Opinión

Universidades por encargo: diga el conjuro

En este artículo, publicado en Brecha en setiembre de 2017, los autores reflexionan sobre los motivos que llevan a la creación de nuevas universidades públicas en el Uruguay de hoy.

Domingo 17 de septiembre de 2017 | 22:27

En Uruguay existen hoy dos universidades públicas y parece avecinarse una tercera. La Universidad de la República (fundada en 1849 y con antecedentes desde 1833), la Universidad Tecnológica (diciembre de 2012), y la Universidad de la Educación (Uned), que el Gobierno aspiraría a fundar el próximo año.

Los documentos básicos de las dos nuevas instituciones definen “la docencia” , “la investigaciόn” y “la extensiόn” como los pilares sobre los que se fundan. Desde unos años a esta parte, estas tres tareas devinieron la marca de agua que las autoridades anteriores de la Universidad de la República impusieron como certificaciόn de (auténtica) manera de ser de “la Universidad latinoamericana” . Dicho de otro modo, mentar el trío parece razόn suficiente como para ponerse a existir bajo el rόtulo “Universidad”. Cabe preguntarse, en consecuencia, si además del mencionado trío hay otras razones que justifiquen la multiplicaciόn de universidades. De igual modo, cabe preguntarse qué sucediό para que esas tres palabras tomaran tal fuerza legitimadora.

Vista la peculiar repetición -casi literal (cf. nota 1)- de conceptos referidos a las funciones ¿qué justifica la construcción de diversas instituciones que van a realizar el mismo tipo de actividades, es decir, enseñanza superior, investigación y extensión?

Los partidos gubernamentales (en el caso del gobierno actual solo algunos sectores lo declaran explícitamente) intentan socavar, al crear instituciones subordinadas, la fuerza intelectual y la independencia política que la Universidad ha tenido a lo largo de la mayor parte de su historia. Inclusive podría conjeturarse que el Gobierno hará menos remilgos para aproximarse al incumplido 6%, una vez que pueda distribuirlo con estas nuevas instituciones. Esta es la razόn básica: el histόrico disgusto del sistema partidocrático con una instituciόn pública que, al mismo tiempo que lo alimenta en doctrinas y mano de obra calificada destinadas a su perpetuaciόn, también da lugar a pensamientos y a prácticas que justamente lo enjuician e interrogan, en nombre de otros principios.

No obstante, podría alegarse que la razón para fundar nuevas instituciones universitarias con las “mismas” tareas que la Universidad reside en que éstas se desarrollarán en áreas específicas diferentes. Por ejemplo, los documentos de la Utec mencionan repetidamente el “campo tecnológico”, la“formación de emprendedores”, la “incubación de empresas” y, significativamente, la “validación de conocimientos por fuera de la educación formal”.

En paralelo, los documentos para la Uned enfatizan en la formación de educadores y las necesidades específicas correspondientes. Ninguno de estos motivos parece de recibo. La Universidad tiene un fuerte contenido de formación tecnológica -tanto a nivel de grado como de posgrado- y también es hoy uno de los más importantes centros de formación de profesores (téngase en cuenta que forma a los docentes que revistan en su seno -aproximadamente 7000- y provee cientos de profesores para la enseñanza media).

Las razones para la multiplicaciόn de las universidades tampoco residen en la cobertura territorial, ya que la Universidad se encuentra instalada desde hace varias décadas en varias regiones del país, con especial fuerza y amplitud desde 2007.

Entre la Universidad y las dos instituciones universitarias de creaciόn reciente, no puede tratarse entonces de divergencias que surjan en el plano de las funciones que se atribuyen o de las áreas específicas en que actúan, sino de discrepancias profundas que emanan del grado de docilidad ante lo que la partidocracia considera que debe o no debe hacerse. Un ejemplo rompe los ojos. Para mantener el Hospital de Clínicas como centro de asistencia y de formaciόn del personal de la salud, la Universidad presentό una propuesta para la que solicitό fondos presupuestales que el Gobierno negό, proponiendo en cambio un proyecto de Participaciόn Público Privada (PPP). En la Universidad, por cierto, había pluralidad de opiniones, lo que hizo que se abriera un período de discusiόn en que intervinieron y se pronunciaron los diferentes όrdenes e instancias del gobierno universitario que, estudios técnicos y consideraciones políticas mediante, concluyeron por no aceptar este proyecto. En cambio, en 2015, por su propia iniciativa y de manera en que pasό inadvertida al estarse en medio de la discusiόn presupuestal, el Codicen se dirigiό al Poder Ejecutivo para solicitarle la firma de un PPP para construir liceos. ¿Significa esto que el PPP no era beneficioso para la Universidad pero sí puede serlo para la Anep? No, de ninguna manera, los convenios PPP son solamente beneficiosos para las empresas privadas que los firman y son muy dañinos para lo público, especialmente si se trata de la enseñanza y de la salud, tal como abundantes ejemplos internacionales lo muestran. En consecuencia, esto significa que las autoridades del Codicen responden antes que nada al partido que las colocό, por lo que su permanencia en el cargo y las políticas que implementan dependen de la obediencia partidaria y no de convicciones propias o forjadas en el seno de los colectivos a los que pertenecen. Por cierto, esto no estaba en juego cuando docentes, estudiantes y egresados, en los Claustros y Consejos, discutieron la posibilidad de que la Universidad firmara un proyecto PPP. Por algo, la UTEC no es cogobernada ni tiene autonomía, por algo la Universidad de la Educaciόn planeada ni lo será ni la tendrá, ya que tener algunos representantes docentes o estudiantiles en sus consejos de ninguna manera es comparable a tener Cogobierno y autonomía.

Naturalmente, la voluntad de los gobiernos de crear universidades dόciles a sus políticas supera en mucho el citado caso de la firma, o el rechazo, de proyectos PPP.
Porque sin duda, por sobre todo, lo que está en juego es la posibilidad de decidir con cierta autonomía qué vale la pena estudiarse e investigarse, qué debe defenderse y qué debe evitarse. Esto es clave. Volvamos a considerar las atribuciones que la ley da a la Utec:“la formación de emprendedores”, “la incubación de empresas”; estos cometidos coinciden, sin atisbo de distancia, con los fines que los organismos empresariales y banqueros internacionales atribuyeron, desde hace ya tiempo, a la enseñanza, transformada en “educaciόn” y destinada a consubstanciarse con el mundo del (mercado de) trabajo, y a purgarse de su índole libresca, abstracta, política. En ese sentido, decíamos antes que es significativo que la Utec se proponga “la validación de conocimientos por fuera de la educación formal”, ya que, tradicionalmente, la enseñanza “formal” es un lugar en donde el estudio abstracto propiciado por el libro y la escritura ha impedido que la preparaciόn quedara limitada a la formaciόn de individuos fácilmente desechables por un mercado de trabajo en permanente cambio y creciente robotizaciόn. El anti intelectualismo hoy dominante, perceptible en el discurso mujiquista que denigra el pensamiento -“viru viru”- y en el empuje tecnocratizante de Brechner y seguidores, replicado a diario por medios de comunicaciόn y opinadores, condena el carácter “libresco” de una instituciόn, la Universidad, que no se ha plegado totalmente a los valores empresariales, a su devastador “pragmatismo" y a su destructiva “eficiencia”.

De igual modo, cabe observar que, a diferencia de lo que ocurriό en Anep, sectores de los όrdenes de la Universidad en algún grado han intentado resistir, aunque con escaso eco en las autoridades, el discurso y las prácticas que vienen socavando la enseñanza, al invadirla con trivialidades y sandeces “didácticas” que, supuestamente, aportan “técnicas”, “métodos” y “metodologías” pero que, en el mejor de los casos, son sugerencias férreas o recetarios balbuceantes, con los que algunos maestros y profesores procuran encarar una crisis que es menos la de “la educaciόn” que la de un mundo. No puede decirse que la Universidad esté saliendo indemne de esta embestida de la estulticia didáctica, de una didactosis que busca en la “soluciόn técnica” (de índole tecnolόgica o psicolόgica-emocional) la manera de lidiar en un mundo que considera el conocimiento como una pieza del mecanismo de la economía. Aunque, sin salir indemne, la Universidad aun ofrece espacios para su enjuiciamiento.

En suma, la multiplicaciόn de universidades públicas obedece menos a una expansiόn de los conocimientos que a una voluntad de crear instituciones dόciles al poder partidario. Estas instituciones, en la menciόn del trío “docencia, investigaciόn, extensiόn”, parecen encontrar el santo y seña requerido para adquirir visos universitarios. Sin embargo, la característica decisiva de una Universidad es el grado de pensamiento autόnomo que pueda desarrollar, la fuerza intelectual y política con la que se distancie de designios partidarios y discurra según su entender. Queda para una prόxima instancia preguntarnos sobre qué hubo de suceder para que la “docencia, investigaciόn, extensiόn” se convirtiera en una especie de trío legitimador, en un conjuro creador.

“Desarrollar actividades de educación terciaria y terciaria universitaria, integrando, desde el diseño curricular, la enseñanza con la investigación y la extensión, procurando que el proceso formativo se desarrolle en contacto directo con el medio” (UTEC). “[…] será necesario realizar un estudio […], con vistas a generar una estructura de coordinación que contemple la investigación, la extensión y la Enseñanza”(UNED).






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