SEMANARIO

Hace 100 años en Berlín: Revolución y contrarrevolución en Alemania

Wladek Flakin

100añosrevoluciónalemana
Fotomontaje: Simon Zinnestein

Hace 100 años en Berlín: Revolución y contrarrevolución en Alemania

Wladek Flakin

En los primeros días de la Revolución alemana, se formaron consejos de trabajadores y soldados a lo largo de Alemania. Los socialdemócratas se aliaron con el ejército para resguardar todo lo posible al viejo orden. Los comunistas intentaron organizar las fuerzas de la revolución. Esta lucha llegó a un punto crítico en un congreso nacional de los consejos.

Leé la parte I: “Hace cien años en Berlín: los revolucionarios alemanes pisan el césped”

Después del levantamiento de los marineros en Kiel el 4 de noviembre, la revolución se extendió por toda Alemania. En Berlín, los Delegados Revolucionarios deliberaron con Karl Liebknecht, quien había sido liberado de la prisión el 23 de octubre. Liebknecht exigió que se convocara una huelga general de inmediato; los Delegados querían más tiempo para los preparativos, en función de sus años de experiencia en la organización clandestina. Ambas partes finalmente se pusieron de acuerdo en la fecha: lunes, el 11 de noviembre. Luego, un miembro de ese grupo fue arrestado con los planes detallados para el levantamiento. Improvisadamente, adelantaron la fecha de la huelga general al sábado 9 de noviembre. El sábado era un día laborable en la época imperial.

Richard Müller, máximo dirigente de los Delegados Revolucionarios, recordó más tarde haber caminado hasta la estación de tren Hallesches Tor el viernes por la noche: “Columnas de infantería armadas pesadamente, compañías de ametralladoras y artillería ligera me pasaron en una procesión sin fin. No había duda, estaban aquí para ahogar en sangre la revolución popular en Berlín”. ¿Tenía alguna oportunidad la insurrección?

El sábado por la mañana, los trabajadores se reunieron fuera de sus fábricas. Miles, decenas de miles, cientos de miles formaron largas columnas marchando hacia el centro de la ciudad. Pasaron por cuarteles, con la esperanza de ganar soldados al movimiento. En uno de estos, un oficial disparó a la multitud y mató a tres trabajadores. Unos pocos soldados se unieron a las manifestaciones, mostrando sus rifles con orgullo en la primera línea. Sin embargo, la mayor parte de la guarnición de Berlín no tenía idea de lo que estaba sucediendo: decidieron quedarse en sus cuarteles para ver qué pasaba.

Al mediodía, cientos de miles de manifestantes llenaron el barrio del gobierno central de Berlín. El Káiser Guillermo II había viajado a la sede central del ejército en Spa, en la Bélgica ocupada una semana antes. En telegramas cada vez más desesperados a lo largo de la mañana, el Príncipe Max, jefe de gobierno, informaba sobre el caos creciente. Exigía que el Káiser renunciara de inmediato, la única esperanza de contener la revolución. Sin embargo, la corte de Guillermo retrasaba la decisión. Hacia el mediodía, el Príncipe Max simplemente proclamó que el Káiser se había ido y luego renunció él mismo. Al salir por la puerta, el Príncipe Max nombró a Friedrich Ebert del SPD como el nuevo Canciller Imperial.

Los socialdemócratas habían sido catapultados al gobierno y el Káiser huido a Holanda. Entonces ¿qué harían ellos? Durante la semana previa habían buscado un compromiso para salvar el trono. ¿Tal vez podrían coronar a uno de los hijos de Guillermo e instalar un regente?

Ebert y compañía se vieron obligados a reconocer que si se negaban a pedir una república ahora, las masas los arrojarían al basurero de la historia. Cuando los manifestantes rodearon el Reichstag el 9 de noviembre, Ebert se negó a abandonar su almuerzo para hablar con ellos. El lugarteniente de Ebert, Philipp Scheidemann, se acercó a la ventana y gritó: “¡Larga vida a la República alemana!”. Ebert lo reprendió: “No tenés derecho a proclamar la república”. Pero el acto estaba hecho. Ebert, quien se había opuesto a la república con todos sus ardides para negociaciones de trastienda, ahora era el jefe de un nuevo gobierno republicano.

Dos horas después, Karl Liebknecht pronunció un discurso desde el balcón del Palacio de la Ciudad del Káiser, a varias cuadras de distancia, proclamando la República Socialista Libre Alemana. No había vuelta atrás.

Doble poder

Ebert era Canciller Imperial, pero comprendía que el antiguo gobierno ya no tenía ninguna legitimidad. Se acercó a los socialdemócratas independientes y esa misma noche los dos partidos acordaron formar un nuevo gobierno: tres miembros del Partido Socialdemócrata Mayoritario de Alemania (MSPD) y tres miembros del Partido Socialdemócrata Independiente de Alemania (USPD) se autodenominaron Consejo de Comisarios del Pueblo. Era una copia cercana del nombre del gobierno soviético en Rusia.

Al día siguiente, Ebert utilizó una línea telefónica secreta con la jefatura del ejército para establecer contacto con Wilhelm Groener, el nuevo jefe del Estado Mayor. Los dos acordaron luchar contra el “bolchevismo” y los consejos de trabajadores y soldados. En otras palabras, el jefe de un gobierno (nominalmente) de consejos estaba aliado en secreto con los generales de Káiser para luchar contra los consejos. Cuando la revolución obligó al príncipe Max a entregar la cancillería a Ebert, este último declaró: “Odio a la revolución como al pecado”. Como Ebert recordó años más tarde, los socialdemócratas se dieron cuenta de que necesitaban ponerse a la cabeza del movimiento revolucionario para cortarle la cabeza en el momento adecuado.

Para millones de trabajadores que acaban de despertar a la vida política, el SPD parecía, de hecho, estar dirigiendo la revolución. A última hora de la noche del 8 de noviembre, los dirigentes socialdemócratas entendieron que ya no podían detener la insurrección. Así que sacaron una edición especial del Vorwärts llamando a una huelga general. Dado que los Delegados Revolucionarios no tenían materiales impresos desde donde hablar, parecía como si el SPD hubiese convocado la huelga. Ebert y compañía, que habían apoyado agresivamente la matanza imperialista, y que habían expulsado a cualquier miembro de su partido que expresara una oposición incluso moderada, ahora llamaban a la “paz” y a la “unidad” de los dos partidos socialistas.

El 10 de noviembre, miles de delegados de trabajadores y soldados se reunieron en Zirkus Busch para elegir un Consejo Ejecutivo de los Consejos de Trabajadores y Soldados del Gran Berlín. Los Delegados Revolucionarios, organizadores del encuentro, habían planeado que todo su grupo fuera elegido por aclamación. Ebert pudo interrumpir esta maniobra. Los candidatos propuestos eran todos miembros del USPD: ¿no deberían estar representados ambos partidos socialistas? Rápidamente, los soldados en frente del escenario clamaban por “paridad”. Liebknecht habló sobre los antecedentes criminales del MSPD, pero fue callado. De este modo, el encuentro eligió un Consejo Ejecutivo, que sería el órgano central de poder hasta que pudiera convocarse un congreso nacional de consejos, compuesto por una mitad del MSPD y la otra del USPD. Tanto Karl Liebknecht como Rosa Luxemburg se negaron a participar. El encuentro confirmó al Consejo de Comisarios del Pueblo como gobierno provisional; se suponía que el Consejo Ejecutivo debía controlar el trabajo del gobierno.

Esta asamblea había sido caótica: cualquiera podía aparecer y presentarse como un “delegado”. Muchos de los soldados que gritaban frente al escenario no representaban a nadie más que a sí mismos y a los socialdemócratas que los habían llevado al encuentro. Incluso las personas con un mandato eran a menudo aventureros pequeñoburgueses sin base en el movimiento obrero, lo que no es raro al comienzo de una revolución. La asamblea en Zirkus Busch era, a lo sumo, un paso muy inicial hacia una verdadera democracia obrera, manipulada hábilmente por la burocracia del SPD.

Este primer consejo de trabajadores en Berlín no fue diferente a la experiencia en Rusia en febrero de 1917: los representantes de los trabajadores se limitaron a confirmar un gobierno provisional que había sido establecido por los viejos poderes. El doble poder en Alemania estaba tomando forma. Sin embargo, en esta primera etapa, tanto el viejo como el nuevo poder estaban encabezados por el mismo hombre: Friedrich Ebert. Muchos trabajadores imaginaban que los consejos y un parlamento podrían coexistir, esta era la posición del USPD. Las fuerzas que querían que los consejos tomaran todo el poder, los espartaquistas, eran una pequeña minoría casi invisible. Los Delegados Revolucionarios no tenían una estrategia clara: dejaron que uno de sus miembros, el trabajador Emil Barth, se uniera al Consejo de Comisarios del Pueblo junto a Ebert, mientras que Richard Müller se centró en el Consejo Ejecutivo.

“¡Todo el poder a los trabajadores y soldados!”

En Rusia, los Consejos de Diputados Trabajadores, Soldados y Campesinos – llamados "Soviets" en ruso– se basaron en una larga tradición de democracia proletaria. Al carecer de organizaciones legales, los trabajadores estaban acostumbrados a elegir sus propios comités de huelga. Los soviets consistían así en delegados elegidos en las fábricas y los cuarteles. Estos delegados estaban sujetos a ser revocados en cualquier momento. A medida que la Revolución rusa avanzó de febrero a octubre y las masas se radicalizaron, eligieron menos mencheviques y más bolcheviques para representarlos en los soviets.

El movimiento obrero alemán, en contraste, había construido aparatos gigantescos durante décadas. Cada organización de trabajadores tenía una dirigencia permanente que estaba sujeta al control democrático solo en congresos periódicos. Una organización burocrática precisa parecía perfectamente natural para los trabajadores que habían pasado por la escuela de la socialdemocracia alemana. Como comentó más tarde León Trotsky, “El trabajador alemán ha sido educado en el espíritu de la organización y la disciplina. Eso tiene su lado fuerte y su lado débil”.

Cuando llegó el momento de elegir consejos en Alemania, los trabajadores de todo el país eligieron a sus dirigentes establecidos. En una ciudad típica alemana, en una gran manifestación en la plaza central, se leía una lista de candidatos para el consejo –a menudo los dirigentes locales del SPD, el USPD y los sindicatos–. Estos eran elegidos por aclamación. No había vínculos orgánicos con las fábricas y los cuarteles, y ningún mecanismo para la revocación.

El Comando Supremo del Ejército siguió las tácticas del SPD: si no podían evitar que se formaran consejos, era mejor tener consejos que controlaran directamente. Cuando comenzó la revolución, los generales alentaron la elección de los consejos de soldados, pero solo como órganos asesores de los oficiales. Los soldados a menudo elegían a sus propios comandantes en estos consejos pro régimen. También hubo algunos episodios en los que la izquierda revolucionaria, después de haber formado un consejo en los primeros días de la revolución, se resistía a nuevas elecciones para evitar que se sumaran los representantes del SPD. Karl Radek, un representante de los bolcheviques en Alemania, escribió más tarde que en Alemania los consejos “existían solo de nombre”.

Cuando el Congreso Nacional de Consejos se reunió el 12 de diciembre en la Cámara de los Lores de Prusia en Berlín, un mes después de la insurrección, la izquierda se sorprendió: de 485 delegados, 288 eran del SPD. Solo 90 eran del USPD, incluyendo 10 espartaquistas. Editores de periódicos, diputados parlamentarios, burócratas de partidos y sindicatos formaron un bloque más grande (195) que los trabajadores de cuello azul y los de cuello blanco (179). Los observadores notaron las similitudes de los procedimientos con un congreso del partido socialdemócrata. Rosa Luxemburg y Karl Liebknecht, que no habían sido elegidos para el Consejo Ejecutivo de Berlín, no tenían mandatos y se les negó el derecho a dirigirse al congreso.

Liebknecht reunió a 30.000 trabajadores fuera del edificio con la demanda: “¡Todo el poder a los consejos de trabajadores y soldados!”. Sin embargo, tras cuatro días de deliberaciones, los delegados tomaron la decisión opuesta. El congreso decidió convocar elecciones para una Asamblea Nacional para el 19 de enero. Los consejos decidieron devolverle el poder a un órgano de la democracia burguesa. Richard Müller calificó la reunión como un “club de suicidio político”.

La pregunta había sido planteada: ¿república parlamentaria o república de los consejos? Esto era meramente una metáfora organizativa para la pregunta real: ¿dictadura burguesa o dictadura proletaria? Los dirigentes del USPD, bajo la presión de las masas revolucionarias, habían estado dando discursos cada vez más radicales. En el congreso, sin embargo, buscaron un compromiso: querían una constitución en la cual los consejos de trabajadores estuvieran anclados al lado del parlamento burgués. Eran centristas, vacilantes entre las palabras revolucionarias y los hechos reformistas, y por eso trataron de hacer permanente la situación del doble poder. Tanto el SPD, que se había convertido en el defensor más importante de los intereses de la burguesía, como la Liga Espartaco, formulando los intereses históricos del proletariado, se dieron cuenta de que esto era una ilusión peligrosa. Uno u otro bando tendría que conquistar todo el poder, y pronto.

El Partido Comunista en Berlín

Después del congreso, los espartaquistas decidieron que ya no podían permanecer en el USPD. Al menos un tercio del USPD de Berlín apoyó a la izquierda revolucionaria, pero la dirección del partido se negó a convocar un congreso. En la víspera de año nuevo de 1918, la Liga Espartaco se unió con el IKD (Comunistas Internacionalistas) de Bremen y delegados de toda Alemania para fundar un nuevo partido.

El día de año nuevo de 1919 se fundó el Partido Comunista de Alemania (KPD), que adoptó un programa escrito por Rosa Luxemburg. El nuevo partido no solo era numéricamente débil, con un estimado de 10.000 adherentes: sufría la “enfermedad infantil” del ultraizquierdismo. Muchos delegados habían despertado a la vida política apenas unas semanas antes. Habiendo presenciado el colapso de la monarquía alemana en cuestión de días, estaban convencidos de que la revolución socialista se desarrollaría con la misma rapidez.

La discusión más controvertida en el congreso fundador del KPD giró en torno a las elecciones a la Asamblea Nacional, que se realizarían en menos de tres semanas. Luxemburg y Liebknecht rechazaban esta asamblea constituyente burguesa, pero todos los principales espartaquistas argumentaban a favor de participar en las elecciones como una táctica para presentar un programa comunista hacia las masas. Luxemburg, mucho más que sus jóvenes seguidores, comprendió que la revolución alemana estaba más cerca de su comienzo que de su final. Sin embargo, ella permaneció en la minoría. Otto Rühle, de Dresde, resumió las perspectivas de la mayoría: ¿por qué prepararse para una campaña electoral cuando los comunistas estarían en el poder en menos de tres semanas?

62 delegados votaron por boicotear las elecciones, y solo 23 apoyaron la propuesta de Luxemburg de una campaña electoral comunista. La misma mayoría estaba a favor de que los comunistas dejaran los sindicatos, pero Luxemburg pudo evitar una votación pidiendo más discusión en una fecha posterior. La mayoría del nuevo Partido Comunista tenía una estimación completamente irreal de la situación y pocos vínculos con el movimiento obrero. Los Delegados Revolucionarios, por su parte, rechazaron unirse al nuevo partido y permanecieron en el USPD. El nuevo KPD ni siquiera tuvo una semana para definir su política antes de ser lanzado a la lucha revolucionaria.

Los protonazis

Mientras los revolucionarios estaban fundando un nuevo partido, los socialdemócratas se centraron en reunir cuerpos de hombres armados para defender el “orden público”. Después de que se declaró la paz el 11 de noviembre, los ejércitos se estaban diluyendo. El gobierno ordenó a las divisiones marchar hacia Berlín. Sin embargo, antes de llegar a la ciudad, la mitad de los soldados habían desaparecido; a la mañana siguiente solo quedaban unos pocos. Después de cuatro años de la masacre más bárbara que la humanidad había experimentado hasta entonces, cualquier persona con una pizca de cordura deseaba volver a casa lo más rápido posible.

Sin embargo, había un pequeño número de hombres que se habían acostumbrado al asesinato interminable y que no tenían otro hogar aparte del ejército. Bajo el mando de oficiales de derecha, se unieron a los paramilitares Freikorps (algo así como “compañías libres”). Estos hombres recibieron buenos salarios, pagados con las donaciones de los grandes capitalistas al Fondo Antibolchevique. Eran de derecha, pero no podían decir cuál era su ideología. En épocas anteriores, habrían sido monárquicos, pero después de la partida de Guillermo II, no les servía de nada ese monarca. Como explicó Sebastian Haffner: “Lo que ellos soñaron y esperaron, por lo que lucharon y también asesinaron, era algo distinto a la monarquía, algo que algún día sería puesto en palabras por un hombre que en aquellos días estaba activo como un oscuro [informante del ejército...] en Múnich”.

Haffner se refería a Adolf Hitler, quien construiría su movimiento fascista alrededor de los núcleos de los exsoldados de los Freikorps. Los Freikorps fueron los primeros en utilizar la “cruz gamada” (es decir, la esvástica) como un símbolo moderno de la política de extrema derecha. Eran virulentos antisocialistas, convencidos de que el ejército alemán había sido apuñalado en la espalda por los socialistas. Y, sin embargo, por el momento sirvieron al gobierno del SPD, ya que lideraba la lucha para defender todo lo posible del viejo orden. El SPD, por su parte, necesitaba a estos paramilitares de derecha, ya que no había nadie más que luchara contra los trabajadores revolucionarios.

El 23 de diciembre, cuando se acercaba la navidad, el SPD y los militares intentaron deshacerse de la División de la Armada del Pueblo. Este cuerpo, formado por 3.000 hombres, fue la unidad militar revolucionaria más grande en la capital. Estaban organizados alrededor de marineros de Kiel y habían estado alojados en el Palacio de la Ciudad desde los primeros días de la revolución. Ahora, el gobierno se negaba a pagarles si no aceptaban un nuevo comandante del SPD. En nochebuena, las tropas contrarrevolucionarias rodearon el palacio, dieron un ultimátum a los marineros, y procedieron a bombardear el edificio con ametralladoras y artillería. Miles de trabajadores se reunieron en el centro de la ciudad para apoyar a la División de la Armada del Pueblo, y juntos obligaron a los atacantes a retirarse.

Ebert había coordinado el ataque con Groener. En público, negó todo conocimiento, pero nadie le creyó. Después de “La Navidad sangrienta de Ebert”, los tres miembros de la USPD renunciaron al Consejo de Comisarios del Pueblo. Ebert volvió a llenar su gobierno con tres miembros adicionales del MSPD. Sacó la palabra “consejo” del nombre del gobierno y comenzó a referirse a sí mismo como el “Canciller Imperial”. Era difícil encontrar un ministro de guerra, es decir, un socialdemócrata que aceptara la responsabilidad de reprimir al movimiento obrero. Finalmente, Gustav Noske se ofreció como voluntario: “Alguien tiene que ser el sabueso”, dijo. Noske entendió que el SPD no tenía oportunidad de vencer al movimiento revolucionario de Berlín en una confrontación directa. Su única esperanza residía en una provocación: atraer a los revolucionarios a una batalla decisiva antes de que pudieran organizar sus fuerzas.

La próxima semana, Wladek Flakin abordará la derrota de la revolución. ¿Qué lecciones se pueden sacar para hoy?

Traducción: Juan Duarte

VER TODOS LOS ARTÍCULOS DE ESTA EDICIÓN
CATEGORÍAS

[Revolución alemana]   /   [Adolf Hitler]   /   [Socialdemocracia]   /   [Karl Liebknecht]   /   [Rosa Luxemburg]   /   [Historia]

Wladek Flakin

Berlín
Periodista freelance e historiador. Vive en Berlín y es redactor del portal Klasse gegen Klasse.
COMENTARIOS