SUPLEMENTO

¿Nueva clase media o clase obrera? Peter Meiksins y el debate sobre las clases

Asier Ubico

¿Nueva clase media o clase obrera? Peter Meiksins y el debate sobre las clases

Asier Ubico

“¿La nueva clase media o la clase obrera?”. Con esta pregunta iniciaba el sociólogo Peter Meiksins su artículo en “Against the current” en 1984. Allí trató de polemizar muy sintéticamente contra las teorías que planteaban que importantes capas de trabajadores ya no pertenecían a la clase obrera y que habían conformado una nueva clase media opuesta al proletariado. Un aporte muy interesante para pensar cuáles son las condiciones de explotación y formación de la clase trabajadora. Sobre todo, en el marco de que en el último tiempo, y al calor de la crisis mundial de 2008 y el crecimiento de la lucha de clases y las desigualdades sociales, se abrió nuevamente el debate acerca del concepto de “clase” o “clases oprimidas”.

El autor va a discutir en una época en la que surgían nuevos sectores sociales al calor del boom de postguerra, el crecimiento del “estado de bienestar” y lo que luego iba a ser la ofensiva neoliberal en los 80 (que en España, por ejemplo, supuso una reconversión industrial brutal contra la clase obrera tradicional). Sin embargo, aunque los “años dorados” del capitalismo han pasado a la historia con el neoliberalismo y la degradación social producto de la nueva crisis mundial, volver a rescatar estos viejos debates pueden ayudar a plantear algunas coordenadas con las que iniciar un intercambio acerca del concepto de clase. Sobre todo, porque se vuelven a recuperar a ciertos autores, como Poulantzas, con los que precisamente parte de la obra de Peter Meiksins iba a polemizar.

Meiksins, que parte de que la idea fundamental del marxismo sobre las clases sociales es que tienen su base en el conflicto, tratará de centrarse en la aparición de una gran variedad de estratos intermedios, compuestos por oficinistas, profesionales, administradores, técnicos, comerciales, empleados públicos etc., que volvieron a surgir con fuerza en la época en la que escribía. Para entrar así en el debate sobre las consecuencias políticas que supone para una estrategia socialista. Esto lo hará en intercambio con Charles Post y en polémica con algunas de las grandes “escuelas” de su época, que van desde Barbara y John Ehrenreich hasta Erik Olin Wright, pasando por Nicos Poulantzas.

Esta nota no pretende abarcar todo el debate. Por el momento tiene la intención de comenzar a hacer un estado de la cuestión.

Ehrenreich, Wright y Poulantzas

Según Meiksins, los Ehrenreich sostenían que estos estratos intermedios eran una “nueva clase”. Sería la “clase profesional y gerencial” (PMC, por sus siglas en inglés), tanto porque no poseen la propiedad de los medios de producción como porque juegan un rol en la reproducción de las relaciones capitalistas. Producen o propagan la ideología (profesores o trabajadores de la comunicación) o administran los procesos de producción. Aunque reconocen que existe una base de conflicto entre la PMC y los propietarios de los medios de producción, para Meiksins estos autores no acaban de explicar si este conflicto se da con la clase obrera. Tampoco le vale el hecho de que tengan una posición privilegiada. Para el autor, el hecho de que un grupo de trabajadores asuma determinadas funciones no los convierte en una clase diferente.

En el caso de Erik Olin Wright, la existencia de esta “nueva clase media” gira en torno al “control”. Los estratos intermediarios no pertenecen completamente a la burguesía, al proletariado o la pequeña burguesía. Trabajadores cualificados que controlan algún aspecto del proceso laboral se acercan a la pequeña burguesía, y los gerentes y técnicos que poseen cierto margen de decisión, están en “ubicaciones contradictorias” con la burguesía. Meiksins compartirá con Wright que el grado de autonomía de grupos de trabajadores puede que les haga sentir diferentes, pero considera que con estas categorías no puede explicar lo que en realidad son. Por eso se pregunta “¿Donde está el límite que hay que trazar? ¿Cuánto control hay que tener (5%, 10%, 20%?) para ser excluido de la clase obrera?”. También se preguntaba si todo control suponía un “control conflictivo” sobre los demás.

En cambio, para Nicos Poulantzas y Charles Post (al menos en el debate de aquel momento que estamos reseñando a través del libro de Meiksins) la distinción de esta “nueva clase media” estará basada en un combo de diferencias entre trabajo productivo e improductivo, trabajo manual y mental, y entre trabajo de supervisión y no supervisión. Todos los que no sean capitalistas y tengan trabajo improductivo, mental y de supervisión serán colocados en esta clase media entre burguesía y proletariado.

Sin embargo, Meiksins discute contra estos tres criterios. En primer lugar, diciendo que Marx diferencia el trabajador productivo del improductivo en que aquel producía plusvalía y el otro no, pero que los dos eran explotados. Se les pagaba por su fuerza de trabajo y no por la cantidad de trabajo real que hacían. Así pues, los dos estaban en una relación de explotación respecto al empresario, que tiene un interés permanente en bajar sus salarios. En segundo lugar, para Marx, con el desarrollo del capitalismo, el trabajo manual y mental se combinaría mucho más dentro de un proceso de trabajo colectivo que a pesar de ser cada vez mas social sería jerarquizado, pudiendo el trabajo mental tener mayor autoridad. Pero esto no marcaba líneas de clase diferentes. Y, en tercer lugar, en cuanto al problema de supervisión, Meiksins dirá que, a excepción de los altos gerentes, la mayoría de la supervisión es realizada por asalariados, que además son parte del trabajo productivo. Marx llamo a éstos “un tipo especial de trabajador asalariado”.

Todo ello apunta a que, sin ocultar la tensión entre diferentes estratos de trabajadores, para Meiksins son elementos insuficientes para delimitar un análisis de una supuesta “nueva clase media”. Y aunque hubiera intereses contrarios entre estos estratos (que de hecho existen a corto plazo), aún no está demostrado que sean “irreconciliables y orgánicos” como pasa entre el capital y el trabajo asalariado. Para Meiksins no es una novedad, ya que los teóricos socialistas desde el siglo XIX incluían dentro de la clase obrera a diversos estratos como la “aristocracia laboral” o los artesanos que contrataban ayudantes para los que habían sido contratados. Esta estratificación interna y heterogénea explica mucho mejor la realidad.

La relación de explotación como base de la formación de clase

Peter Meiksins defenderá que el principal determinante de clase es sencillamente la relación de explotación de la producción (conflicto Capital – trabajo asalariado en el capitalismo). Es por eso que engloba dentro de los trabajadores asalariados, obligados a vender su fuerza de trabajo al capital a cambio de un salario, a grupos intermedios que otros autores denominan como “nueva clase media”. Meiksins considera que, como el resto, se sitúan en una relación de conflicto con sus empleadores. Más allá de que estos estratos puedan poseer mejores sueldos o más privilegios, están sometidos a esta relación conflictiva con el capital. La historia de los ingenieros, su diversidad e historia en cada país capitalista sea avanzado o no demuestra que están igualmente atados a los ataques salariales y sociales de la burguesía, al igual que el resto de los trabajadores subordinados. Es decir, que estos sectores tienen la misma “base de la formación de clases en la sociedad capitalista”.

Para Mandel, por su parte, lo que caracterizaba a la clase obrera era el hecho de no poseer la propiedad de los medios de producción, la falta de acceso directo a los medios de subsistencia (a la tierra no se puede acceder libremente) y que no tuviera dinero suficiente para comprar los medios de subsistencia sin la venta mas o menos continua de la fuerza de trabajo. Los altos gerentes millonarios no formaban parte de la clase obrera por esto mismo. Para conocer la “condición proletaria [...] no tenemos que fijarnos en el salario, o el sueldo medio del obrero o del empleado, sino en la relación entre ese salario y su consumo medio, en otras palabras, en sus posibilidades de ahorro comparadas con el costo de establecimiento de una empresa independiente”. [1] Para Mandel, si después de 10 años de trabajo, el obrero lograba ahorrar lo bastante como para comprar un negocio o un pequeño taller, se podría decir que potencialmente podía liberarse de la relación asalariada en la que estaba.

Sea como sea, Meiksins igualmente deja claro que solo aquella minoría que posee o controla completamente los medios de producción (no aquellos que solo lo hacen de una manera parcial como piensa Wright) o aquellos que están en camino de serlo, no son miembros potenciales de la clase obrera. Añadiremos que en la actualidad esta minoría de gestores acompaña su control total de los medios de producción con la posesión accionarial de la empresa y el pago de bonos millonarios de acuerdo con los beneficios obtenidos.

Lo que evidencia todo lo anterior es que se profundizó el desarrollo de la diferenciación dentro de la clase trabajadora, debido al enorme desarrollo de la industria, la logística, el comercio, la banca y los servicios, con la consiguiente heterogeneidad de la clase.

Una concepción más realista de la formación de clases

En este sentido, Peter Meiksins acusará a estos teóricos de no aportar nada sobre “cómo se forman las clases”, porque se limitan simplemente a plantear las determinaciones “objetivas” de la clase. Y además lo harán de forma incorrecta. El autor insiste en que los socialistas tienen que desechar la concepción de que la formación de clases es el reflejo directo de estas determinaciones. Y aun en el caso hipotético de que existiese una clase obrera homogénea (que no lo es) no hay una relación automática e inmediata “entre los conflictos inherentes a las relaciones capitalistas de producción y el proceso real de la formación de clases”. Los conflictos simplemente serian el motor de arranque. Por eso concluye que a las barreras que pone la burguesía a la organización y la unidad de clases que ya son conocidas (ideología burguesa, fuerza represiva del Estado, capacidad para enfrentar un grupo asalariado contra otro, etc.) hay que añadirle un obstáculo mayor: “el hecho de que la categoría de la mano de obra asalariada no sea homogénea”.

A colación de esto, podemos decir que esta concepción de la formación de clase es similar a la que tiene más refinadamente teorizada Ellen Meiksins Wood. La autora enfatizará que la clase actúa como relación de producción y como proceso histórico, y que las relaciones con los medios de producción son significativas en la medida que generan conflictos y luchas. Y, a su vez, estos conflictos moldean la experiencia social “en formas de clase”, aunque no exista conciencia de clase y organizaciones visibles. A diferencia de aquellos que acaban equiparando las “situaciones de clase” con las “formaciones de clase”, para ella será clave distinguir las condiciones de clase (relaciones producción) con la clase misma. Entendiendo las “formaciones de clase” como todos los elementos organizativos, políticos, sociales y culturales que irían demarcándose en la clase en relación a las otras clases, como, por ejemplo, en el caso de la clase obrera del siglo XIX, las “instituciones fuertemente basadas y autosuficientes: sindicatos, sociedades cooperativas, movimientos educativos y religiosos, organizaciones políticas, publicaciones”, etc., es decir, su nivel de organización y conciencia de clase. [2]

Para E. M. Wood la relación entre la “situación objetiva de clase” y la “formación de clase” esta mediada por la “experiencia” social. Lo que une a grupos de individuos muchas veces tan heterogéneos no es simplemente su agrupación objetiva como clase, sino su “experiencia”. En realidad, la “clase” como tal no se refiere simplemente a los trabajadores agrupados en una unidad de producción o una fábrica y que se hayan opuesto al explotador individual. Ni la producción, ni la extracción de plusvalía pueden agrupar a los obreros en “formaciones de clase” automáticamente (de hecho, trata de obstaculizarla). Ya que estas devienen de un proceso distinto, trasciende las unidades individuales de producción de los obreros aislados, gracias a su conciencia y la propensión a actuar en común debido a esta experiencia y estos intereses comunes creados por el conflicto de explotación.

Los dos vendrían a decir que los teóricos que se contentan con investigaciones “estructurales” de la clase (a su entender, mal hechas), no pueden explicar cómo individuos que comparten la experiencia común de la relación de producción (es decir, de explotación) pero que no están unidas por el proceso de producción mismo, llegan a sentirse en “disposición a comportare como clase”. Se trataría mas bien de “investigar lo que estas estructuras hacen en la vida de las personas, cómo lo hacen, y lo que las personas hacen al respecto”.

Continuando con Peter Meiksins, y partiendo de lo anterior, según él, habría que tener en cuenta dos elementos para entender el proceso de la formación de la clase obrera. Primero, que, por ejemplo, es poco probable que un abogado de Wall Street y un abogado de asistencia legal se pongan del mismo lado cuando la sociedad capitalista tienda a polarizarse en clases bien organizadas. Segundo, no se puede esperar que el perímetro que crea la formación de clase real coincida exactamente con los de la categoría “objetiva” de la mano obra asalariada, ya que hay contingencias históricas que hacen experimentar de manera diferente la explotación. A lo que hay que agregar que, para mantener su hegemonía, la burguesía trata de bloquear cualquier intento de formación de clase, creando divisiones internas, de estatus y privilegios o brechas entre el trabajo manual y mental, entre otros métodos.

Es decir, lo que pretende Peter Meiksins y luego esquematiza Wood, haciendo esta distinción entre la “situación de clase” y la “formación de clase” es explicar cómo a pesar de que ciertos sujetos sociales poseen las mismas relaciones de clase con los explotadores, ello no significa que formen un bloque conscientemente unido de clase, que vayan a formar sindicatos, partidos propios, instituciones obreras, etc.…o que cuando se produce una polarización mayor entre las clases vayan a ubicarse completamente en la parte activa de la lucha de la clase obrera contra la burguesía. Por el contrario, como ejemplifica en el caso de los abogados de Wall Street y los trabajadores sociales, lo mas probable (y debido a las condiciones en las que viven la explotación), no solo no formen parte de las formaciones de clase -aunque pueden organizarse de manera ultracorporativas- sino que se vean así mismos como “fuera de la clase”, o incluso como parte una “clase media”.

La descualificación o desprofesionalización y la “intelligentsia”

Sobre este punto, Meiksins hará dos observaciones. Por un lado, tomando el hecho de que en la actualidad una capa importante de ingenieros y estratos intermedios ha sufrido un proceso de “descualificación”, planteará una crítica a los teóricos que decían que este proceso transformó a estos estratos en simples proletarios. Meiksins dirá que la pauperización no es producto de la descualificación. Por el contrario, es el hecho de que, al igual que el resto de los asalariados, tienen que vender su mano de obra al capital y que no poseen ni controlan los medios de producción y su proceso laboral, la causa de su descualificación. Aclarando que eso no significa que la clase obrera con ello sufra una homogeneización, puesto que es una tendencia historia que se formen sectores nuevos de asalariados con mas cualificación mientras otros se les queda obsoleta al desarrollarse y tecnificarse la industria.

Por otro lado, el estrato de la “intelligentsia” o la intelectualidad general que antes formaba una minoría, que no formaba parte del proletariado y que tenían un origen social muy alto, ha sufrido una especie de “masificación de la intelligentsia”. Meiksins dirá que existe una intelectualidad de élite tradicional, pero que por debajo de ella se ha creado una masa de intelectuales “menores” que tienen más en común con un asalariado que con sus superiores profesionales.

Estrategia de alianzas o estrategia de unidad

Para Meiksins el análisis de clase tendrá implicaciones políticas. Ya que una estrategia política que no se base en el hecho de que estos estratos intermedios son mas que aliados, es decir, que incluso son parte de la clase obrera, se mostrará ineficaz para superar las diferencias intraclases. Meiksins pondrá a la socialdemocracia y al eurocomunismo como ejemplo de una “estrategia de alianzas” frente a una que forja la unidad de clase.

En el primer caso, la socialdemocracia, que considera fundamental la alianza con la “nueva clase media”, se propone construir un movimiento electoral cuyos objetivos exclusivamente se consigan obteniendo una mayoría en el parlamento. Dando lugar a defender una política inofensiva o inocua que trate de atraer un gran numero de votantes que se perciben con intereses diferentes. Para Meiksins esta estrategia hace poco por forjar la unidad de clase, evitando la movilización y la organización de la misma. Y acaba, por ejemplo, haciendo llamamientos conjuntos a cuestiones generales como la lucha contra la inflación. En el caso del eurocomunismo, dirá que si bien prestan mas atención a la movilización esta “atado de pies y manos” por su estrategia de alianzas. Y su propuesta de un bloque “antimonopolio” no solo no supera las divisiones de la clase obrera, sino que propone reunirse con grupos cuyos intereses son incompatibles con la clase obrera (como son los pequeños empresarios). Sin embargo, la alternativa a la “estrategia de alianzas” no puede caer tampoco en decir que la clase obrera solo puede incluir a la clase obrera industrial y sin cualificación.

Para Meiksins, “el problema central para el socialismo contemporáneo es idear estrategias que puedan superar las diferencias de la clase obrera” (es decir, unificar a los estratos intermedios y a los obreros, no simplemente aliarlos)”. Las diferencias entre los trabajadores mentales y manuales, la ideología de la profesionalidad, el problema de la supervisión o las diferencias entre lo trabajadores del sector público y privado, serán algunos de los problemas a superar. Se trataría de pensar cómo esta clase diversa puede dar pasos hacia la unidad. Meiksins planteara que antes de hacer realidad esta estrategia que es esencial para un proyecto socialista hay que contestar varias preguntas, por ejemplo, cómo se pueden romper las diferencias de estatus o qué tipo de organización se necesita para esta estrategia, entre otras.

Algunas consideraciones generales

Aunque no hemos podido profundizar el análisis de Peter Meiksins sobre las determinaciones objetivas de la clase que abordaremos en otro momento, el autor deja planteados algunos elementos interesantes para pensar la clase obrera actual.

Uno de los elementos es haber puesto el eje en la explotación como determinación de clase de los estratos intermedios para explicar el conflicto y polarización que mantiene con la burguesía. Además de completar esta visión partiendo de la distinción dialéctica entre las “relaciones de producción” y la “clase”, o entre las “situación de clase” y la “formación de clase”. Lo que nos ofrece unas coordenadas para entender la evolución de una clase diferenciada y estratificada y como cada uno de ellos experimenta la explotación capitalista.

Por un lado, esto explicaría la masificación y pauperización nunca vista de los obreros comerciales, los técnicos informáticos o los empleados de banca, por nombrar algunos, que antes estaban incluidos en la “nueva clase media”. También explica el surgimiento de “formaciones de clase” en estos “estratos” debido al impresionante desarrollo del capitalismo en el siglo XX. [3] Por otro lado, si además de partir del hecho de que el capitalismo nunca ataca homogéneamente a las clases populares, consideramos que los asalariados viven la explotación de maneras diferentes (e incluso se insertan a las relaciones de producción con tradiciones y costumbres históricas concretas), se puede entender la heterogeneidad de la clase obrera, y los diferentes comportamientos que tienen en cada época y cada país. [4]

El otro elemento es que para Meiksins su respuesta a la estratificación interna de la clase pasa por una “estrategia de la unidad” frente a la “estrategia de alianzas” pensada por la socialdemocracia y el eurocomunismo. Dejando abierto el debate de cómo tendría que forjarse esa unidad de clase en la practica (y dejando en el aire alguna que otra deficiencia).

En este sentido se podrían hacer algunas consideraciones sobre las preguntas lanzadas por el autor.

Los soviets, una respuesta a Meiksins y al problema de la unificación

Ciertamente, como dice Meiksins, una estrategia que se define por alianzas con la “nueva clase media” que sea “distinta de la de superar las diferencias intraclase es probable que sea ineficaz”.

En el caso de la socialdemocracia alemana, con Bernstein primero y Kautsky después, resultó un fracaso total. La alianza con “clase media” acabo justificando alianzas con la burguesía liberal, que lejos de unificar a la clase, la llevo al matadero en 1914. Y otro tanto de lo mismo trató de justificar Nicos Poulantzas, teórico del Eurocomunismo. Bernstein teorizó que las diferencias de clase se irían disolviendo pacíficamente con el desarrollo armónico del capitalismo. En cambio, sucedió todo lo contrario. Marx había señalado que, con el desarrollo de las ciudades, al lado de las clases fundamentales, iban a surgir todo tipo de “estados intermedios y en transición” que oscurecerían las clases. Y Trotsky, por otro lado, planteará que la época del imperialismo iba a ser mucho más perversa ya que, además de surgir todo tipo de capas intermedias dentro de las fábricas (técnicos, administrativos) y fuera de ellas (artesanos, comerciantes, pequeña industria) la pequeña burguesía no iba a proletarizarse tan rápido como iba a arruinarse, mientras el proletariado tendería a descomponerse por los extremos cayendo en el lumpenproletariado. No existía un desarrollo unilateral de la clase y su formación.

Al final todas estas estrategias políticas niegan en los hechos la posibilidad de pensar cómo poner en práctica la unificación de la clase obrera, o incluso cuestionan su misma existencia, y terminan buscando adaptarse a los limitados márgenes de las democracias liberales.

Ahora bien, aunque Meiksins nos plantea algunas coordenadas interesantes para recomenzar algunos debates, habría que destacar algunas deficiencias.

En primer lugar, aunque el autor en esta nota resumida de polémica, da por hecho o se centra en polemizar contra los que tiene una visión estrecha de la clase trabajadora, cuestionando (muy al pasar) que los multimillonarios que controlan completamente (y no parcialmente) los medios de producción no son parte potencial de la clase obrera, no da cuenta de la existencia de una importante clase media, pequeños propietarios, que crece al calor de la producción capitalista (tenderos, campesinos, comerciantes, pequeña-burguesía industrial, autónomos, etc.…). Que en realidad ha sido la base social de importantes fenómenos políticos y sociales en el siglo XX y XXI. Sin pensar la relación de “alianzas” con esta clase media, la unificación de la clase obrera puede resultar totalmente endeble u “obrerista”, como en algún momento plantea el mismo Meiksins.

En segundo lugar, a la pregunta de Meiksins acerca de las vías prácticas de una política de unificación de la clase obrera, la realidad es que los teóricos del socialismo revolucionario tiempo atrás dejaron sentados algunos elementos fundamentales. La historia iba a responder con los consejos obreros (los soviets). Sin embargo, lo interesante, es que los soviets, que surgieron en la revolución rusa de 1905 (y que no han parado de repetirse de diferentes formas en distintos países durante todo el siglo XX) no solo dieron una respuesta a la unificación de la clase obrera. En la revolución de 1917, iba a dar un salto más, convirtiéndose también en un instrumento poderoso que amplió sus fronteras a todos los aliados y cooperantes en lucha, en concreto a las clases medias (soldados y gran parte de los campesinos).

En tercer lugar, y en relación muy estrecha a lo anterior. El problema que no acaba de tener en cuenta Peter Meiksins, es que además de una clase obrera estratificada, y fragmentada por las divisiones que impuso la burguesía y el desarrollo del capitalismo, apareció en el siglo pasado un fenómeno nuevo y determinante: la burocracia. Que como dirá Trotsky se convertirá en el agente de la burguesía dentro de las organizaciones obreras. Perpetuando aquella fragmentación y diferenciación de la clase obrera, y siendo un obstáculo a la formación de clase. En ese sentido, la III Internacional de Lenin iba a explicar la importancia de la lucha por el frente único obrero de masas como una vía para romper con esta división corporativa que imponía la burocracia sindical y política, y crear de esa forma el germen de lo que podrían ser los futuros soviets.

En este sentido, Peter Meiksins discute un problema concreto de su época, como es el crecimiento de los trabajadores de los estratos medianos y altos y de una nueva aristocracia obrera. Sin embargo, aunque lo plantee al pasar, precisamente el problema es que desde los 80 la ofensiva neoliberal no solo diversificó aun mas la clase sino que la fragmentó aun mas por vía de la externalizacion, la subcontratación y la segregación laboral. Que dividió en mil formas distintas a los trabajadores, con el acuerdo de la burocracia sindical. Mientras recibía algunas cuotas de poder y algunas míseras concesiones.

Por esa razón, la “estrategia de la unidad” a la que aspira Meiksins, y que se concreta en la pelea por los organismos de autodeterminación obrera, será una ilusa abstracción sin un partido revolucionario que luche en el seno del movimiento obrero por unificar a todos los estratos de la clase obrera y derrotar a las burocracias que no solo perpetúan la división de la clase sino que hacen imposible la alianza con el resto de aliados, debido a su alianza con los partidos tradicionales de las clases medias, que defienden políticas capitalistas. Peleando por un programa transicional, que recoja las demandas más progresivas de la clase obrera y las clases medias y que pelee por que éstas sean costeadas por la gran burguesía. Todo ello en la perspectiva de conquistar el poder político, sin el cual no es posible no solo ganar la simpatía de las clases medias, sino hacer efectiva la alianza.

Como señalan Matias Maiello y Emilio Albamonte en su libro “Estrategia socialista y arte militar”, la novedad del siglo XXI es que la clase obrera lejos de ser una minoría aumentó y se diversificó como nunca, pero además con la industrialización en los países avanzados y no tan avanzados se convirtió por primera vez en la clase mayoritaria. A su vez el desarrollo de la urbanización a unos niveles nunca vistos por Marx trajo como ventaja que la clase obrera encontrase a sus aliados mucho más cerca, a diferencia de la masa gigantesca de campesinos que vivían alejados y atomizados en aldeas. Esto ha hecho que las relaciones entre la clase obrera y sus aliados sean, hoy en día, más “porosas” que antes. En ese sentido, el problema de su definición necesita una visión más compleja de sus transiciones y estados intermedios, y una estrategia política que piense a fondo el problema de la estratificación interna. Y aunque la “porosidad” que ha dado lugar la enorme diversificación de la clase obrera es una ventaja cualitativa que debe aprovechar el proletariado, las experiencias en las crisis económicas, el bonapartismo y el fascismo demuestran que sin un partido revolucionario las ventajas se convierten en su contrario. En este sentido, los tiempos corren.

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NOTAS AL PIE

[1Ernest Mandel “El Capital” Cien años de controversias en torno a la obra de Karl Marx. Editorial Siglo XXI, 1998.

[2Ellen Meiksins Wood. “Democracia contra capitalismo. La renovación del materialismo histórico”, Editorial Siglo XXI.

[3Un ejemplo de esto serían las huelgas y las organizaciones de clase recientemente impulsados entre los empleados del McDonald´s en EEUU o Telepizza en el estado español, el proceso de luchas y organización en un sector anteriormente de “élite” como eran considerados los técnicos informáticos de Hewlett Packard en el estado español en los 90, o si apuntamos más lejos, nos podemos fijar en la experiencias de control obrero y autoorganización que llevaron adelante los empleados de banca y los periodistas en mitad de la Revolución Portuguesa en el 75. De acuerdo con Meiksins, estos vendrían a demostrar su verdadera esencia: que están sometidos a la explotación capitalista.

[4Sería el caso de la evolución y la explotación multifórmica que sufrieron los trabajadores intelectuales, la llamada “intelligentsia”, y que según el tiempo y el lugar a tenido respuestas diferentes. Desde el caso de los oficinistas y los encargados (que al administran partes del proceso laboral mientras son tratados despóticamente por el Capital) tienden a mantenerse equidistantes en los procesos de polarización de clase contra sus empleadores. Hasta el caso tan diferente del profesorado, que al masificarse y desvalorizarse, han jugado un rol de vanguardia, como fue el caso de la Comuna de Oaxaca en México. Cuando en el pasado, el profesorado siempre se ubicó en los sectores más conservadores debido a su ascendencia pequeñoburguesa. Sin embargo, incluso Trotsky en Francia iba a señalar el rol histórico de estos trabajadores intelectuales al “convertirse en agentes irreemplazables del Frente Único en la aldea” para ligar a la clase obrera con las masas campesinas.

Asier Ubico

Zaragoza
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