Opinion

Educando a la pelota y pateando al libro

Publicamos un artículo recibido por la Redacción de La Izquierda Diario que desarrolla la relación entre educación y deporte.

Miércoles 10 de mayo | 19:08

Los deportes y el intelecto se han configurado como dos mundos separados. El ser deportista y ser intelectual, salvando algunos casos como Galeano o Garriga, son vistos como posiciones opuestas.

Desde ciertos sectores de los intelectuales uruguayos e internacionales, el deporte es visto como un elemento de barbarie que aún convive en nuestra sociedad occidental y cientificista. No es bien visto en algunos lugares el hincha y muchas veces se lo toma como un estado donde no se razona y el ser civilizado del siglo XXI deja paso a su lado más animal y salvaje.

Desde el mundo del deporte, también hay ciertas resistencias al ambiente intelectual, es verdad. El mundo intelectual es visto en muchos casos como un elemento de elite e innecesario para el deportista. Un ejemplo de esto son las palabras del ex delantero brasilero Sócrates quien, antes de su fallecimiento, planteaba la dificultad de hacer entender a sus dirigidos la importancia de que estén al tanto de las noticias de su país para que no sean usados por los medios de comunicación.

Existen programas estatales en nuestro país que buscan acercar el deporte y los marcos académicos, como “gol a la esperanza” o “k.o. al futuro”, que fomentan la formación del estudiante con la práctica de los deportes.
Otro caso de buscar el acercamiento del deporte y la educación se da en Estados Unidos en los llamados programas de deportes universitarios. Estos programas generan becas a deportistas para que se formen en determinadas universidades y a su vez formen parte de sus equipos que sirven como vidriera para que lleguen al profesionalismo.

Esto ha sido muy rentable para las universidades moviendo billones de dólares al año en vestimenta y sponsoreo sobre los jugadores. En los últimos 10 años se ha triplicado el apoyo económico hacia los deportes universitarios logrando televisación y salarios en miles o millones de dólares para los directores técnicos; pero de todo este dinero nada llega a los principales engranajes de la máquina: los jugadores.
Los estudiantes son vistos como aficionados, por lo tanto no reciben dinero sobre su actuar deportivo, ni siquiera pueden vender la ropa que les otorgan las marcas mediante contrato.

Mientras la brecha crece en la diferencia social dentro de las universidades, muchos de los que ingresan con beca deportiva son jóvenes de clase baja que solo pueden costear su ingreso gracias a las becas y a su vez el aporte a su núcleo familiar es nulo, llevándolos a intentar saltar al profesionalismo antes de tiempo.
Del 100% de los estudiantes estadounidenses que practican deportes universitarios solo el 2 % llega a profesional, por lo tanto, el intentar dar un salto al nivel competitivo antes de tiempo es una oportunidad casi imposible de llegar y a su vez se les retira la beca, dejándolos afuera del sistema educativo.

Hace poco tiempo salió a la luz el problema del jugador uruguayo Diego Riolfo, quien jugando en México pidió mesa especial para dar un examen en la Facultad de Economía de la UdeLaR en Uruguay con el fin de lograr recibirse y continuar sus posgrados en México o cualquier lugar que lo lleve su trabajo como futbolista. Según explica, desde el 2010 le faltan dos materias para terminar la carrera, pero el deporte por un lado y la facultad por otro no le han permitido terminar.
Hace unos meses Rodrigo Arim, Decano de Facultad de Economía, le comunicó que se le negaba el pedido basado en los estatutos del estudiante, y que su caso especial no estaba contemplado en dicho estatuto.

El argumento de Arim es correcto, pero el caso de Riolfo muestra otra cara de la educación que es a quien está dirigida.

Según el mismo Riolfo, en un momento se sintió por fuera de ambos ambientes: el leer en una concentración de fútbol o antes de una práctica llevaba a que lo miraran como “bicho raro”, así como el llegar a la Facultad con botinera y equipo deportivo hacía que lo miraran “raro”; pero no solo esto, sino que ambos lugares le pedían exclusividad de atención.

Hay una máxima que está presente en el discurso político universitario hasta el último decanato y es abrir la facultad al hijo del obrero, pero el hijo del obrero es obrero también. Los sujetos que cursamos en la universidad, muchos trabajan o trabajamos y debemos hacerlo para lograr estudiar.

La falacia de la educación gratuita, eso una falacia: se hace casi imposible para un trabajador estar en la facultad si no se tienen los fondos necesarios para costearse la carrera, y la demanda de tiempo que requiere ser un universitario no es posible con la modalidad actual.

Claro está que se puede ingresar, es más, los niveles de ingreso son cada vez más altos en la educación terciaria de nuestro país, pero los porcentajes de egresos se han mantenido estables hace años, por lo tanto, los alumnos abandonan antes de terminar la carrera o les lleva mucho más tiempo que el que se cree en una licenciatura.

No solo eso, sino que hay factores sociales que alejan a algunos sectores del ingreso a la universidad. Las clases menos privilegiadas siguen manteniéndose relegadas de la educación universitaria, incluso de terminar el secundario, formando “masas” que muchas veces quedan relegadas del sistema o trabajan al margen o son funcionales al mismo.

Es verdad que todos tenemos las posibilidades de ingreso, pero no las mismas de mantenernos.

En el caso de Riolfo, está en su momento de apogeo como deportista y puede hacer la diferencia económica que le permita mantener su posibilidad de seguir especializándose mientras que posee de un tiempo libre necesario para estudiar, pero en muchos casos el estudiante es el eje del aporte económico de la familia y debe mantener su lugar de trabajo para ayudar en su familia.

Las becas estudiantiles están siempre presentes para paliar en parte esa diferencia, pero son para un determinado sector de la población estudiantil con determinada edad, y muchos quedan fuera y a veces las diferencias no son solo económicas.
El caso de Riolfo y de los estudiantes estadounidenses tiene cosas cercanas y lejanas. El deporte y los intelectuales tienen su separación, casi como barbarie y civilización, pero esconde también una forma de mantener ciertos privilegios sociales de determinadas clases sobre otras, de control del poder de la información y de generar discursos académicos de un sector sobre otros.

Entre los intelectuales la pelota es difícil de sacar, la ponen contra el córner y si se la sacás cobran falta. Muchas veces la universidad es un partido de 8 contra 11 para algunos y el juez está comprado, te cobrá un penal y dio 10 minutos de tiempo adicional…






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