Política

24 DE MARZO - DICTADURA Y GENOCIDIO DE CLASE

Hitler en el Río de la Plata: el antisemitismo de los genocidas argentinos de 1976

A pesar de numerosos testimonios, documentos y libros que tratan el tema, la saña antijudía de los militares argentinos que dieron el golpe el 24 de Marzo de 1976 no es algo demasiado contado. Ellos realmente destilaban odio hacia esa religión y reivindicaban a Adolfo Hitler.

Mirta Pacheco

@mirtapacheco1

Viernes 22 de marzo | 23:50

El relato de la ex detenida desaparecida Delia Barrera y Ferrando es muy potente: “En cualquier momento entraban los guardias y nos pateaban, nos preguntaban la religión, en caso de que alguno dijera que era judío, automáticamente era sacado de la leonera y era golpeado o torturado en otro sector”.

En su declaración en el juicio “I Cuerpo de Ejército”, Delia recordó que “dentro del campo había un guardia al que le decían `El Gran Füher´. Era normal escuchar grabaciones del discurso de Hitler (…) A un compañero judío lo hacían hacer de perro, que ladrara, le lamiera las botas al guardia y respondiera a sus órdenes (…)”.

De todas las fuerzas represivas fueron el Ejército, la Policía Federal y los servicios de inteligencia quienes más prejuicio segregacionista desplegaban. Pero el “judíos de mierda” fue patrimonio de todos los campos de concentración que levantaron las Fuerzas Armadas.

De los 30.000 desaparecidos, un 5 % era de origen judío, cuando en la población total del país en 1977 representaban el 1 %. Esa sobrerrepresentación no se debía a una persecución religiosa. Los desaparecidos de origen judío era militantes políticos, trabajadores combativos, activistas sociales y estudiantiles revolucionarios.

Judíos y mujeres

Se puede establecer cierto paralelismo entre el tratamiento recibido por los judíos y el recibido por las mujeres en los centros clandestinos de detención, con muy particulares tratos infrahumanos.

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Claudia Pereyra, también sobreviviente, aportó su testimonio en la misma causa. Contó que fue trasladada a “El Banco”, el centro clandestino ubicado cerca de la autopista Richieri y Camino de Cintura, en La Matanza, donde la desnudaron y la ataron en el “quirófano”. Allí le hicieron escuchar los gritos de su novio cuando era torturado. Luego le tocó a ella la tortura, donde le aseguraban que lo hacían porque era judía.

“La judía Matilde” y el “judío flojito”

Matilde Itzigsohn era una luchadora sindical y militante montonera. El Astillero Río Santiago, donde trabajaba, tiene 42 trabajadoras y trabajadores desaparecidos.

Su hija Maine García recordó en su declaración testimonial en la megacausa ESMA las amenazantes pintadas antisemitas que recibía Matilde antes de que la desaparecieran, en marzo de 1977. A Matilde no se la llevaron por judía, pero sí una vez secuestrada exaltaban esa condición.

La actitud de los militares y policías era similar a la de la burocracia sindical peronista. En el caso de Matilde, la agrupación Obreros Peronistas del ARS lanzó una declaración que decía “esta situación se la debemos a la acción de los Troskos, Montos, Comunachos, a la Judía Matilde que se han pasado jodiendo con pedidos pelotudos”.

Otro ejemplo es el relatado por Gladys Cuervo, quien sufrió la detención ilegal tras el ataque a los trabajadores del Hospital Posadas. Ella recuerda que los militares se referían a Jacobo Chester Goltz como el “judío y flojito”. Él y diez compañeros más del Posadas siguen desaparecidos. De los sobrevivientes, seis eran de origen judío.

El rol de la DAIA y otras organizaciones judias

La Delegación de Asociaciones Israelitas Argentinas estuvo muy lejos de dar la ayuda que pudo haber dado a quienes acudían a ella buscando que intercediera por un familiar desaparecido o puesto a disposición del Poder Ejecutivo.

Si bien no hubo una coordinación planificada para secuestrar y desaparecer judíos (como hicieron los nazis), en cuarenta años la DAIA nunca denunció que las organizaciones de base judías fueron infiltradas por los genocidas.

En su libro Unos pocos peligros sensatos. La Dirección de Inteligencia de la Provincia de Buenos Aires ante las instituciones judías, Emanuel Kahan da cuenta de ese trabajo sobre organizaciones realizado por la temida Dippba coducida por Miguel Etchecolatz.

En uno de los juicios contra él en La Plata (en el marco del cuál desapareció Julio López) la abogada y actual diputada del PTS- FIT Myriam Bregman planteó como querellante que Etchecolatz integró un plan de exterminio sistemático de un determinado grupo social para poder imponer un plan económico. Un genocidio.

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En diálogo con La Izquierda Diario Kahan, docente de Teoría Política en la Facultad de Humanidades de la UNLP, no puede afirmar “cuánto sabían las organizaciones que estaban infiltradas, pero tampoco lo desconocían del todo. En el libro trabajé con fuentes policiales y ahí vi una lógica de la dinámica represiva y burocrática del Estado, que te obligaba a pedir permiso a la Policía si quería hacer un acto, un mesa redonda, un debate. Eso alentaba el envío de agentes, a ver qué se discutá”.

El investigador agrega que “los dirigentes de las instituciones podían sospechar que estaban siendo infiltrados, pero a su vez la lógica del momento imponía que vos tenías que avisar si hacías alguna reunión, etc.”.

Respecto al rol de la DAIA y otras instituciones judías, Kahan no cree que hayan colaborado en el sentido de entregar gente, “pero efectivamente no fueron permeable a recibir denuncias de familiares. Lo cierto también es que las denuncias estaban vedadas, porque no eran efectivas, era más efectivo hacerlas en el exterior que con organismos locales que ni siquiera prestaban abogados”.

Y mientras la DAIA no tuvo ninguna manifestación pública de apoyo explícito a la dictadura sino que prefería el silencio, la Federación de Entidades Culturales Judías (ICUF, por sus siglas en idish), de vínculos con el Partido Comunista Argentino, fue abiertamente procesista, viendo en Videla a un militar liberal enfrentado a lo más de derecha y reaccionario del ejército, como Suárez Mason.

Una de las fundadoras de Madres de Plaza de Mayo, Renee Epelbaun siempre recordaba que muchas veces cuando acudían angustiadas a pedir ayuda a la DAIA, la respuesta era como una trompada: “a ustedes les pasa esto porque no le dieron a sus hijos educación sionista”.

La doble vara del Estado sionista de Israel

Numerosos documentos de la Comisión Israelí por los Desaparecidos Judíos en Argentina como artículos del diario para los hispanohablantes israelíes Aurora, testimonios de diplomáticos israelíes y familiares de presos políticos confirman que, sobre todo a nivel local, desde la embajada de Israel se ejecutó la llamada “diplomacia silenciosa”.

La idea era lograr reuniones con altos mandos de la Marina, del Ejército o directamente de las Juntas que gobernaban, para pedirles la liberación de judíos argentinos, a quienes se comprometían a trasladar a Israel. Excepto que fueran militantes guerrilleros. A cambio, ni la embajada ni el Estado sionista denunciarían ni criticarían a la dictadura.

Ese salvoconducto ayudó a salir del país a aproximadamente 400 argentinos judíos que estaban perseguidos o puestos a disposición del PEN. Varios se quedarían en Europa, por no estar de acuerdo con el sionismo, pero la gran mayoría emigró a ese territorio. Ni un solo judío desaparecido en los campos de concentración tuvo esa suerte.

Uno de los salvados por la “diplomacia silenciosa” fue Jacobo Timerman, a quien un grupo de tareas lo secuestró en abril de 1977 y estuvo desaparecido y torturado durante algunos días. Tras ser acusado de tener vínculos con los Montoneros vía el financista de su diario, David Graiver, fue pasado a una cárcel común y luego a prisión domiciliaria.

La embajada de Israel intervino en el caso, debido al alto impacto internacional que había causado la noticia del secuestro de Timerman, sobre todo en comunidades judías de Europa y en el lobby judío de Estados Unidos.

Hubo otra moneda de cambio entre el Estado sionista y los genocidas: la venta de armas israelíes a la Argentina, que comenzó en 1978 y duró hasta terminada la guerra de Malvinas. Con su doble vara, el sionismo por un lado rescataba judíos presos y por otro proveía de armas a las propias juntas militares.

La Knesset, el parlamento israelí, recién en abril de 1983 trató el tema de los desaparecidos argentinos.

La Comisión Israelí por los Desaparecidos Judíos en Argentina debió plasmar en un informe el enojo de familiares, para quienes “la reacción de Israel estuvo alejada de sus expectativas en cuanto a la posibilidad de ubicar a los desaparecidos y lograr su liberación. Tenían la convicción de que el Estado no había actuado con los medios a su alcance”.

El informe agregaba que “las familias no solo reclaman por la falta de ayuda, sino también por haber sido tratadas como `leprosos´ e `indeseables´”.

Este artículo no pretende abarcar la situación completa que atravesaron los desaparecidos, detenidos y perseguidos de origen judío o que profesaban la religión. Es solo una aproximación a un aspecto poco difundido del plan genocida orquestado por las grandes patronales, ejecutado por las fuerzas represivas estatales y alentado por el Departamento de Estado y sus aliados imperialistas.






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