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Ni los muertos estarán seguros si el enemigo vence: masacres y resistencias en la historia de Bolivia

La imagen de la represión golpista al cortejo por los mártires de Senkata recorrió el mundo. Fue todo un símbolo: de la tradición sanguinaria de quienes se creen dueños del país, de la tradición de lucha del pueblo boliviano. Breve historia de los combates de clases del último siglo.

Lucho Aguilar

@lukoaguilar

Domingo 24 de noviembre

El cortejo baja desde El Alto. La avenida se conmociona a su paso. Se divide entre el silencio respetuoso y el grito de odio. “¡Áñez asesina, justicia!”. Entre la multitud, llevados a pulso, bajan los cuerpos de tres de los mártires de Senkata.

El día anterior la represión militar y policial había asesinado a Edwin Paniagua, Ruddy Vásquez, Juan José Mamani, Joel Colque Patty, Antonio Quispe, Pedro Quispe Mamani, Clemente Mamani Santander y Devi Posto Cusi. Junto a otros cientos, habían defendido heroicamente el bloqueo a la planta de combustibles.

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Pasado el mediodía la policía y el Ejército empiezan a disparar. Otra vez. Mientras la multitud resiste los cajones quedan sobre el asfalto, amenazados por las tanquetas. A pesar de los gases y fusiles, un joven se niega a alejarse de ellos. La imagen recorre el mundo. Alguien recuerda aquella frase del historiador Walter Benjamin. “Ni los muertos estarán seguros si el enemigo vence”. La imagen, la frase, son todo un símbolo. De la tradición de lucha del pueblo boliviano. De la tradición sanguinaria de quienes se creen dueños del país.

Las matanzas de “la Rosca”, la resistencia minera

Una lluvia de plomo y fuego había talado la fila delantera del pueblo. Al cabo de unos instantes la plazuela ofrecía un aspecto desolador. De pronto entre el tendal de muertos y heridos apareció una mujer dando alaridos; pugnaba por llevarse a su marido muerto. Fue acallada por la potente voz de los mausers y cayó herida”.

El relato es de Trifonio Delgado, uno de los testigos de la primera masacre minera. Fue el 4 de junio de 1923 en Uncía. Los obreros de “La Salvadora” y “Llallagua” fundaron su sindicato y realizaron su primera marcha para reincorporar los despedidos. Los dueños de Bolivia eran entonces tres familias conocidas como los “Barones del estaño”. Los Patiño, los Hochschild y los Aramayo. Junto con los terratenientes del Oriente y los que gobernaban para ellos, eran conocidos como “la Rosca” que mandó el país durante la primera mitad del Siglo XX. Frente a ellos, haciendo funcionar los enclaves estratégicos del naciente capitalismo boliviano, se fue forjando un combativo movimiento minero.

La mañana del 21 de diciembre de 1942 los mineros de Catavi y sus familias marcharon por salario tras 50 días de huelga. “Los soldados abrieron fuego sobre la multitud. Los disparos continuaron hasta las tres de la tarde. A la cabeza de la marcha estaba una anciana que llevaba la Bandera. Recibió la primera descarga de metralla cayendo envuelta en los pliegues de la tricolor’”. El relato pertenece a la Historia de Bolivia de Guillermo Lora. Ese día el Ejército asesinó a 20 mineros y familiares.

En enero de 1947 fue la masacre de Potosi y a fines de mayo de 1949 la brutal masacre de Siglo XX. Ante los primeros ataques de la empresa y el ejército, los mineros tomaron de rehenes a los “gerentes gringos”. Resistieron, con dinamita, el asedio de cuatro regimientos y 1500 carabineros. Al día siguiente, el Ejército boliviano y los dueños de la minas evitaron una nueva derrota. Bombardearon el campamento minero durante horas. Sobre tierra arrasada iniciaron una cacería casa por casa. El gobierno reconoció 144 muertos pero la historia popular habla de casi 300.

La revolución de 1952 nacionalizó las minas. Aunque las direcciones políticas y sindicales evitaron que se convierta en una revolución obrera, con los mineros al frente la clase obrera puso en pie la Central Obrera Boliviana (COB) y se convirtió en una de las más combativas del continente. A poco del golpe militar que derroca al gobierno del MNR, se levanta para defender las conquistas logradas en los últimos años. En mayo de 1965 las primeras huelgas son reprimidas duramente. En septiembre de ese año ocurren las masacres de Siglo XX y Catavi. Las milicias mineras combaten el asedio del Ejército a pura dinamita y fusil, resistiendo durante días. Finalmente son derrotados por varias guarniciones y asesinados sus dirigentes Isaac Camacho y César Lora.

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Sería el preludio de una de las matanzas más recordadas de la historia de Bolivia. Mientras las familias mineras festejaban la Noche de San Juan, el 24 de junio de 1967, las tropas se colocaron en los cerros. La empresa cortó la electricidad para evitar que funcionen las radios mineras. Cuando el general dio la orden, dispararon metralla desde todos los ángulos. Fueron más de 20 muertos y 70 heridos. Mineros, mujeres y niños.

Las represiones no eran por un reclamo minero en particular. Como analiza Eduardo Molina en su crónica de aquella jornada, eran parte de un proceso de resistencia a la dictadura del General Barrientos que apoyaba la penetración de capitales norteamericanos. “Esto significaba, ante todo destruir los remanentes del “poder sindical” en las minas, vestigios del poder dual de 1952, encarnado en los sindicatos y sus milicias que todavía subsistían en los principales centros mineros”. Las huelgas generales, las marchas y los piquetes armados conmocionaban el país. El ejército utilizó la aviación no solo contra los campamentos mineros, sino también para despejar las barricadas en El Alto y donde surgiera la resistencia popular. Ayer como hoy.

Las matanzas de los ricos continuaron. La resistencia desde los socavones también. En agosto de 1971 la matanza la ordenó el general Banzer, en julio de 1980 el general Meza y en la navidad de 1996 fueron dirigidas por el odiado Gonzalo Sánchez de Losada. Los mineros bolivianos no solo desafiaban un de las posiciones estratégicas del capitalismo en Bolivia. Además fueron protagonistas de gestas históricas como la nombrada Revolución de 1952, la Asamblea Popular de 1971 o las "jornadas de marzo" de 1985.

Un odio clasista y también racista

Esas 11 masacres y combates en las minas no fueron la única marca fundacional del Estado capitalista boliviano. El mismo ejército y las bandas fascistas se ensañaron, desde su fundación, con los campesinos y comunidades indígenas.

Desde el asesinato de los rebeldes Tupac Katari y Bartolina Sisa hasta las masacres del Siglo XX, como la de Jesús de Machaca en marzo de 1921 o el Valle de Tolata en enero de 1974. La última antes del golpe fue la matanza de Pando. El 11 de septiembre de 2008, mil campesinos se dirigían a un “ampliado” (plenario) de la central campesina. Rechazaban la violencia separatista y racista organizada por los terratenientes de la Media Luna (Santa Cruz, Tarija, Pando, Beni). Los amigos del actual líder golpista Luis Fernando Camacho. Los hombres del prefecto de Pando y sus bandas paraestatales abrieron fuego asesinando a 30 campesinos y campesinas, dejando heridos a decenas de ellos. Todas fueron represalias “ejemplificadoras” a los reclamos y levantamientos que cuestionaban a un Estado clasista y racista.

A principios de este siglo, las guerras del agua y el gas también dejaron mártires obreros y campesinos. Pero volvieron a reafirmar la heroica tradición de lucha del pueblo boliviano. En cada una de ellas chocaron con el Ejército hasta hacerlo retroceder, con combates callejeros, piquetes armados y marchas mineras que se abrían paso a fuerza de dinamita.

La historia de Bolivia, a veces con más brutalidad que otros países de la región, desmiente la ilusión que quiere transmitir el reformismo y el progresismo latinoamericano. ¿Ocupar el Estado para conciliar los intereses de quienes hacen funcionar el país y quienes se creen sus dueños? En cada momento clave de la historia, el Estado capitalista confirma que es, en esencia, una banda de hombres armados al servicio de los empresarios y terratenientes. Es lo que explica con enorme actualidad Lenin en su folleto “El Estado y la revolución”.

De resistir a vencer

Tras el golpe cívico-militar del 10 de noviembre la resistencia popular volvió a mostrar toda su valentía. A pesar del pacto que negocia el MAS con la derecha, a pesar de la entrega escandalosa de la Federación Minera y la COB que renegaron de aquellas tradiciones, fueron miles quienes salieron a repudiar el golpe y enfrentar al Ejército y la Policía. Así lo hicieron el 15 de noviembre en Sacaba y el 19 en El Alto. Igual que en 2003, el pueblo supo que uno de los puntos estratégicos del enfrentamiento con los golpistas estaría otra vez en Senkata. Allí están los yacimientos de combustibles que abastecen a La Paz.

Como dijo uno de los jóvenes alteños en el Cabildo Abierto el día después de la matanza de Senkata, “rechazamos que los diputados del MAS pretendan negociar con nuestras muertes, los jóvenes no negociamos con nuestros muertos”.

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Cuando bajaron con los cajones de sus mártires a pulso, gritando su reclamo de justicia, los dueños de Bolivia volvieron a mandar a sus perros guardianes. A su manera, quisieron recordarles a fuego aquella sentencia: “ni siquiera los muertos estarán seguros si el enemigo vence”.

Detrás de la saña de la nueva dictadura se esconde el miedo inmemorial de los ricos a una clase trabajadora que hizo una revolución, que combatió heroicamente una y mil veces. A los campesinos e indígenas que hace siglos se rebelan contra la opresión. Y en la resistencia al golpe, en la memoria de cada uno de sus héroes, ese pueblo tendrá que recuperar sus mejores tradiciones y echar a los traidores de sus organizaciones. Solo así podrá forjar la fuerza política y social que le permita vencer esta vez a los sanguinarios dueños de Bolivia.






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