las capas medias.

No es menos importantes los sentimientos y sensaciones que se palpan en el ambiente político y las redes sociales desde conocida la renuncia. No solo existen los decepcionados con Ernesto Talvi, sino también los que se decepcionan de la política. En un sector de la sociedad esta situación del hombre honesto que ingresa al mundo política, hace su experiencia y concluye que no es lo suyo, pegando el portazo decepcionado, puede reforzar el sentimiento de la antipolítica, que por cierto, ya existe en el mundo y crecientemente en nuestro país, y Cabildo Abierto es su expresión brutal por derecha.

 
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