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La hija de Stalin: las entrañas del monstruo

El recorrido por la vida de Svetlana (1926-2011), hija de Stalin permite restaurar el clima de terror y opresión que la burocracia soviética impuso al pueblo que llevó adelante la primera revolución socialista triunfante de la historia.

Martes 20 de febrero | 19:20

Rosemary Sullivan relata la historia de Svetlana Iósifovna Allilúieva, hija de Iósif Vissariónovich Dzhugashvili, conocido como Iosif Stalin. La hija de Stalin (Debate) hurga en las historias de palacio de una burocracia que decapitó al partido bolchevique y tiñó de lodo y sangre las banderas del socialismo.

La investigación de Sullivan reconstruye la vida de Svetlana (1926-2011), hija del segundo matrimonio de Stalin con Nadezhda Allilúyeva, quien se suicida en 1932. El recorrido por su vida permite restaurar el clima de terror y opresión que el imperio de la burocracia soviética impuso al pueblo que llevó adelante la primera revolución socialista triunfante de la historia.

El reinado del terror

La atmósfera que reconstruye Sullivan pintando lo que significó el poder de la burocracia, nos da trazos para comprender la diferencia entre los primeros años de la revolución bolchevique de 1917, que intentó erigir un Estado basado en la democracia directa de obreros y campesinos a través de los soviets. Forzados por la contrarrevolución, la guerra civil, el hambre, la invasión extranjera y la derrota de la primera oleada de la revolución europea, la revolución debió abandonar sus planes originales y tomar medidas de excepción para impedir la caída del poder soviético. El agotamiento extremo producido por la guerra imperialista seguida de la guerra civil, la consolidación del capitalismo occidental luego de la derrota de las masas proletarias en Alemania, Italia y Hungría, la necesidad de tomar medidas que permitieran la reconstrucción de la economía desde las cenizas a través de la NEP, consolidaron una casta burocrática que luego de la muerte de Lenin consolidó su poder y fue imponiendo su dictadura totalitaria. El reinado del terror de Stalin se cobró la vida de entre 3 y 5 millones de personas.

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Lenin era consciente de que la brutalidad de Stalin significaba un peligro a enfrentar. Tanto es así que en su Testamento escrito en enero de 1923 advierte: "Stalin es demasiado brusco, y este defecto, plenamente tolerable en nuestro medio y en las relaciones entre nosotros, los comunistas, se hace intolerable en el cargo de Secretario General. Por eso propongo a los camaradas que piensen la forma de pasar a Stalin a otro puesto y de nombrar para este cargo a otro hombre que se diferencie del camarada Stalin en todos los demás aspectos sólo por una ventaja, a saber: que sea más tolerante, más leal, más correcto y más atento con los camaradas, menos caprichoso, etc. Esta circunstancia puede parecer una fútil pequeñez. Pero yo creo que, desde el punto de vista de prevenir la escisión y desde el punto de vista de lo que he escrito antes acerca de las relaciones entre Stalin y Trotski, no es una pequeñez, o se trata de una pequeñez que puede adquirir importancia decisiva".

La propia Svetlana describe la brutalidad del régimen instaurado bajo el mando de su padre: "En la familia en la que nací y crecí nada era normal, todo era opresivo, y el suicidio de mi madre fue el testimonio más elocuente de la desesperanza de la situación. Los muros del Kremlin a mi alrededor, la policía secreta en la casa, en la cocina, en la escuela. Y encima de todo un hombre gastado y terco, aislado de sus antiguos colegas, sus viejos amigos, de todos los que le habían sido cercanos, de hecho de todo el mundo, que con sus cómplices había convertido el país en una cárcel en la que todo el que tuviera una pizca de espíritu y mente estaba siendo extinguido; un hombre que despertaba miedo y odio en millones de hombres: ése era mi padre…".

El Termidor

Precisamente es en el conflicto entre León Trotsky y Stalin que se jugó el destino de la URSS. Un episodio que por las características propias de la reconstrucción del contexto y la psicología del personaje de Svetlana, se encuentra ausente de la biografía de Sullivan. Stalin representaba el Termidor, que Trotsky describe trazando uno de las reflexiones más excepcionales de la teoría marxista sobre la burocracia: "La Revolución machaca y destruye la maquinaria del viejo Estado. Ahí reside su esencia. La liza está repleta de contendientes. Ellos deciden, actúan, legislan a su modo, exento de precedentes; juzgan y dan órdenes. La esencia de la revolución está en que la misma masa se constituye en propio órgano ejecutivo. Pero cuando la masa se retira del palenque, vuelve a sus diversas residencias, a sus viviendas particulares, perpleja, desilusionada, cansada, el teatro de los acontecimientos queda desolado. Y su frialdad se intensifica cuando lo ocupa la nueva máquina burocrática. Naturalmente, los encargados de ella, inseguros de sí mismos y de las masas, tienen recelo. Por eso, en la época de la reacción victoriosa, la máquina político-militar desempeña un papel mucho más importante que bajo el antiguo régimen. En esta oscilación de la Revolución al Termidor, la índole específica del Termidor ruso proviene del papel que el Partido tomó en él. La Revolución francesa no tuvo nada de esto a disposición suya. La dictadura de los jacobinos, personificada en el Comité de Salud Pública, duró solamente un año. Esta dictadura tenía un efectivo apoyo en la Convención, mucho más fuerte que los clubs y secciones revolucionarias. Aquí está la clásica contradicción entre la dinámica de la revolución y la reflexión parlamentaria. Los elementos más activos de las clases participan en la pugna revolucionaria de fuerzas. Los demás (los neutrales, los que permanecen a la expectativa, los retrasados) parecen excluirse ellos mismos. En época de elecciones, aumenta la participación, que se extiende a una porción considerable de los semipasivos y los semiindiferentes. En tiempos de revolución, los representantes parlamentarios son enormemente más moderados y contemporizadores que los grupos revolucionarios a quienes representan. Para dominar la Convención, los montañeses dejaron que la Convención rigiese al pueblo, mejor que los elementos revolucionarios del mismo pueblo fuera de la Convención.

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A pesar del carácter incomparablemente más profundo de la Revolución de octubre, el Ejército del Termidor soviético se reclutó esencialmente entre los restos de los partidos que anteriormente habían regido, y de sus representantes ideológicos. Los antiguos hacendados rurales, capitalistas, hombres de leyes, sus hijos (esto es, los que no habían huido al extranjero) fueron absorbidos por la máquina del Estado, algunos incluso por el mismo Partido. Una inmensa mayoría de los admitidos en la maquinaria del Estado y del Partido habían sido anteriormente miembros de los partidos pequeñoburgueses: mencheviques y SR. A éstos hay que añadir un enorme número de positivistas mondos y lirondos que habían estado acurrucados al margen durante la época tempestuosa de la Revolución y la guerra civil, y que, convencidos al cabo de la estabilidad del Gobierno soviético, se dedicaron con singular pasión a la noble tarea de asegurarse cargos permanentes y cómodos, si no en el centro, al menos en las provincias. Toda esta enorme multitud abigarrada era el soporte natural del Termidor".

Como líder de la Oposición de Izquierda, primero y la Cuarta Internacional después, el revolucionario bolchevique luchó por regenerar la revolución apelando a la democracia de obreros y campesinos y al desarrollo de la revolución internacional; orientación opuesta por el vértice a la de la burocracia stalinista que predicaba la posibilidad de construir el socialismo en un solo país, la colaboración de clases con las burguesías y el poder infalible del líder y el partido único que se ejercía con la policía política como principal instrumento de dominio. A raíz de esta lucha Trotsky y los trotskistas se transformaron en el principal enemigo a derrotar por la burocracia, pagando la osadía de mantener vivas las banderas del bolchevismo con la deportación a los gulags y los asesinatos en masa, hasta el crimen del propio Trotsky por el sicario Ramón Mercader en Ciudad de México en 1940.

La falsificación

Una de las características esenciales del régimen stalinista era la falsificación de las pruebas, las acusaciones y de la propia verdad histórica. Necesitaba legitimar así su dictadura totalitaria rehaciendo a su antojo el pasado revolucionario y señalando enemigos peligrosos en cada uno de sus opositores. Con este método se montaron las farsas de los Juicios de Moscú que entre 1936 y 1938 liquidaron a la vieja guardia del Comité Central del Partido Bolchevique, acontecimientos que en el libro de Sullivan son relatados sin profundizar en su significado histórico.

Svetlena fue víctima de la falsificación ya que Stalin decidió ocultarle el suicidio de su madre Nadezhda, haciéndole creer que había muerto de una apendicitis mal curada. El descubrimiento de las verdaderas causas de la muerte llevó a la hija de Stalin a ponerse en alerta sobre el verdadero carácter de su padre.

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Puesta bajo la vigilancia constante de los agentes de la policía política que informaban a Stalin cada uno de sus movimientos y relaciones, Svetlana fue reconociendo la construcción de la falsificación, viendo caer a quienes hasta ayer eran grandes amigos y camaradas que se convertían por imperio de las necesidades de la burocracia, en agentes de alguna potencia extranjera que buscaba atentar contra el líder supremo.

Stalin rechazó el matrimonio de su hija por casarse con un judío, a quienes profesaba un profundo odio y se encargó de perseguirlos y desterrarlos a los gulags. Luego de dos hijos a los que Stalin poco le interesó conocer, persuadió a su hija del divorcio. Amante de la literatura, su padre la convenció de estudiar Historia Moderna y no seguir su vocación, ya que despreciaba profundamente los círculos intelectuales soviéticos de quienes desconfiaba profundamente.

La lógica de la falsificación que impuso Stalin fue una de las causas que lo llevó a la muerte. En el transcurso de 1953 es informado por sus médicos que estaba enfermo del corazón, los acusó de complot y ordenó su detención. Poco después fallecerá de una hemorragia cerebral.

Guerra fría

Svetlana emigró de la URSS llevando las cenizas de su tercera pareja, Brajesh Singh, a la India. Dejando atrás a sus dos hijos, en 1967 Svetlana buscó refugio en la Embajada de los Estados Unidos donde un desconcertado Robert Rayle, le brindó asilo luego de que la CIA, que desconocía la existencia de una hija del líder soviético, comprobó que la mujer era quien decía ser. El 21 de abril de 1967 sorteó la reticencia del Departamento de Estado de darle el visado, ya que peligraban las relaciones con su contendiente de la guerra fría. Svetlana fue así la figura más importante que desertaba de la URSS. La respuesta del Kremlin no careció de crueldad. Declararon que Svetlana era inestable mentalmente y que la CIA la había secuestrado. La KGB por su parte obtuvo de sus hijos declaraciones públicas sobre la promiscuidad de su madre.

Su vida en los EEUU resultó en un constante vagabundeo luego de conocer la fortuna por la publicación de su libro autobiográfico 20 cartas a un amigo (Yo, Stalin y Rusia). Después de un tiempo desapareció de la escena pública. Fue docente universitaria, habitante de una comuna hippie, tuvo varios matrimonios más y dos hijos. Vivió en México e Inglaterra y ya en los ’80 decidió volver a la URSS para ver a sus hijos, país del cual se volvió a ir porque consideraba al régimen de Gorbachov como parte del reinado de la KGB. Sullivan reivindica en la huida de Svetlana la búsqueda de la libertad de expresión y la reconciliación con el mundo mediante el amor. Explica esta etapa de su vida nómade por la imposibilidad de adaptarse a los valores de Occidente.

Svetlana murió sola y olvidada en Wisconsin con el nombre de Lana Paker, en un asilo de ancianos.

La ignominia stalinista

La sentencia de la hija de Stalin sobre el régimen que impuso el Termidor burocrático en la URSS fue lapidario: “Mi padre fue un déspota y trajo un terror sangriento, destruyendo a millones de personas inocentes, pero todo el sistema que lo hizo posible estaba profundamente corrupto”.

León Trotsky escribió al respecto sobre la burocracia y la sociedad soviética: "L’Etat c’es moi (El Estado soy yo), es casi una fórmula liberal comparada con las actualidades del régimen totalitario de Stalin. Luis XIV se identificaba a sí mismo sólo con el Estado. Los papas de Roma lo hacían con el Estado y la Iglesia, pero sólo durante la época del poder temporal. El Estado totalitario va más lejos que el Cesaropapismo, pues ha abarcado también toda la economía del país. Stalin pueden decir muy bien, a diferencia del Rey Sol: La Société c’est moi (La sociedad soy yo)".

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La hija de Stalin permite conocer los contornos de un sistema que se apropió de las conquistas de obreros y campesinos para acumular privilegios propios de una casta. Nos da testimonio directo desde el palacio, pero sin adentrarse ni comprender las contradicciones de la sociedad soviética. La autora es presa de una perspectiva liberal que describe el totalitarismo sin explicar su contenido social. Despoja de la aventura de Svetlana la posibilidad de extraer conclusiones que son de suma importancia para entender un momento esencial de la historia humana.

El libro ofrece una rica descripción y una lectura inquietante. Para quienes defendemos el marxismo revolucionario y reivindicamos la lucha contra el stalinismo, adentrarse en la monstruosidad de un régimen que actuó como una cárcel de los pueblos enlodando las banderas del socialismo, es fundamental para reivindicar a cien años de la revolución bolchevique el proyecto de liberar a la humanidad de la explotación capitalista y el yugo de la opresión estatal.






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