Política Uruguay

Elecciones 2019: ¿Hacia el parlamento más fragmentado de la historia?

Ciertamente el resultado de esta elección podría arrojar la conformación más atomizada de la historia parlamentaria uruguaya. El desgaste del Frente Amplio lo tendrá como la principal fuerza política del país, pero ya sin mayorías parlamentarias.

Lunes 18 de febrero | 13:48

La contienda electoral que tendrá nuestro país este año se presenta con muchas incertidumbres. Quizás sean las elecciones más inciertas al poder ejecutivo desde 1994. En aquella oportunidad hubo un triple empate entre el Partido Colorado, el Partido Nacional y el Frente Amplio que se saldó a favor de Julio María Sanguinetti por menos de 35 mil votos con respecto al tercero, lo que le otorgó el acceso a su segunda presidencia. En lo que respecta a la elección ejecutiva, esta vez, las dudas surgen a partir del balotage, que seguramente será entre los candidatos del Partido Nacional y del Frente Amplio.

Pero también presentan un rasgo distintivo y es la cantidad de lemas que podrían acceder al parlamento y la certeza en la opinión pública de que no habrá lemas con mayorías parlamentarias.

En la historia política uruguaya han existido distintas corrientes políticas, pero que durante muchas décadas convivieron dentro de los partidos tradicionales. Tanto batllistas como riveristas en el Partido Colorado, o conservadores nacionalistas y liberales en el Partido Nacional. Es así como los nombres (lemas) y estructuras de los partidos tradicionales han oficiado como grandes “paraguas” capaces de contener a las distintas alas del régimen político. Con anterioridad a la fundación del Frente Amplio, los partidos tradicionales concitaban y concentraban tras de sí a más del 85% del electorado.

En el espectro del centro y la centro-derecha la excepción a los partidos tradicionales fueron cuatro apariciones electorales relativamente importantes de la Unión Cívica desde 1946 a 1958, que luego sería fagocitada por la polarización política de la década del 60’ y el surgimiento del Partido Demócrata Cristiano como expresión del Segundo Concilio Vaticano y la doctrina social de la iglesia.

Vale mencionar que en un intervalo de 25 años el Partido Nacional concurrió a las urnas de forma separada: Partido Nacional y Partido Nacional Independiente, escisión nacida a partir del beneplácito de Luis Alberto de Herrera para con la dictadura de Gabriel Terra (1933-1938).

El intento de creación de partidos de derecha, liberales o conservadores por fuera de las estructuras tradicionales blancas y coloradas siempre fueron empresas condenadas al fracaso. La ley de lemas y la existencia de partidos fuertes en organicidad permitían resolver las diferencias en las internas de las colectividades y con sus propios mecanismos.

En la izquierda, previo a 1971 existieron distintos lemas encabezados centralmente por el Partido Socialista y el Partido Comunista que lograron pequeñas representaciones parlamentarias.

Novick: “pachequismo” por fuera del Partido Colorado

En este sentido, una novedad importante en ese espacio político fue el surgimiento de Edgardo Novick como parte La Concertación para las Elecciones Municipales de 2015. A base de videopolítica, mucho marketing y dinero, consiguió abrirse camino en la coalición que compartía junto a los partidos tradicionales, relegándolos al segundo y tercer lugar bastante lejos. Primero intentó emparentarse a Macri (aprovechando el envión del novel presidente argentino y las credenciales de éste como jefe de gobierno porteño) como un hombre pragmático, “desideologizado” y de “gestión”. Luego en 2016 encaró la opción de fundar su propio partido, el de la Gente, buscando transmitir un cierto aire no tradicional. Un ropaje nuevo para un hombre que provenía del coloradismo y más concretamente de su ala “pachequista”.

Pero ante el freno en el ascenso de su imagen y el “techo” que representa competir con candidatos como Lacalle Pou (que a nivel nacional tiene una imagen firme y lidera una parte importante del espectro político de centro-derecha), Novick cambió de rumbo. También con mucho dinero fue logrando acuerdos y comprando dirigentes y agrupaciones de los partidos tradicionales, centralmente colorados. Y aprovechando el anuncio del retiro de la política por parte de Bordaberry (representante del riverismo-pachequismo en el Partido Colorado) comenzó a endurecer su discurso hacia la derecha, con el objetivo de anclar a su nuevo partido en ese espacio político histórico. Ahora su figura rutilante es el ex fiscal Zubía y sus medidas de mano dura en materia de seguridad. Y su emparentamiento regional ya no es el macrismo, sino el bolsonarismo. Intentando traspolar “la lucha para sacar a los corruptos del PT” con la lucha y la polarización contra el Frente Amplio, apelando incluso a un viejo léxico de lastre “anticomunista”. Dos caras de un mismo sentimiento de antipolítica.

Con el surgimiento de fenómenos como Bolsonaro en Brasil, sectores de los partidos tradicionales y del establishment comenzaron a tomar apuntes. De hecho, una de las explicaciones para la vuelta de Julio María Sanguinetti a la política la podemos encontrar en la necesidad de evitar el colapso y la repartición de los restos del Partido Colorado y la necesidad de seguir manteniendo a ese aparato como un contenedor de distintas variantes políticas, al igual que el Partido Republicano con Donald Trump, que logró “metabolizarlo”.

Un parlamento fraccionado en al menos seis bloques

En el período electoral que se inaugura, surge como dato la cantidad de lemas que fueron pre-inscriptos. Distintas agrupaciones y pequeños partidos que recorren todo el espectro ideológico. Entre los lemas con posibilidades ciertas de entrar al parlamento, podemos destacar al Frente Amplio, Partido Nacional, Partido Colorado, Partido de la Gente, La Alternativa-Partido Independiente, Unidad Popular. Además, el PERI que hace 5 años quedó a las puertas de la diputación, este año vuelve con importantes chances y con la incorporación del Movimiento de los Comunes, después de su desvinculación del Partido Independiente.

Ciertamente el resultado de esta elección podría arrojar la conformación más atomizada de la historia parlamentaria uruguaya. El desgaste del Frente Amplio lo tendrá como la principal fuerza política del país, pero ya sin mayorías parlamentarias.

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El nuevo bloque de centro “La Alternativa” tendrá dos objetivos: 1) aparecer como un pivote entre el FA y la derecha y 2) A su vez, poder captar el descontento de sectores ideológicamente ubicados en el centro con el “astorismo” y que no verían con buenos ojos votar a las variantes tradicionales de derecha. “La Alternativa” como sector político intenta ser una síntesis de los partidos y movimientos que transitaron el carril del centro en la política uruguaya. La Unión Cívica primero, el Partido Demócrata Cristiano después, y la vieja lista 99 que fue expresión de la crisis creciente del batllismo y su proyecto de sustitución de importaciones desde la década de 1950.

¿Un cambio de régimen?

La fragmentación en la composición del futuro parlamento y la ausencia de mayorías parlamentarias pone un manto de dudas sobre las fortalezas en las que se basará el próximo gobierno para llevar adelante la agenda de ajuste reclamada por empresarios nacionales y extranjeros, y sus economistas. Es que la novedad reside en que por los sondeos de opinión y el clima que se vive, es posible que un próximo gobierno del Frente Amplio necesite al menos dos bloques parlamentarios para conformar la mayoría. La situación se vuelve más crítica con un eventual gobierno del Partido Nacional, quien no tendrá una bancada de más de 35 diputados y necesitará una coalición fuerte con el Partido Colorado, pero aun así, seguramente no le alcance para gobernar. Un eventual gobierno blanco deberá depender de la representación parlamentaria de Novick y quizás también de La Alternativa. Una coalición de gobierno que a simple vista parece no muy estable.

Si en el período anterior, los partidos grandes en todas sus variantes podían zanjar sus diferencias apelando a sus orgánicas partidarias (negociaciones entre las distintas fracciones internas y disciplina partidaria), en el próximo período ya no es seguro que se logre esta dinámica, poniendo en riesgo las mismas coaliciones. Ya no hay instancias partidarias que logren imponer unidad en una coalición entre Lacalle-Sanguinetti-Novick, como tampoco la hay entre el Frente Amplio y el bloque Mieres-Amado –Valenti.

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Resta observar si definitivamente los temas de agenda en América Latina (como la corrupción y la inseguridad) serán factores determinantes en la elección uruguaya. Estos temas han habilitado la polarización y el crecimiento y radicalización del voto, sobre todo en la franja derecha del electorado. A diferencia de Brasil, en Uruguay todavía no hay una crisis económica y las variantes económicas y sociales se deterioran, pero a paso lento. Esta lentitud momentánea, o lo que ya podríamos llamar “tiempos uruguayos” es lo que mantiene contenidas dentro del régimen las expresiones del tipo “bolsonarista” que aún no florecen. Pero el desarrollo de la misma dinámica económica y política y su aceleración darán aún más nuevos fenómenos políticos por derecha e izquierda del espectro político y auguran una mayor dispersión o atomización del sistema de partidos y de las representaciones parlamentarias.

Todavía es muy temprano para hablar de un eventual cambio de régimen político. Pero lo que sí sucederá es un cambio en la forma en que los partidos han administrado el poder y en las herramientas que se han dado las clases dirigentes para gobernar.

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En este marco descripto, lo que sería una novedad en 2019 es la entrada al parlamento de una voz independiente de los trabajadores. Desde las primeras décadas del siglo pasado no ocurre esto. Además de una novedad es una necesidad del pueblo trabajador tener a un representante en el parlamento para que en los tiempos que se avecinan alce su voz contra los intentos de reformas previsionales y laborales y el ajuste fiscal que traerá el próximo gobierno, sea del signo que sea.






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