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Viglietti, voz de América, parte II

Elogiado por su amigo Eduardo Galeano como "voz armoniosa que hace temblar las paredes", en el cancionero de Daniel Viglietti conviven diferentes variantes estéticas.

Lunes 17 de abril | 14:47

Estética anarquista

Aunque en un pasaje de "Esdrújulo", Viglietti reconoce que en su creación artística aspira a: "Y con elásticas formas anárquicas tocar lo afónico que suene homérico"; es "Anaclara" el más conmovedor y sentido homenaje a las militantes del movimiento anarquista uruguayo y latinoamericano.

Inspirada en una anónima militante anarquista de los sesenta proveniente de una familia pequeña burguesa de Montevideo (según comentarios del propio Viglietti), constituye una de las más hermosas canciones de amor del cantautor uruguayo, atravesada por el espíritu de combatividad de la época: "Con un grafo ella escribe en las paredes resistir, bufanda rojinegra por la espalda" que nos hace recordar el apotegma guevarista de: "Endurecerse sin perder la ternura".

"Anaclara" rompe con la falsa disociación entre el compromiso revolucionario (asociado en algunas corrientes foquistas e incluso anarcosindicalistas con el rostro adusto y el ceño fruncido) y la idea del amor y la belleza.

Estética del oprimido

Es inevitable que las canciones dedicadas a los humillados de esta tierra, además de la rabia contestataria que las vertebra, estén matizadas con una profunda ternura, en "Negrita Martina" Viglietti casi susurra un canto de cuna a una niña negra pobre; en "Las hormiguitas" describe la comunión, la fraternidad y la solidaridad de las pequeñas hormigas que solo existen y sobreviven gracias a la pertenencia colectiva aún en las peores condiciones: "pero si encuentran el pie asesino, pica que pica lo atacarán".

Y además cuyo viaje circular (más que circular, espiral) de las hormiguitas resulta en la vibrante comparación final con uno de los posibles destinos de la humanidad: "es tan redondo como los ojos de un ser humano al despertar, es tan redondo como el planeta que vamos juntos a liberar".

En una de las canciones más queridas y populares de Viglietti, se cuenta la historia (no ficcional) de un tacuaremboense que al viajar a Montevideo buscando un mejor horizonte de progreso social, se encuentra con la miseria y el hambre de los cantegriles montevideanos (lo opuesto a los Countrys puntaesteños) destino final reservado para los parias del país.

Reversionada por la "Tabaré" entre otros, "El Chueco Maciel" constituye un homenaje sencillo pero combativo a uno de los escupidos de esta tierra, de los malcomidos y malqueridos por la sociedad uruguaya de los setenta; el chueco es así convertido en símbolo vivo de la opresión de clase en nuestro país, un verdadero mártir del pueblo pobre; pero también un llamado a los vivos que quedamos a que:

Los chuecos se junten bien juntos,
bien juntos los pies,
y luego caminen buscando la patria,
la patria de todos, la patria Maciel,
esta patria chueca que no han de torcer
con duras cadenas los pies todos juntos
hemos de vencer.

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