Géneros y Sexualidades

ANÁLISIS

¿Qué pasa cuando hablamos con "X" y con "E"?

"El lenguaje es fascista" según Barthes. Algunos dirán que por eso hay que cuestionarlo. Pero, ¿se puede pecar de reduccionismo lingüístico? ¿Y si el combate no se da sólo en el terreno de la lengua?

Lucia Battista Lo Bianco

Consejera Directiva Mayoría Estudiantil | Filosofia y Letras/UBA

Martes 30 de agosto de 2016 | 13:20

¿Chino básico? Veamos que no es tan así

Partiendo del supuesto común de que una lengua es una convención social, comencemos por definir que en el idioma castellano, a diferencia del inglés por ejemplo, existe en determinada clase de palabras (sustantivos, adjetivos y pronombres) la marca de género y número: masculino-femenino y singular-plural, respectivamente. La vocal temática de “perro” es la “O”, que estaría indicando el género y el número: masculino singular, en este caso. Pues bien, veamos otros ejemplos: bella (adjetivo femenino singular), funcionarios (sustantivo masculino plural), y así.
Una vez introducidos en la materia, ya estará el lector sospechando hacia dónde es que estamos encaminados. Bien. Pero, hagamos un esfuerzo y realicemos una reflexión metatextual.

Es decir, volvamos inmediatamente a una de las palabras mencionadas en el renglón de aquí arriba. Escribí “encaminados”, no “encaminadxs”, ni “encaminades”, ni “encaminad@s” -que suena más a los 90s, pero también viene al caso-. Pero, ¿por qué? Si todavía les quedan ganas, síganme que más abajo desarrollaremos y desmenuzaremos con bombos y platillos, pompas y jabon, mucho ruido y muchas nueces el meollo de esta cuestión.

Discursivamente progresivo, socialmente insuficiente

De un tiempo a esta parte, ejemplos como los mencionados más arriba abundan en la manera de utilizar la lengua, de comunicarse entre las personas. Pero no entre todas las personas. Esta forma de referirse englobando genéricamente mediante la utilización de las “X”, las “E” o el arroba, para evitar la especificación por géneros (un ejemplo de esto es el hiper trillado y marca registrada de la ex presidenta “todos y todas”) o para simplemente evitar generalizar a través del masculino (que es el género no marcado, como la norma de nuestro castellano dictamina: pero claro, es la norma, ¿no? Y de lo que se trata de es subvertirla). Perfecto, no seré yo ni haré aquí una defensa a capa y espada de la RAE, ni sin capa y sin espada tampoco, lejos de eso.

Sin embargo tenemos enfrente y cada vez que nos escupen en la cara términos así de deformados conscientemente estamos ante un jodido problema, ante una interesante disyuntiva, ante la urgente necesidad de tener que hacer una elección. Pero sea lo que sea se te acusará de posmoderno o posmoderna, o de más o menos machista, o de más o menos feminista, o te remarcarán cómo se están tolerando los adjetivos y sustantivos en masculino muy a su pesar, o al revés y primará la intolerancia, e innumerables etcéteras de situaciones discursiva, social y políticamente incómodas.

La lingüista María Victoria Escandell Vidal describe este “fenómeno” y dice: "El lenguaje ’políticamente correcto’ se está convirtiendo en una forma de prescripción lingüística, que para muchos hablantes va en contra de su uso espontáneo de la lengua, imponiendo modos de expresión casi siempre forzados en aras de un pretendido respeto y de una actitud tolerante [...] puede acabar convirtiéndose en un tipo de Inquisición, porque coarta la libertad de decir las cosas."

En fin, podemos empezar por diferenciar algunas pequeñas cosas de la superficie que nos permitirán luego adentrarnos en el origen. Este tipo de utilización de la lengua no es algo que podría considerarse “general”. Sino que es, por empezar un “fenómeno” relativamente reciente, muy común en las redes sociales y se da entre lo que voy a elegir denominar como “juventud con un relativo grado de culturización más o menos progresista”. Cabe destacar lo que es un hecho no menor: solo puede “hablarse” así en la medida en que el habla es escritura.

Cuando leo “todxs” en voz alta -y usted lo acaba de hacer al pasar la vista por aquí-, es decir, la palabra escrita la vuelvo oral, me veo obligada a tomar una decisión de cómo voy a pronunciar aquello que, si tengo que atenerme a lo escrito, es impronunciable. Más aún porque la letra “X” en castellano tiene la particularidad de alojar dos fonemas (sonidos) en un mismo grafema (letra), o sea, suena “CS”. Y precisamente para evitar que esto sucediera o para darle respuesta al problema de la pronunciación es que de un tiempo más corto a esta parte aquellos que se atreven a “radicalizar” más su posición respecto de la norma lingüística, emplean la vocal “E” a modo de “vocal temática” no sexista, o sea neutra. Lo cual resulta a priori problemático si se lo pretende generalizar. Puesto que si hilamos un poco más fino, la vocal “E” también responde palabras de género masculino en algunos casos como el de “gobernadores”, por ejemplo.

Como vemos, utilizar las “X”, las “E” y el arroba en reemplazo de las vocales temáticas de los sustantivos, adjetivos y pronombres que tienen en nuestra lengua marca explícita de género es una manera de evitar que el lenguaje o que nuestras expresiones estén cargadas de sexismo y se opta por presentar una alternativa a la norma dominante del género binario masculino-femenino, que además se propone superar dicha dicotomía a incluir otras identidades genéricas. Para ejemplificar, si alguien nos dice “hubo muchos invitados” rara vez pensaríamos que solamente los invitados fueron hombres, sino que se da por supuesto que el masculino puede valer para contemplar también a las muchas mujeres que fueron invitadas.

Así las cosas, de todos modos habría que subrayar algo sobre la cuestión de las vocales temáticas. Éstas existen en el castellano y en las lenguas romances, precisamente porque derivan del latín. No sucede lo mismo con las lenguas sajonas, como puede ser el inglés, pero no por eso podemos concluir en que se trata de un idioma no sexista. Si bien carece de la obligatoriedad de atribuirle género a los sustantivos, adjetivos y pronombres, a la hora de ponerse en funcionamiento, lo cual ante estas disyuntivas socio-discursivas es un punto de apoyo (por ejemplo, el adjetivo “nice” significa “lindo/linda” de manera indistinta).

Pero no debemos olvidar el plano de la semántica, es decir, del sentido (significado) que es allí donde se alojan realmente las cargas más o menos axiológicas (valorativas) de la lengua, independientemente de la existencia de vocales temáticas -que pueden o no complicar más las cosas-. Por ejemplo, es una convención generalizada decir “el hombre” genéricamente para referirse al género humano o a la humanidad, tanto en inglés como en castellano.

En síntesis, sería incorrecto decir que el problema de la lengua sexista atañe solo al castellano o al español por poseer vocales temáticas que marcan el género de las palabras y al inglés no le cabe porque no las tiene, y que por eso entonces baste con cambiar la “A” y la “O” por una “X” y ya. Precisamente porque también en nuestro idioma existen palabras que carecen de vocales temáticas y aun así tienen marca de género.

Entonces, el sexismo en las lenguas no es excluyente de las vocales temáticas, sino que se basa en los usos y apropiaciones que hacen los hablantes y las instituciones sociales a través de las que circulan.

No va a nacer otra lengua, si no nace primero otra sociedad

No obstante esto, seguimos ante un caso intrincado que es necesario problematizar. Siguiendo al lingüista ruso Mijaíl Bajtín, podemos atisbar a algún tipo de explicación más o menos acertada respecto de porqué sucede esto de un “género dominante” sobre otro que necesaria e implícitamente está incluido. Es este lingüista ruso quien en su teoría marxista sobre el lenguaje plantea al signo lingüístico (como lo definió Ferdinand de Saussure) es decir, a la palabra como expresión ideológica, cargada de ideología. En otros términos, como expresión cultural (superestructural) de la sociedad de la que se desprende y que la utiliza. Y por ello no es “neutral” respecto de los valores que en el fango social circulan, sino que va siendo atravesada por ellos. Por eso en un texto firmado por Valentín Voloshinov, uno de sus discípulos, Bajtín formula la archiconocida frase: “el signo lingüístico será la arena de la lucha de clases”.

¿Qué quiere decir con esto? Para empezar, que la lengua es política y por eso un terreno de disputa. Y por esto es que está plagada de contradicciones que coexisten y conviven, siendo millones de hablantes los que profieren un idioma. Al mismo tiempo que -siguiendo
a Bajtín- la clase social que domina, busca imponer la lengua, es decir, los valores de los que la palabra está cargada y para eso se valga de instituciones como la RAE que desestimen algunas formas y legitimen otras, etc. En este caso es la dominación lingüística un subproducto de la dominación social.

Precisamente por esto es que podemos reconocer correctamente a la lengua que hoy día nos atraviesa como sexista –se trate del idioma que se trate, no es excluyente del castellano-, siendo el género masculino el que se pretende imponer como “dominante” o generalizador. La lengua se desprende de y crea una cosmovisión hacia una sociedad que desde sus bases más primeras y profundas es patriarcal, pero como vemos en ella también conviven usos y gestos que políticamente cuestionan la norma y el consenso general, buscan discutir y aspiran a superar ese sexismo. Pero advirtiendo un riesgo, cabe preguntarnos entonces, ¿pretenden convertirse en norma? ¿No sería eso la expresión misma de una contradicción? ¿Ser legitimados y ampliamente aceptados no iría contra el fundamento de su surgimiento, con su esencia disruptiva? Y sino, radicalizar el cuestionamiento en el campo de la lengua, ¿hasta qué punto puede llegar?

Pero hay algo mucho más interesante y productivo que podemos desprender de aquel aforismo bajtiniano. Y es precisamente lo que responde al problema de las “X”, las “E” y el arroba. Lo que Bajtín está marcando es la ligazón necesaria y originaria que tiene el lenguaje con las bases sociales de las que se desprende y a través de las cuales circula. Por eso es que de no modificarse estas, jamás podría tener efecto duradero y ni sería radical algún cambio que se pretenda hacer en el terreno estrictamente lingüístico.

Es que ese es el riesgo de cambiar el campo de batalla, aquello que se pretendió hacer a partir de lo que se llamó, durante la década del 80 y el 90, el giro lingüístico. Hipotéticamente podemos apostar a cambiar radicalmente la lengua, pero esto necesariamente no cambiará la vida ni las condiciones materiales de las personas que hablen esa lengua.

No es la lengua quien transformará a la vida y emancipará a los sujetos, sino al revés, es primero el cambio en la organización social quien despojará y liberará a la lengua de sus sentidos reaccionarios.






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