Política Bolivia

OPINIÓN

¿Jeanine Áñez víctima de machismo por ser candidata?

Jeanine Áñez pretende esquivar las críticas a su gobierno y a su postulación asumiendo una postura victimista, alegando sufrir machismo. En un país con uno de los índices de violencia hacia la mujer más altos en el continente, Áñez utiliza este discurso de manera hipócrita, cuando ella misma no tuvo ningún escrúpulo en asumir un Gobierno que empezó con una feroz represión policial y militar.

Dalila Fabreger

Militante de Pan y Rosas

Lunes 17 de febrero

Foto: La Voz de Tarija

A Jeanine Áñez le llegó el poder en un golpe de suerte, y de Estado. Senadora por la alianza Unidad Demócrata, y parte de la alianza entre Unidad Nacional del empresario Samuel Doria Medina y los Demócratas (Movimiento Demócrata Social), este último que es su partido, en las últimas elecciones no llegó en votación ni al 5%, luego de negociaciones entre representantes del arco opositor golpista (como fue destapado en una entrevista a Waldo Albarracín en un programa radial de María Galindo en Radio Deseo), asumió la presidencia de Bolivia el pasado 13 de noviembre. Recordemos que una de las primeras acciones realizadas por Áñez fue hacer un llamado a las Fuerzas Armadas a imponer el orden en el país, seguido de un decreto que eximía de responsabilidad a los militares por el uso de la fuerza, lo que como ya sabemos, propició las masacres de Sacaba y Senkata y los asesinatos en Ovejuyo, dejando un saldo de más de 30 muertos y cientos de heridos y detenidos. Su gabinete “de transición” estuvo formado en primera instancia por Arturo Murillo, reconocido misógino pro-vida, como ministro de Gobierno y Jerjes Justiniano, abogado de la manada cruceña, como ministro de la Presidencia.

Además, en su corto periodo de Gobierno, hizo que se cerraran 50 radios comunitarias aproximadamente y expulsó del país a la prensa internacional como TeleSur o RT. También inició una radical persecución política a todos los que en algún momento estuvieron relacionados al Gobierno del MAS (militantes y ex funcionarios) o eran simpatizantes, al igual que contra quienes denunciaban los crímenes de su Gobierno, acarreando también, tensiones diplomáticas con algunos países.

Pero ninguno de estos hechos criminales hizo que la derecha, empoderada luego del golpe, cuestionara el papel de Áñez al mando de la presidencia. Más al contrario, los halagos al rol de la presidenta como una mujer fuerte y decidida no tardaron en llegar por parte de los conservadores, exaltándola también por su rol de mujer “empoderada”, en otras palabras, por “ponerse los pantalones” tal como lo hubiera hecho cualquier fascista reaccionario antiguo o actual. Tanto era el fervor causado por esta nueva figura femenina que cuando María Galindo escribió un artículo en el que hacía una semblanza poco favorable de Áñez, causó la furia generalizada de gran parte de la población.

Como el sistema patriarcal en el que vivimos no duda en exaltar el rol de la mujer cuando es funcional al poder de turno, quienes colaboraron y tuvieron roles principales en este periodo fueron aclamadas por la derecha, desde Jeanine Áñez hasta Eva Copa; esta última como una de las principales responsables del lado del MAS (con 2/3 de representación parlamentaria) en legitimar el golpe estando a la cabeza de las negociaciones con la derecha que, mientras desde arriba hablan de "pacificación y transición democrática", la realidad que viven los de abajo es otra.

Sin embargo, parte de este idilio de la presidente con los representantes de la derecha encabezada por Camacho, Tuto Quiroga o el mismo Carlos Mesa, terminó cuando Áñez decidió ingresar en la carrera electoral, luego de haber prometido el año pasado cumplir su rol como presidenta de un "Gobierno transitorio" y de “pacificación”, además de ampararse en el mismo mecanismo que usó Evo Morales para hacer campaña electoral sin renunciar. Respaldada por la alianza “Demócratas” y con el apoyo del Gobernador de Santa Cruz, Rubén Costas, y el Gobernador de Tarija, Adrián Oliva, entre los más fuertes, Áñez decidió dar un golpe para muchos inesperado, suscitando la “indignación” de sus anteriores admiradores por un “poco ético” modo de proceder. Lo cierto es que menos les molesta el despotismo de Áñez que el miedo a que utilice los recursos del Estado y el poder que ahora tiene para ganarles en la carrera electoral, además de aumentar la división del voto opositor al MAS.

Pero no solo en esto Áñez ha emulado los pasos de Morales, sino que, al parecer, también aprendió del ex mandatario la manera de hacer uso de temas sensibles, como el machismo, para su propio beneficio, presentándose como una víctima del mismo. Recordemos como Evo Morales y García Linera respondían a cualquier crítica que se le hiciera a su Gobierno alegando racismo. Ahora Áñez recurre al mismo método para responder las críticas a su postulación, diciendo que quienes no quieren que se postule son machistas.

En uno de los países con mayores índices de violencia machista de América del Sur, que Áñez, una mujer con todo el poder para reprimir y censurar, se escude detrás del discurso victimista del machismo es indignante, además de hipócrita, ya que no tuvo ningún reparo en hacer arrestar a la apoderada de Evo Morales que se encontraba en estado de gestación o en tener como persona de más confianza a Arturo Murillo, quien dijo que las mujeres debíamos matarnos antes de abortar. Evo Morales hizo algo similar cuando en su momento, se quejaba de discriminación mientras reprimía a los indígenas del TIPNIS o a las personas con discapacidad, y ahora Áñez, en medio de una escalada represiva que ella lideró, se escuda detrás del discurso de víctima del machismo para tapar su postulación a la presidencia, mientras que demuestra su desprecio por la vida de las mujeres al haber confiado en el abogado de un grupo de violadores como su ministro de la Presidencia en primera instancia.

La historia está en contra de Áñez, no importa que ahora pretenda manejar un discurso de “inclusión” rumbo a las elecciones de mayo, cuando sabemos que mientras fue senadora se opuso a la aprobación de la ley 807: La ley de identidad de género; una ley que que ayudó a las personas transexuales y transgénero a restablecer un estatus ciudadano. O que ahora impulse un proyecto de ley para declarar la identidad de la "chola boliviana" como patrimonio cultural e inmaterial del país, cuando años pasados no dudó en lanzar comentarios discriminatorios e irrespetuosos a la cultura aymara, llamándola satánica. O más recientemente, de manera abierta premió a la juventud de la resistencia cochala (JRC) con la entrega de motos y condecoraciones por su rol paramilitar durante los últimos meses. Pura verborrea hipócrita para su campaña política.

El machismo es un tema estructural de nuestra sociedad por lo que sin duda Jeanine Áñez fue víctima del machismo a lo largo de su vida, como todas. Pero la discriminación por género también tiene niveles, y estos están determinados por otras variantes, como la clase social, el origen étnico y la preferencia sexual entre otros. Si no tomamos en cuenta esto podemos caer en la equivocación de pensar que Áñez, en su condición de mujer, sufre la opresión o la injusticia de la misma manera que una de las madres que perdió a su hijo o su esposo en Senkata o Sacaba, por poner un ejemplo. O, por otro lado, podemos caer en el esencialismo de decir que una mujer, por el solo hecho de serlo, no puede ser la victimaria y quitarle responsabilidad por sus acciones. Por ello es importante recalcar una y otra vez que “el género nos une y la clase nos divide”, eso es fundamental para entender que la lucha contra el régimen de Áñez y toda la asonada golpista que tomó el poder del país, es una cuestión esencialmente de clase. Este golpe de Estado, alentado por la ultraderecha y encarnado en una mujer: Jeanine Áñez; fue esencialmente contra el pueblo trabajador, y en este, quienes son las más vulnerables por su condición de género, pero sobre todo de raza y clase, son las mujeres pobres.






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