Política Venezuela

DOSSIER – 29 AÑOS DEL CARACAZO

Voces del Caracazo: la disputa política por la memoria*

Las distintas definiciones y apropiaciones alrededor del 27 y 28 F del ’89. Las del orden de entonces, las del que le sucedió, así como las de la academia y las corrientes políticas en la izquierda, se asoman en este ensayo que publicamos.

Livia Vargas González

liviasartre@gmail.com

Miércoles 28 de febrero | 22:20

Ilustración de Samuel Bravo

Continuando con las colaboraciones para La Izquierda Diario en este nuevo aniversario de la rebelión popular del ’89, presentamos un ensayo teórico, como Tribuna Abierta, que constituye el abreboca de un proyecto de investigación a fondo sobre El Caracazo visto desde la teoría de la historia. A partir de una minuciosa revisión de las definiciones de distintos autores y corrientes de la izquierda en el país, se muestra un panorama interesante sobre las diferentes lecturas que se tienen de este momento de la historia nacional. Livia Vargas González es graduada en filosofía, profesora de la Escuela de Sociología de la Universidad Central de Venezuela, actualmente cursando doctorado en Historia en la Universidad Federal de Ouro Preto.

* * *

Las sublevaciones pertenecen a la historia. Pero, de una cierta manera, se le escapan. El movimiento por el cual un hombre solo, un grupo, una minoría o un pueblo entero dice: ‘No obedezco más’ y echa en la cara de un poder que estima injusto el riesgo de su vida –ese momento me parece irreductible. Porque ningún poder es capaz de hacerlo absolutamente imposible”.

Michel Foucault, “¿Inútil sublevarse?”.(1)

O dia que o morro descer e não for Carnaval / ninguém vai ficar para assistir o desfile final (...). Não tem órgão oficial, nem governo, nem Liga / nem autoridade que compre essa briga / ninguém sabe a força desse pessoal / melhor é o Poder devolver à esse povo a alegria / senão todo mundo vai sambar no dia / em que o morro descer e não for Carnaval”.

Wilson das Neves, "O dia em que o morro desceu e não for Carnaval".

Ruido, gritos… silencio. En las calles, en las plazas, en las redes, en las pantallas se habla, “se conoce”, se conmemora, se nombra aquella grieta que, un febrero del año 1989, distorsionó y alteró el flujo continuo de la historia contemporánea de Venezuela. Caracazo, Sacudón, 27-F, “el día en que bajaron los cerros”, son algunos de los nombres con los que se le ha dado identidad a ese estallido que sorprendió y perturbó la estabilidad social y política del régimen democrático “puntofijista” venezolano. La magnitud, la fuerza, la expansión por todo el territorio nacional y los saldos de sangre impidieron que el episodio pasara al “olvido” para quienes vivimos aquella época.

¿Cómo surgió esa explosión? ¿Quién la condujo? ¿Quiénes fueron los sujetos? ¿Quiénes los responsables? ¿Cuáles los saldos? ¿Cuáles sus causas? ¿Cuál su naturaleza? Académicxs, periodistas, organismos de derechos humanos, representantes gremiales, religiosos, políticos y del Estado formaron parte del torbellino de interpretaciones que emergió en aquellos años. No obstante, para la narrativa oficial de entonces el 27-F no era una fecha para conmemorar, lo importante era disciplinar esa “masa caótica” que bajó de los cerros y dejar el miedo sembrado en la memoria colectiva.

Investigadorxs, defensorxs de los DDHH, movimientos y organizaciones sociales centraron el esfuerzo en compilar pruebas, fuentes y testimonios tanto para registrar el saldo de muertes, desaparecidos y detenidos producto de las medidas represivas tomadas por el Estado, como para construir narrativas del 27-F pensadas desde el lugar de lxs que irrumpieron. Por el otro, la política del Estado, con apoyo de los principales medios de comunicación, se centró en construir una narrativa para criminalizar la explosión social, dada la imposibilidad de ocultar lo que había acontecido durante aquellos días.

Lo inverso ocurrirá en los últimos 20 años. Especialmente después de la llegada de Hugo Chávez Frías al poder, el Estado asumirá como política suya la reivindicación del 27-F como parte de la historia reciente venezolana, una historia signada por su carácter transformador y emancipador. El Caracazo marcará el inicio de un nuevo periodo en la Historia contemporánea de Venezuela, a saber, el del “proceso bolivariano”.

Mientras, en los terrenos de la academia alguno que otro murmullo tímido se asoma en las arenas desérticas donde habita la reflexión sobre el 27-F. Llama la atención, por ejemplo, cómo en los últimos años el gobierno venezolano ha consolidado una memoria del Caracazo dentro del calendario de conmemoraciones nacionales a través de actos, manifestaciones, canciones, revistas divulgativas, reportajes, conferencias, programas de televisión, etc., y cómo, por el contrario, en sus centros de investigación y divulgación académicos no se encuentran producciones que tengan entre sus objetos de reflexión al 27-F.

Trazar una panorámica de las lecturas y narrativas sobre el Caracazo tendrá que tener en cuenta los discursos que se tejen y producen en el campo de la opinión pública y la propaganda. Las siguientes líneas presentarán algunas de las interpretaciones y perspectivas de análisis que existen sobre el 27-F, atendiendo a su valoración histórica como ruptura, como génesis o como resultado de un proceso de desgaste económico y político.

Los medios, sus voces, sus medios: la(s) historia(s) oficial (es)

A un Estado le atañe no solo el monopolio de la fuerza sino la hegemonía de la narrativa histórica. El impacto material, social y simbólico del 27-F hizo de la construcción de una narrativa del Caracazo una de las tareas propagandísticas más importantes del Estado y sus gobiernos. Para los defensores del pacto social y político de la democracia puntofijista, el Caracazo será tomado por una manifestación caótica e irracional que desestabilizó momentáneamente el régimen democrático que luego será restablecido con la suspensión de las garantías constitucionales. Para los defensores del nuevo pacto social y político que nació con la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela del año 1999, el Caracazo representará el punto de partida y la génesis de un nuevo periodo histórico: “la revolución bolivariana”.

Ambas narrativas comparten la consideración del 27-F como un episodio monstruoso que desestabilizó el orden, pero se diferencian en el sentido que dan a esta “monstruosidad”. Mientras el régimen puntofijista buscará construir memorias que suturen la herida para recomponer y restituir el orden social, político e institucional de la democracia, el régimen “bolivariano” buscará profundizarla.

Durante los años anteriores a la llegada de Hugo Chávez al poder, algunos portavoces de los sectores dominantes caracterizarán al Caracazo como una acción vandálica que debió ser sometida para poder restablecer la institucionalidad democrática. Es lo que se vemos en la afirmación del Gral. de División Humberto Seijas Pittaluga sobre la explosión social, para quien las “turbas que actuaron con inusitada violencia (...) no son expresión del pueblo (...), cuando mucho llegan a hez y horda al mismo tiempo”(2), reduciendo la explosión del 27-F a una simple manifestación irracional, propia de la más primitiva de las formas de organización social: “la horda”. Una idea similar se expresa en el titular de la primera página del diario de divulgación nacional El Mundo(3) : “100 muertos y 1.500 heridos dejó la ola de pillaje y de saqueo”, acompañado por el subtítulo: “Rescatadas más de mil personas secuestradas por pillos”.

Con la criminalización del estallido, de sus acciones y de sus sujetos bajo el rótulo de “pillaje”, “saqueo”, “pillos” se irán tejiendo las tramas para la narrativa oficial: el Caracazo fue un acto vandálico que el Estado debió someter para garantizar la institucionalidad y continuidad del sistema político venezolano. Así, la línea editorial y de propaganda de los principales medios de comunicación servirá de tribuna para la difusión y consolidación de esa narrativa:

Tras el 27-F no faltaron las campañas “concentizadoras” que inculpaban a la población de lo sucedido, haciéndola sentir avergonzada por lo ocurrido. Los fallecidos dejaron de ser venezolanos para pasar a convertirse en vándalos y protagonistas del pillaje y el vandalismo; su vida, por lo tanto, no valía nada para los uniformados civiles y militares (…) y su muerte estaba bien justificada.(4)

Al tiempo que criminalizaban la explosión social, los medios de prensa instalaban el miedo en la población. A los seis días de la explosión, un titular de prensa anunciaría: “Más de 800 muertos en Caracas según lista extraoficial en seis días de violencia”, y en los subtítulos del mismo titular: “Heridos pasan de 5 mil según cifras”, “la morgue guarda silencio y se niega a dar información”(5) . El día anterior, el mismo diario publicará la siguiente noticia:

En una fosa común han sido enterrados 120 cadáveres durante la madrugada y la mañana de ayer con el objeto de descongestionar la morgue de Bello Monte, que se encuentra abarrotada después de cinco días de violencia en el área metropolitana. En una decisión de los ministerios de Sanidad y de Justicia, los efectivos de Defensa Civil improvisaron una fosa común, en el lugar conocido como La Peste en el Cementerio General del Sur, donde sepultaron a más de un centenar de hombres, mujeres y niños considerados ‘sin familia’, ‘delincuentes’, ‘mendigos’, ‘indocumentados’, ‘extranjeros’ o simplemente personas asesinadas en medio de las reyertas y turbas que saqueaban los comercios.(6)

El mensaje era claro: todo desafío al orden social y político establecido, todo acto de rebelión popular que intentase pasarle por encima a los mecanismos políticos institucionales para expresar su descontento, sería respondido con muerte y represión.

Pero el estallido del 27-F había dejado también otro mensaje: la institucionalidad democrática, con todo su engranaje de gremios y de partidos, no supo encauzar ni orientar el descontento acumulado de los sectores populares. De modo que la propaganda oficial debió dar cierto grado de legitimidad a la rebelión. Restablecer el orden pasaba, pues, por restituir el consenso social y ello implicaba reconocer las exigencias materiales que estaban implícitas en aquella explosión, así como el fracaso del régimen de representación política para contenerla.

No faltará quien asuma al Caracazo como una lección para reconocer los costos del distanciamiento de la institucionalidad política con el pueblo. Para el expresidente de la República Rafael Caldera, por ejemplo, el Caracazo significará un quiebre del régimen democrático generado por lxs hambrientxs: “El escaparate lo rompieron los hambrientos que no quieren someterse a los moldes férreos del Fondo Monetario Internacional’”(7).El mismo Carlos Andrés Pérez (CAP) llegará a afirmar que el 27-F “fue una acción de los pobres contra los ricos, contra las riquezas y no contra el gobierno (...) Pero no fue una acción contra el gobierno ni orquestada por algún movimiento político”(8) . Tanto Caldera como Pérez asumirán como objeto del descontento social a los actores económicos y no a los actores políticos, sacando de la escena a la institucionalidad política que, al final, debió tomar las medidas represivas necesarias para salvar la estabilidad y el orden social. Para el primero, la explosión estará dirigida contra el FMI. Para el segundo, contra los ricos.

Aun con sus matices, estas lecturas buscarán minimizar el impacto histórico y político del Caracazo como ruptura. Vándalos, pillos, pobres o hambrientos, horda o turba, la explosión será solo la anomalía de un sistema político que debió tomar medidas “drásticas” para restablecerse.

Después del triunfo electoral de Chávez la representación sobre el Caracazo construida por el Estado dará un giro de 180º. Heredero del “poder popular”, el proceso político que se inicia a partir de entonces incluirá en su narrativa histórica al 27-F como el punto de quiebre que inaugura el ocaso de la democracia “puntofijista” y el punto de partida de un nuevo periodo histórico: “la Revolución de esta época comenzó en Venezuela, hace 20 años, cuando el Caracazo”(9), le dirá Chávez a una periodista. Así, de ocultar o minimizar su relevancia histórica, social y política, el Caracazo será reconocido por el Estado como uno de los momentos más importantes de la historia contemporánea de Venezuela y comenzará a ser conmemorado.

Valga decir que la figura de Chávez encarnará el medio de difusión y de propaganda por excelencia para la construcción de esta nueva narrativa. En un multitudinario evento convocado por el gobierno para conmemorar los 21 años del Caracazo como “Día de la Rebelión Popular”, Chávez dirá:

Hoy estamos a 21 años del Caracazo. Recordemos las causas, no las olvidemos nunca. La burguesía no debe olvidarlas tampoco. Los enemigos del pueblo no deben olvidar la causa: el capitalismo, la causa: el neoliberalismo, la causa: el saqueo de la patria, la causa: el empobrecimiento del país, la causa: el incremento de la miseria y de la pobreza producto del capitalismo, producto del consenso de Washington (…). Estamos obligados a triunfar para que las muertes de nuestros mártires del 27 y 28 de febrero de 1989 no hayan sido en vano.(10)

Cada año el 27-F será conmemorado con grandes eventos convocados por el gobierno. Una amplia producción de crónicas, reportajes, relatos, documentales y artículos de opinión para revivir la memoria del Caracazo inundará los distintos medios de comunicación comunitarios y del Estado. En el año 2005, por ejemplo, las distintas salas de cine del país estarán proyectando El Caracazo, una película encargada por el Estado al cineasta venezolano Román Chalbaud, con una inversión aproximada de $ 1.500.000 que contó con un elenco de 134 actores y 5.000 extras.

Pero el Estado no solo producirá su propia narrativa historiográfica, sino que abrirá el espacio para la difusión de aquellas memorias que habían sido producidas durante los primeros años después del 27-F y que habían estado sepultadas por el “patrimonio cultural” de la democracia puntofijista. Durante esos años serán publicados novelas y relatos testimoniales como Febrero(11) de Argenis Rodríguez, Lo que fue dictando el fuego(12) de Juan Antonio Hernández(13) y Salsa y control de José Roberto Duque. Documentales como Pégale candela (2005), Venezuela 27 de Febrero: de la concertación al desconcierto (1990) y La otra mirada (1991) – estos dos últimos producidos por Cotrain – intentarán recuperar la memoria sobre el Caracazo a partir de los testimonios y voces de los sectores populares.

Quizás la mejor formulación de esta nueva narrativa sobre el 27-F se encuentre resumida en el siguiente pasaje de un artículo de Chávez publicado el día 27 de febrero de 2010 en su columna Las líneas de Chávez:

Un 27 de febrero de 1989 nos cansamos de serlo y dijimos ¡basta!

27 de febrero de 1989: el hecho político de mayor trascendencia del siglo XX venezolano y la fecha del Renacimiento de la Revolución Bolivariana. El mismo año en que caía el muro de Berlín, el pueblo venezolano despertaba y se alzaba contra el Fondo Monetario Internacional y el neoliberalismo, dándole un rotundo mentís a la falacia del “fin de la historia”: una nueva historia comenzaba en Venezuela con la rebelión de los pobres, con la conciencia de lucha, de batalla, que encarnó en las seculares víctimas de la desigualdad y la exclusión. Una nueva historia escrita con la heroica sangre popular venezolana.

A nosotros y nosotras sí que nos está prohibido olvidar: en 1989 se cometió el más grande genocidio de la historia de Venezuela del siglo XX. El más sistemático y criminal ejercicio de terrorismo de Estado se desarrolló en los primeros días de marzo, luego de que la rebelión se había apagado.(14)

Allí se destacan los dos momentos del Caracazo y su valoración. Por un lado, el 27-F no solo significará el evento político más relevante de la historia contemporánea venezolana, o la fecha del “renacimiento de la Revolución bolivariana”, sino la rebelión del pueblo contra el neoliberalismo y la falsación del “fin de la historia”. Por el otro, la represión desmedida será concebida como “el genocidio más grande” en la historia contemporánea venezolana cometido por el Estado.

En la disputa por la hegemonía de las narraciones históricas, el Caracazo pasará de ser una “anomalía” del sistema democrático, a la ruptura que inauguró el “periodo revolucionario”. Para el Estado del régimen democrático “puntofijista”, lo que no puede repetirse en la historia venezolana es el momento de la irrupción. Para el Estado del régimen “revolucionario bolivariano”, lo que no podrá repetirse jamás es lo ocurrido en el momento de la masacre.

Sentidos y lecturas del Caracazo: la disputa teórico-política

Formarán parte del catálogo literario del Caracazo los estudios sobre violación de derechos humanos y sobre el papel de los medios de comunicación durante aquellos días, análisis y reflexiones sobre la legitimidad política del Estado y del régimen de representación democrática, caracterización del estallido como fenómeno social, histórico y/o político, descripciones del suceso, recopilaciones testimoniales.

De toda esta gama literaria, quisiera hacer mención especial del séptimo volumen de Tierra Firme. Revista de Historia y Ciencias Sociales(15),publicado pocos meses después de los eventos del 27 de Febrero de 1989. En ella se compilan textos que abarcan desde reflexiones teóricas hasta comunicados y documentos gremiales publicados durante los días en que se desarrollaron los hechos. Así, por ejemplo, encontraremos sendos comunicados emitidos por el Consejo Nacional de los Trabajadores y el Pueblo y por la Federación de Profesores Universitarios de Venezuela (FAPUV) en los que se pronuncian contra las medidas neoliberales contempladas en el paquete económico aprobado por CAP e impuesto por el FMI. También encontraremos artículos que reflexionan sobre la naturaleza de la rebelión del 27-F o sobre la represión para derrotarla. Junto con los números de abril y mayo de la Revista SIC(16) publicada por el Centro Gumilla, el séptimo volumen de Tierra Firme ofrece y compila las primeras reflexiones teóricas escritas sobre El Caracazo.

Durante los años inmediatamente posteriores, el Caracazo será reflexionado en artículos, ensayos, libros y documentos teórico-políticos producidos no solo por investigadorxs y académicos, sino también por intelectuales políticos, instituciones, gremios y organizaciones. La intensidad de esta producción, sin embargo, irá mermando con los años. Presentamos aquí algunas de las hipótesis de interpretación sobre el Caracazo.

1ra hipótesis: crisis de legitimidad del régimen democrático

Algunas de las interpretaciones más comunes sobre el 27-F encontrarán en este la consecuencia de un proceso de desgaste del régimen democrático burgués nacido el 23 de Enero de 1958, cuyas bases reposan en el carácter dependiente de la estructura socioeconómica venezolana sostenida por un modelo rentista y monoproductor. Si bien imprevisible y espontáneo, el estallido tendrá sus raíces en la crisis de un sistema político que, gracias a las bondades de la renta petrolera, había sabido mantener la paz social a pesar de las grandes desigualdades que habitaban en su seno.

Esta será la lectura de Margarita López Maya, una de las figuras académicas que más ha investigado sobre los procesos de conflicto y los movimientos sociales en Venezuela. En un artículo escrito a cuatro manos junto con Luis Lander, afirmará:

El Caracazo o Sacudón (…) puso al descubierto un proceso de deslegitimación del sistema político venezolano que ya venía en marcha, y abrió además la puerta para posteriores sucesos, como los dos golpes de Estado fallidos de 1992 y la destitución del presidente Pérez en 1993. Un antecedente dramático y determinante.(17)

Por su impacto, su fuerza, su extensión y sus niveles de violencia, el 27-F será un episodio sin precedentes en la historia contemporánea de Venezuela, por medio del cual los sectores populares expresarán su descontento.

Para Luis Calcaño, el Caracazo será más que una insurrección. Los dos primeros días (27 y 28 de febrero) significarán, a su juicio, una disolución temporal del orden social y político en la que grupos sociales heterogéneos, en un primer momento, se volcarán a las calles para recuperar los bienes que habían sido acaparados por los dueños de los comercios. Los sucesos del Caracazo serán la respuesta material y simbólica a una crisis de legitimidad del régimen político venezolano que, hasta entonces, había podido mantener una continuidad ininterrumpida:

La percepción de un enriquecimiento acelerado de las élites en simultáneo con un deterioro tangible del nivel de vida de la mayoría era, por sí misma, un factor potencialmente deslegitimador del orden político. Pero a ella se agregó la separación creciente entre las élites partidistas y las bases populares, las cuales, si bien siguieron suministrando los votos requeridos en cada ocasión, parecían hacerlo cada vez con más dudas y reticencia. Aunque los sucesos del 27 de febrero simbolizaron esta ruptura del vínculo, ella había comenzado mucho antes.(18)

Para Raquel Gamus, el Caracazo será la expresión de una gran frustración de las expectativas surgidas el 23 de Enero de 1958 que esperaban, con el nacimiento del sistema democrático, la conformación de un régimen de igualdades y de justicia social que nunca llegó. La implementación, por parte del Estado, de un programa económico populista y capitalista dependiente que no resolvía las grandes desigualdades sociales, así como el ejercicio de una política represiva que atentaba contra las libertades democráticas, irá erosionando la legitimidad de la democracia representativa venezolana. Por otro lado, la estrategia insurreccional asumida por buena parte de los partidos izquierda, al aislarse de los sectores populares, terminará fracasando como alternativa política y será derrotada por la política de pacificación implementada durante el primer gobierno de Rafael Caldera, a finales de la década del 60, dejando al pueblo trabajador sin alternativas ni referencias políticas que confrontasen la “democracia autoritaria”(19) que regía en el país.

“Ante esta democracia cada vez más imperfecta, al ciudadano común le quedaban pocas alternativas; aquel que mantuvo conciencia de sus derechos y se condolió por el deterioro del país, se vio sometido al aislamiento, pues no había cómo canalizar sus inquietudes”(20). En este contexto Carlos Andrés Pérez (CAP) asumirá su segundo mandato como presidente de la República (el 2 de febrero de 1989), con la imposición de las medidas económicas acordadas con el FMI. En un escenario de especulación económica y gran escasez de alimentos, el aumento arbitrario de los precios del transporte público será el detonante del estallido social del 27-F, cuyas razones se encuentran en la frustración y descontento acumulados durante los últimos treinta años de democracia.

Estas interpretaciones buscarán las razones del Caracazo tanto en la conformación del régimen político de la democracia puntofijista, como en la estructura económica venezolana, caracterizada por su carácter rentista y dependiente. Así, el fin de la “bonanza petrolera”(21) , que había permitido instaurar una relación clientelar con los sectores populares y disimular las grandes desigualdades económicas y sociales, recaerá fundamentalmente sobre los sectores populares, creando las condiciones para lo que luego sería un gran estallido social alimentado por el descontento.

2da hipótesis: la ruptura

En la disputa por la caracterización histórico-política del 27-F, algunos autores encontrarán en este un punto discontinuo en la historia contemporánea venezolana, esto es, la emergencia de una fuerza imprevisible e inédita que quebró la estabilidad de la democracia representativa venezolana y en la que tomó forma un nuevo agente social y político.

Una de las voces que abanderará esta tesis será la de Roland Denis, quien participó en la explosión del 27-F y fue víctima de la represión de los días posteriores. A su juicio, el Caracazo será

un movimiento de ruptura inauguratorio de la historia y de allí su carácter profundamente revolucionario (…). El problema es que al quebrar la historia aparecen nuevos sujetos y aparece una lealtad colectiva a ese nuevo espíritu, hay verdades que se crean en los acontecimientos. (…) la verdad de la rebelión, de la autonomía, la condición política y ontológica del pueblo como factor fundamental del quehacer histórico, se hace allí.(22)

Denis se refiere al Caracazo como punto de ruptura al tiempo que como emergencia genética de la cual nacerá una nueva verdad: la de la rebelión popular que dará forma al proceso social y político posterior. En contraste con la hipótesis espontaneista, en la lectura de Denis el Caracazo tendrá tras de sí unas formas de lucha y de protesta que irán gestándose al margen de las formas tradicionales lideradas por los partidos y las organizaciones de izquierda(23).Su tesis destacará, además, cómo de aquella explosión intempestiva e inicialmente caótica se irá germinando un proceso de politización que anuncia un nuevo sujeto político y un objetivo hacia el cual dirigir toda aquella fuerza avasalladora: “eran movilizaciones con banderas, con consignas que empezaban a regarse por todos lados, ‘abajo el gobierno’, ‘viva el pueblo’”(24).

Lo central de la lectura de Denis descansa en la idea de considerar, del mismo modo que Chávez, al Caracazo como el punto de partida de un nuevo periodo en la historia de Venezuela, idea que sostendrá en Los fabricantes de la rebelión, un libro en el cual reflexiona sobre el “proceso político bolivariano”(25) . De este modo, el 27-F producirá una nueva historicidad vinculada al pasado invisible de “los de abajo”, que inaugura un horizonte social y político que alterará el rumbo de la historia de Venezuela.

Compartiendo la tesis del Caracazo como ruptura y emergencia imprevista, Reinaldo Iturriza centrará su preocupación en su estatuto político, tomando como punto de partida la pregunta por el sujeto. Poniendo en cuestión las lecturas que encuentran en el estallido social del 27-F solo una manifestación irracional, caótica y al margen de la política, Iturriza asumirá al Caracazo como un suceso(26) eminentemente político cuya potencia disruptiva se expresará en dos dimensiones. Por un lado, la emergencia de nuevas formas de conexión de una multitud variopinta que quebrará la estrechez de horizontes establecida por las reglas del juego de una política institucionalizada. Por el otro, su devenir suceso, esto es, pasar de la protesta rutinaria a la irrupción imprevisible y generalizada contra el orden establecido.

Según Iturriza, lo realmente inédito del 27-F será la forma del sujeto político: la turba, que estará “compuesta de ‘pueblo corriente’, pero también de malandros y militantes de ultraizquierda. Lo novedoso es la conexión que establecen entre sí estos elementos, de lo que puede resultar una ‘marejada feliz e incontenible’”(27) . La turba será esta unidad heterogénea que excederá los límites de la política institucionalizada y se abrirá al juego de las combinaciones impredecibles que surgen entre los distintos elementos que la componen. He allí el carácter profundamente político del 27-F: ese devenir “marejada indetenible”, “bestia-absoluta”, que no tendrá como objetivo la toma del poder porque ya, de hecho, lo ejerce.

A diferencia de Denis, para quien la emergencia del Caracazo no deviene de la espontaneidad o de la nada, ni se cierra en la inmediatez de su producción, Iturriza resaltará este carácter profundamente inédito de un sujeto político cuya forma resultará de las dinámicas de relación entre sus elementos. A diferencia de la clase o el pueblo, la turba no tendrá demarcaciones, pues se produce y produce las reglas del juego en la materialización inmanente de su propia emergencia.

La turba tampoco se plantea como objetivo la toma del poder político. Lo cual no niega que ella sea, efectivamente, una forma de existencia política. Todo su funcionamiento, su existencia misma es ya un ejercicio de poder contra el Estado, o más bien contra unas ciertas y determinadas formas de poder (…). Sin duda alguna, la turba ha demostrado saber mejor que la izquierda que el poder se ejerce más que se posee.(28)

Pero, ¿cuánto dura ese ejercicio? La idea de discontinuidad en la tesis de Iturriza es profundamente radical. El suceso del 27-F, esa turba que quebrantó el orden político, carece de temporalidad. Sin anclajes con el pasado ni estrategias hacia el futuro, él se cierra en la instantaneidad de su propio devenir.

Las apuestas interpretativas de Denis y de Iturriza reconocen la explosión del 27-F como una discontinuidad. Ambos autores, además, priorizan la dimensión política que le subyace, dejando a un lado la discusión de los aspectos de orden estructural y económico que hicieron parte de este evento. En el caso de Iturriza, inclusive, la explosión del 27-F fue una sublevación contra las formas institucionalizadas de la política, y no una simple reacción frente a las medidas económicas neoliberales tomadas por el gobierno de Pérez.

Sin embargo, hay algo en lo que difieren Iturriza y Denis. Mientras la idea de ruptura en el planteamiento de Denis anuncia el comienzo de una nueva temporalidad y sitúa al Caracazo en una narrativa histórica; en Iturriza la ruptura es también una ruptura con la temporalidad, lo que se traduce en una radical exclusión del 27-F de cualquier narrativa o dimensión histórica. Para el primero, la ruptura tiene carácter histórico, para el segundo, la ruptura es profundamente antihistórica.

3ra hipótesis: los límites de la ruptura

Crítico feroz de las lecturas románticas del movimientismo y el autonomismo, Manuel Sutherland confrontará la idea según la cual el Caracazo significó una ruptura contra el orden social y político del puntofijismo. El autor cuestionará la beatificación con la que se ha sobrestimado la potencialidad emancipatoria de los sucesos del 27-F, considerándolos, por el contrario, como una gran tragedia histórica. La ausencia de estrategia política partidaria y la legitimación de una estrategia movimientista que rechazaba la importancia de la disputa por el poder político, terminaron por llevar al pueblo a una situación que terminó en una masacre sin precedentes en la historia contemporánea de Venezuela.

El 27F fue un drama, un episodio de arrojo popular que terminó en tragedia. Beatificar este acto es una irresponsabilidad histórica y se constituye como factor de dispersión y confusión. El 27F condujo a un reflujo conservadurista en la lucha de clases. Si bien fue una chispa de ilusión revolucionaria, la inexistencia de dirección organizada muestra de que arte de la insurrección, las mezclas de las luchas legal e ilegal, la construcción del partido y la organización leninista rigurosa es aún la única estrategia (comprobada) de transformación política profunda que puede llevar a los oprimidos a la victoria definitiva sobre el capital.(29)

La falta de una estrategia revolucionaria condujo a que aquella fuerza abrumadora con la que los sectores populares irrumpieron en las calles un 27-F de 1989, terminara en una ruptura fallida de la democracia puntofijista. A la luz de la estructura de clases de la organización social, el Caracazo condujo a un reflujo de “la lucha de clases” que frenó las posibilidades de transformación revolucionaria de la sociedad venezolana.

En un minucioso análisis sobre el Caracazo Elio Colmenarez, dirigente del para entonces Partido Socialista de los Trabajadores (PST), de inspiración trotskista, intentará dar cuenta de las determinaciones que subyacen a lo que a su juicio será una insurrección popular. “A pesar de sus características inesperadas y espontáneas, su origen no podemos buscarlo en señales particulares de esos días, sino en elementos que se fueron incubando durante un largo periodo”(30) . Sin desconocer el carácter imprevisible de aquella insurrección, hará énfasis en las condiciones extraordinarias que derivan de la organización desigual de la sociedad venezolana.

A su juicio, la insurrección del 27-F no surgirá de la nada ni será una manifestación caótica; tras de sí reposan condiciones estructurales, tradiciones de lucha y un profundo sentimiento de hastío. Frente a las condiciones de vida a las que lo había condenado el régimen político y social puntofijista, el pueblo irrumpirá contra el orden movido por un sentimiento de ya no más.

Tomando distintos testimonios, documentos y reflexiones, Colmenarez construirá una narrativa que mostrará las distintas dinámicas de organización y de relación social que se irán tejiendo durante el Caracazo, dando cuenta de las inéditas alianzas que allí se conformaron: estudiantes, comunidades de los barrios, malandros, trabajadores, construirán un nuevo plexo de relaciones que servirá no solo para defender “el barrio” y la calle de los aparatos represivos, sino para establecer nuevos códigos de solidaridad y de relación con la propiedad. “En medio del aparente caos, el pueblo ejercía su control. En los saqueos no había riñas ni peleas (…), nadie se quedaba vacío; el que llegaba tarde siempre recibía algo del que llevaba ‘mucho’. En los barrios, el trueque y el regalo permitían ayudar al que agarró menos” (31).

Si bien inéditas, estas relaciones y estos tejidos se alimentaron de tradiciones y formas de lucha anteriores. Lxs estudiantes enseñaban a las doñas y demás habitantes del barrio a preparar bombas molotov, a hacer barricadas, a quemar cauchos… Una sabiduría insurreccional fue puesta a disposición para que la comunidad mantuviera el control de sus territorios.

No obstante – y esta será la hipótesis fundamental de Colmenarez –, la insurrección del 27-F, que quebró temporalmente el orden social y político del régimen puntofijista, no consiguió llegar hasta el final. El quiebre y la herida, si bien transformaron el panorama histórico, social y político de Venezuela a partir de entonces, no consiguió instaurar un nuevo orden.

En las elaboraciones de la corriente trotskista representada por la Liga de Trabajadores por el Socialismo (LTS), se coincide en la apreciación de Denis al encontrar en el Caracazo el punto de quiebre del régimen puntofijista y el inicio de una nueva “etapa” que exigirá la conformación de un nuevo régimen para recuperar la legitimidad política perdida. Sin embargo, y a diferencia de Denis, este punto de quiebre dista de constituirse en la génesis de un proceso revolucionario y emancipador. Si bien los acontecimientos del 27 y 28 de febrero constituyeron un desafío tanto a la democracia puntofijista como a las políticas neoliberales que se expandían por América Latina, estos no trascendieron su posición defensiva. A diferencia de Iturriza, para quien la ausencia de objetivos se constituyó en el rasgo disruptivo por excelencia de la turba que protagonizó los sucesos del 27-F, encontrarán en este rasgo el límite fundamental que impidió que la rebelión se convirtiera en insurrección y en amenaza real del orden social de la democracia puntofijista.

El Caracazo no fue propiamente una insurrección, al carecer de objetivos de poder y dirección, sin embargo, fue una contundente rebelión popular, defensiva, ante el ataque en regla a las condiciones de vida de la clase obrera y el pueblo pobre, que constituyó una de las más contundentes expresiones de protesta obrera y popular que contra las políticas neoliberales se dieron desde finales de los 80 en América Latina (…). “El día que los cerros bajaron”, el “Caracazo” o “el sacudón”, entró así en la historia de las numerosas revueltas que los explotados, explotadas y pobres han protagonizado a lo largo de la historia ante situaciones inaguantables, acciones espontáneas, con alto nivel de violencia incluso, pero defensivas, por cuanto no tienen como objetivo reemplazar el orden existente sino mostrar, in extremis, la inconformidad con el mismo.(32)

En oposición a la lectura de Sutherland, encontrarán en la rebelión del Caracazo el punto de partida de un periodo de ascenso en la lucha de clases que incrementará la inestabilidad política del régimen puntofijista que, a partir de entonces, no conseguirá un solo momento de tregua. Huelgas y paralizaciones gremiales, desprestigio institucional, constantes movilizaciones de calle, altos índices de abstención electoral, golpes de Estado, fin del régimen de alternancia partidista –popularmente llamado “la guanábana”– entre Acción Democrática (AD) y Copei, serán algunas de las manifestaciones de este periodo que terminará, con la llegada de Chávez al poder, en la instauración de un nuevo pacto político.

Hablamos, pues, del Caracazo como punto de partida de un periodo de decadencia de la democracia puntofijista, pero que, por carecer de una perspectiva estratégica, no consiguió llevar hasta el final su potencialidad emancipatoria y transformadora.

***

Entre la ley y el caos una miríada de narrativas se construye sobre el Caracazo. Por un lado, están los esfuerzos interpretativos por encontrar las razones y sentidos de aquel episodio. Por el otro, estarán las lecturas que resaltan la ausencia de sentidos y causas y que reivindican, por el contrario, la potencialidad disruptiva de su imprevisibilidad y originalidad organizativa.

Acaso valga la pena revisar los límites de aquella apuesta interpretativa que encuentra en el Caracazo el contrapunto de la hipótesis del fin de la historia. Si bien significó un desafío al orden neoliberal que se expandía por el mundo, la renuncia a toda orientación estratégica que llevara hasta el final la fuerza avasallante de la rebelión popular, obligan a evaluar hasta qué punto algo del espíritu presentista no jugó un papel importante en el desenlace de aquel evento.

A 29 años de aquel acontecimiento, asumo el riesgo teórico de indagar sobre el Caracazo teniendo como hipótesis su consideración como acontecimiento, y tomando como premisa teórica la perspectiva benjaminiana sobre la emergencia mesiánica… Pero esta, esta es parte de otra historia.


Notas

* El presente artículo forma parte de la investigación que la autora viene desenvolviendo para la realización de su tesis doctoral en Historia en la UFOP

1. Publicado por primera vez en el diario Le Monde (París), No. 10.661 (11-12 de mayo de 1979), pp. 1-2. Disponible en http://www.sociales.uba.ar/wp-content/uploads/14-Foucault-In%C3%BAtil-Sublebarse.pdf. (Consultado el 04/02/2018).

2. Humberto Seijas Pittaluga, “Lumpen”, El Nacional (Caracas), (10 de marzo de 1989), D-7.

3. El Mundo (Caracas), (1 de marzo de 1989), p. 1.

4. Provea, “27-F: un día en la vida del pueblo, o la vida del pueblo en un día”, Referencias. Boletín de Derechos Humanos y Civiles (Caracas), No. 53, (marzo de 1993), p. 2.

5. Últimas Noticias (Caracas), (5 de marzo de 1989), p. 12.

6. Últimas Noticias (Caracas), (4 de marzo de 1989), p. 10.

7. D. Alvarado, “Caldera atribuye al hambre los saqueos. Dijo al iniciar su intervención en el Senado”, Últimas Noticias (Caracas), (2 de marzo de 1989), p. 7.

8. El Nacional, “Pérez: fue una acción de pobres contra ricos”, El Nacional (Caracas), 4 de marzo de 1989, D/1.

9. Hugo Chávez Frías, “Declaraciones del Comandante Presidente de la República Bolivariana de Venezuela Hugo Chávez, durante la visita a la Megaexposición ‘10 Años de Gobierno Bolivariano’”, Todo Chávez en la web [Web], (01 de febrero de 2009), http://www.todochavez.gob.ve/todochavez/1107-declaraciones-del-comandante-presidente-de-la-republica-bolivariana-de-venezuela-hugo-chavez-durante-la-visita-a-la-megaexposicion-10-anos-de-gobierno-bolivariano. (Consultado el 13/02/2018).

10. Hugo Chávez Frías, Discurso pronunciado en el acto de conmemoración de los 21 años del Caracazo, “Hugo Chavez: 27 de Febrero Día de la Revolución Popular” [video online], https://www.youtube.com/watch?v=wkOuVRH4EWA. (Consultado el 13/02/2018).

11. Argenis Rodríguez, Febrero, Caracas, Comisión Presidencial para la Conmemoración del Vigésimo Aniversario de la Rebelión Cívico-Militar del 4 de febrero de 1992, 2012.

12. Juan Antonio Hernández, Lo que va dictando el fuego, Caracas, Editorial Trinchera, 2015.

13. José Roberto Duque, Salsa y control, Caracas, Monte Ávila Editores, 1996.

14. H. Chávez Frías, “¡Del Caracazo a la Revolución!”, Las líneas de Chávez, Cubadebate [Web], (28 de febrero de 2010), http://www.cubadebate.cu/especiales/2010/02/28/del-caracazo-a-la-revolucion/#.Wo__KK6nGG4. (Consultado el 13/02/2018).

15. Tierra Firme. Revista de Historia y Ciencias Sociales (Caracas), a. VII, vol. 7, No. 25, (ene.-mar. 1989).

16. Revista SIC “El 27 de Febrero” (Caracas), No. 513, (abr. 1989).

17. Margarita López Maya y Luis E. Lander, “Venezuela: protesta popular y lucha hegemónica reciente”, Luchas hegemónicas y cambios recientes en América Latina, M. López Maya, N. Íñigo Carrera y P. Calveiro; ed., Buenos Aires, Clacso, 2008, (pp. 151-172), p. 153.

18. Luis Gómez Calcaño, “Crisis de legitimidad e inestabilidad política en Venezuela”, Revista Venezolana de Economía y Ciencias Sociales (UCV-Caracas), No. 2-3, (ab.-sept. 1995), (pp. 103-164), p. 123.

19. Así llamará Gamus al régimen político nacido en Venezuela a partir del 23 de Enero de 1958.

20. Raquel Gamus, “Venezuela en tres tiempos (a propósito del 27 de Febrero), El Caracazo, varios autores, Caracas, Fundación Editorial El Perro y la Rana, (pp. 25-48), pp. 36 y s. Este libro corresponde a la reedición del 7mo volumen de la revista Tierra Firme, op. cit.

21. Se llama “bonanza petrolera” al ingreso significativo del Producto Interno Bruto (PIB) de un país petrolero producto del aumento significativo de los precios del petróleo. En el caso venezolano, este fenómeno se dio fundamentalmente después de la nacionalización de la empresa petrolera durante el primer gobierno de CAP.

22. R. Denis, T. Gómez y R. Mendoza, “27F. Testimonios”, Día-crítica. Revista de Crítica Cultural (Caracas), No. 7, (2006), p. 45.

23. En el caso venezolano las estrategias de lucha fundamentales que levantará la izquierda serán la lucha armada (guerrilla rural y guerrilla urbana), los paros, las manifestaciones y las huelgas.

24. R. Denis, R. Mendoza y “La Guara”, op. cit., p. 46.

25. R. Denis, Los fabricantes de la rebelión, Caracas, Editorial Primera Línea / Editorial Nuevo Sur, 2001. Ver especialmente el capítulo “La negación de la representación”, pp. 61-66.

26. Iturriza empleará el término “suceso” en el mismo sentido de la idea badiouniana de acontecimiento. Ver R. Iturriza, 27 de febrero de 1989: interpretaciones y estrategias, Caracas, Fundación Editorial El Perro y la Rana, 2006.

27. Ibidem, p. 47.

28. Ibid., p. 55.

29. Manuel Sutherland, “El 27 de Febrero de 1989 en Venezuela”, Dia-crítica. Revista de Crítica Cultural (Caracas), No. 7, (2006), pp. 40-43.

30. Elio Colmenarez, La insurrección de Febrero (análisis para la lucha revolucionaria), Caracas, Ediciones La Chispa, 1989, p. 5.

31. Ibidem, p. 45.

32. Ángel Arias, “El Caracazo: golpe de muerte al ‘puntofijismo’”, La Izquierda Diario [diario online], (27 de febrero de 2017), https://www.laizquierdadiario.com/El-Caracazo-golpe-de-muerte-al-puntofijismo-33182. (Consultado el 26/02/2018).






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