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OPINIÓN/PANORAMA

Guernica en Puente Pueyrredón: las calles contra el ajuste

El reclamo por tierra, vivienda y trabajo en el centro de las miradas nacionales. Protestas obreras y populares por aquí y por allá. La lucha de clases, esa vieja conocida que vuelve.

Eduardo Castilla

@castillaeduardo

Jueves 3 de diciembre de 2020 | 21:31

Foto: Enfoque Rojo

La memoria política argentina no puede eludir al Puente Pueyrredón. Centro neurálgico del tránsito en el AMBA es, a la vez, símbolo de luchas, represiones brutales. Historia intensa y condensada. Es el lugar que siempre recordaremos por Maxi y Darío. El lugar, también, de la impunidad por esos crímenes. Impunidad de la que gozan Felipe Solá y Aníbal Fernández, funcionarios del actual Gobierno.

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Este jueves, cuando el reloj apenas pasaba de las 7 h, el Puente volvió a inundar las pupilas de todo el país. Desde cada pantalla, llegó a millones de hogares, recordando que la pelea por tierra para vivir sigue en curso. Que Guernica no es un nombre del pasado, sino palabra de un presente de lucha.

Desde el inmenso conurbano, una enorme bandera de la Asamblea Permanente de Vecinos de Guernica subió hacia el Puente. Miles de cabezas la seguían: trabajadores, estudiantes, organizaciones de desocupados, militantes y dirigentes del Frente de Izquierda. En minutos, el corte fue total. Las imágenes aéreas quedaron como una magnifica postal de esa fuerza, de esa decisión de pelear.

La contundencia del corte se hizo evidente. Notoria. El Gobierno de la provincia de Buenos Aires debió ensayar una respuesta, convocando a una reunión que debería realizarse este viernes. A La Plata, volviendo a insistir en su reclamo, marcharán nuevamente las familias de Guernica.

Las calles contra el ajuste

El corte total del Puente Pueyrredón fue la acción más impactante de este jueves. Su repercusión aporta a dar visibilidad a un proceso de luchas y resistencia que empieza a desarrollarse en las calles en rechazo al ajuste.

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Si se despliega el mapa nacional se verán otros múltiples conflictos y peleas. Si elegimos repasar sólo la última semana, nos encontraremos con el durísimo paro de los municipales de Jujuy; la movilización de los trabajadores de Tenaris Siat de Valentín Alsina; la masiva movilización de Salud en CABA; las importantes protestas contra la megaminería en Chubut; el paro de los trabajadores aceiteros en Santa Fe; el reclamo de trabajadores despedidos de Ecogas, Córdoba. La lista, en honor a la brevedad, es limitada. El lector o la lectora que desee ahondar puede visitar la sección Mundo Obrero de La Izquierda Diario.

Ya se ha señalado esta tendencia: a pesar de la obscena (nos vamos quedando sin términos descriptivos) tregua sostenida por las conducciones sindicales burocráticas, se extienden las luchas de resistencia de la clase trabajadora y otros sectores populares. Van configurando una nueva situación cuya magnitud es aún difícil de cuantificar y cualificar. Pero de cuya existencia nadie debería ya siquiera sospechar. Un nuevo momento que impone obligaciones y abre posibilidades para la izquierda clasista, que se propone desarrollar la pelea por la independencia política de la clase trabajadora.

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Las dramáticas condiciones económicas y sociales son el mar de fondo sobre el que navega esta creciente conflictividad obrera y popular. Los datos de la realidad conmueven por escalofriantes: este jueves el Observatorio de la Universidad Católica afirmó que, en sus mediciones, la pobreza alcanza a 20 millones de personas en todo el país.

Autoengaño y realidad

La narrativa oficial pretende insultar la inteligencia de la población. Propone una lectura insólita según la cual no se vive “un ajuste” sino una “reconstrucción” o un “reacomodamiento”.

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Para los millones que ven degradarse su poder adquisitivo, la realidad cotidiana se presenta con ribetes menos densos conceptualmente. El precio de los alimentos recuerda, a cada momento, la creciente imposibilidad de llegar a fin de mes.

Sin embargo, eso no hace hocicar a los cultores del relato oficialista. Empecinados en tapar el sol con el dedo, repiten un credo destinado a conversos. Pero…la única verdad es la realidad.

En esa construcción discursiva se insiste en presentar la nueva movilidad jubilatoria como un camino de mejoras. Este miércoles, desmintiendo esa parte del relato, el bloque oficialista del Senado modificó el proyecto enviado por su propio presidente, eliminando lo que convertía al último aumento otorgado en un futuro pago a cuenta y modificando los tiempos de actualización.

Lo que (también) debe leerse como una dura interna en el oficialismo implica confirmar lo evidente: el proyecto gubernamental viene a significar un ajuste sobre los ingresos de millones de jubilados. Una modificación ideada para dar placer al paladar ajustador del FMI.

Edulcorar un ajuste no es eliminarlo. Es, por el contrario, intentar hacerlo más digerible. La urgente exigencia a las centrales sindicales para que enfrenten esta política sigue siendo esencial.

Esa vieja conocida llamada lucha de clases

La toma de tierras de Guernica funcionó como un punto de inflexión en la política nacional. Entre otras cosas, puso al desnudo el verdadero carácter del “progresismo” kirchnerista.

Los eternos enemigos de las “corporaciones” capitularon ante los grandes especuladores inmobiliarios -semanas después de hacerlo frente a la Maldita Bonaerense- pasando con topadoras por encima de las modestas casillas de familias pobres. Los defensores discursivos de "los más postergados" se inclinaron ante los constructores de lujosos countrys.

Este jueves temprano, sobre los anchos carriles del Puente Pueyrredón, Guernica volvió a decir presente. Volvió a recordar el flagelo de la falta de vivienda que tortura a millones a lo largo del país. Volvió a evidenciar que la lucha emerge como el único camino para que explotados y explotadas puedan avanzar en el camino de sus demandas.

Mal que le pese al relato peronista, la vieja y conocida lucha de clases volvió a hacerse presente en la escena nacional. Los rostros combativos de mujeres, jóvenes y trabajadores fueron muestrario de una disposición a pelear que desafía la dinámica política que propone la gestión estatal.

Bajo el mandato cuasi-colonial que el FMI impone -y donde las internas del oficialismo no admiten más que pobres matices- esa perspectiva es la única realista para las grandes mayorías obreras y populares.






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