Cultura

CRÍTICA LITERARIA

La caracola de Golding o la crisis de la democracia representativa

En 1954 se publicaba en la Inglaterra de la posguerra, la novela de William Golding Lord of the flies (“El Señor de las moscas”), que le valdría a su autor el reconocimiento del premio Nóbel en 1983.

Domingo 29 de mayo de 2016 | 19:41

En 1954 se publicaba en la Inglaterra de la posguerra, la novela de William Golding Lord of the flies (“El Señor de las moscas”), que le valdría a su autor el reconocimiento del premio Nóbel en 1983.

La trama de la novela corta de Golding gira en torno al naufragio de más de veinte pupilos de la aristocracia inglesa y su peripecia en una isla perdida en el océano atlántico. El proceso de reorganización de más de veinte niños entre siete y catorce años para afrontar los desafíos y los retos de la supervivencia será la excusa argumental sobre la cual orbitarán los dos grandes temas de la obra: el poder y el mal, entendidos de forma idealista (el autor era cristiano) como cualidades ontológicas y espirituales del ser humano. Desde el título podemos ver este carácter religioso, en alusión al “Señor” de las moscas como personificación de Satanás y de la maldad, más allá que la obra no transite por situaciones o episodios sobrenaturales o fantásticos.

Entonces, por qué para los marxistas nos interesa la obra literaria de un cristiano inglés y para colmo jefe militar del imperialismo británico durante la Segunda Guerra Interimperialista; que versa sobre la cuestión del mal desde un punto de vista religioso e idealista. La culpa de todo la tiene la caracola, ese elemento material pero también simbólico de la isla en la fábula de Golding, que los niños emplean como instrumento democrático en defensa de la palabra, sosteniéndola en sus manos al hacer uso de la retórica y el discurso en la discusión de cómo afrontar la supervivencia de todos en una isla desierta y sin la presencia de los adultos.

La confianza que todos los niños depositan en la caracola, como garante de su derecho a la palabra, es personificada en el débil, gordo y miope personaje de Piggy (cerdito) como la expresión del más desvalido y oprimido, como aquel cuya única defensa ante el matonismo de algunos grandes reside en la persuasión y la habilidad discursiva; sin embargo toda esta ilusoria confianza termina cuando Jack y su secta violenta le rompen el cráneo, toman su caracola y la rompen en mil pedazos. Es el momento del golpe de estado, de la ruptura de la posibilidad de la conciliación de clases en el marco de la democracia representativa, de la dominación ya no por consenso, sino mostrando con todo su poder, violencia y crueldad el verdadero rostro cadavérico de la clase dominante.

Quizás nuestro enfoque hermenéutico o interpretativo, puede ser acusado de querer forzar demasiado los límites siempre condicionados de la significación de una obra literaria (aunque estemos lejos del enfoque hermenéutico de un Derrida), sin embargo reconocemos que leyendo y releyendo El Señor de las moscas, siempre nos ha provocado una especie de estupor con respecto a las características de la democracia burguesa uruguaya en relación a su consideración prestigiada por parte del movimiento de masas: la confianza en el parlamento burgués como máxima expresión democrática, en la educación pública como garante del Estado de bienestar y la movilidad social, y en el sistema electoral como garantía de respeto a la constitución y las leyes del Estado capitalista, son algunas de las claves de la dominación burguesa en el Uruguay y el atraso de la conciencia de los trabajadores; sin embrago también son un factor de lucha y movilización cuando las libertades “democráticas” son atacadas o intentan ser confiscadas.

En esta delicada contradicción dialéctica en la que se mueve nuestra realidad nacional, algunos abrigamos la esperanza que la caracola de la democracia burguesa en nuestro país, también se rompa en mil pedazos, pero ya no por la violenta arremetida de la reacción, sino por la violencia organizada de las grandes mayorías.






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