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Crisis sanitarias: más riesgos para las mujeres

Celeste Murillo

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Fotomontaje: Juan Atacho

Crisis sanitarias: más riesgos para las mujeres

Celeste Murillo

En todo el mundo, las mujeres están más expuestas a las consecuencias de la crisis sanitaria desatada por el Coronavirus. Ramas feminizadas, precarización y trabajos de cuidado no remunerados, las raíces del problema.

La crisis sanitaria desatada por el Coronavirus dejó en evidencia el estado del sistema de salud en muchos países, después de décadas de privatizaciones y recortes estatales. Las condiciones de vida de la mayoría de la población y las grandes desigualdades quedan al desnudo en emergencias como las que atraviesan países como Italia, el Estado español o Estados Unidos.

Uno de los casos paradigmáticos es Estados unidos, un país donde no existe salud pública y el número de contagios podría multiplicarse rápidamente ante la imposibilidad de la mayoría de acceder a los kits para el análisis que son pagos. A esto se suma, el efecto dominó de la crisis económica en ciernes, que golpea primero a trabajadoras y trabajadores de servicios, mayoritariamente precarios, que ya están perdiendo sus empleos sin indemnización ni acceso a la salud. ¿Qué pasará con esas personas si se enferman?

¿Por qué las mujeres pueden estar en el foco?

El virus afecta a todas las personas, sin importar su género. Incluso, algunas de las cifras de las muertes en China (el primer foco de la enfermedad) muestran que la tasa de mortalidad es mayor entre los varones. Sin embargo, otras razones pueden hacer que el virus afecte de forma desproporcionada a las mujeres.

Existen dos motivos principales que explican una exposición mayor a las consecuencias de la crisis sanitaria. El primero, las mujeres son mayoría en el área de salud, especialmente la enfermería y limpieza, pero también entre médicos y técnicos. El segundo, la sobrerrepresentación de las mujeres y las niñas entre las personas que realizan tareas de cuidado, de forma no remunerada o en condiciones precarias.

En China, como sucede en otros países, la mayoría del personal de salud son mujeres. En el caso de la enfermería es abrumador: más del 90 %. Entre los médicos, representan el 50 %. El Comité Nacional de Salud chino relevó a las y los profesionales de la salud que viajaron a la provincia de Hubei (donde se encuentra la ciudad Wuhan, epicentro de la crisis en ese país): de 42.600 profesionales, 28.000 eran mujeres.

Esta situación se repite en casi todos los países. Según un informe de la Organización Mundial de la Salud (OMS), el 70 % de trabajadoras y trabajadores de la Salud son mujeres. La brecha salarial del sector asciende a 28 % y la mayor parte se explica por las horas disponibles para trabajar fuera del hogar (es decir, es más probable que las mujeres trabajen part-time y flexibles, que no significa que trabajen menos horas sino que para completar un salario de jornada completa deben tener más de un empleo).

En Argentina, las mujeres también son mayoría en el área de Salud (un 71,2 % según cifras oficiales). Como sucede con la Educación (73,6 % son mujeres), las ramas femenizadas suelen ser las de salarios más bajos. En general, derivadas de tareas de cuidado tradicionalmente “femeninas”, los sectores que se dedican a tareas socializadas de cuidado suelen tener mayor tasas de precariedad, jornadas extensas y en ambas se registran altos grados de burn out (agotamiento).

En las tareas de cuidado no remuneradas las mujeres también son mayoría. A los recortes y privatización de áreas enteras de cuidado, como salud, educación y cuidado de personas mayores o enfermas, las tareas no remuneradas se multiplican para las mujeres, a menudo después de su jornada laboral fuera del hogar. Este fenómeno no se debe a las crisis en sí misma, pero sí es un resultado de medidas como suspensión de clases, saturación del sistema de salud y cuidado, entre otras.

Según la Organización Internacional del Trabajo (OIT), el 76,2 % de las personas que realizan tareas de cuidados no remuneradas son mujeres y niñas. Volviendo al ejemplo chino, el porcentaje asciende a 80 %. En nuestro país, a pesar de estar muy lejos, las cifras son similares.

Un estudio reciente del Indec mostró que 8 de 10 de mujeres realizan tareas domésticas en el hogar, el doble que en el caso de los varones. A esto se suma un factor importante, señalado por Lucía Ortega en “Crisis, brechas y precarización: la situación de las mujeres trabajadoras en Argentina”, que es la dificultad para medir estadísticamente el ajuste en las tareas domésticas:

En un contexto de suba de precios y deterioro de los ingresos tienden a intensificarse las tareas del hogar, por la necesidad de reemplazar productos adquiridos en el mercado por otros realizados internamente para abaratar gastos. Entre ellos, la elaboración de alimentos, el cuidado de adultos mayores y niños, la contratación de personal de limpieza. A eso se agrega el achicamiento de servicios provistos por el Estado (educación, salud).

Combinación explosiva

La crisis sanitaria estalla en este contexto complicado para las mujeres y plagado de desigualdades. Las medidas tomadas por los gobiernos, aun cuando sean adecuadas en sí mismas, como el caso español donde se suspendieron las clases, como parte de un paquete de políticas insuficientes y tardías, pueden resultar en multiplicación de desigualdades. Medidas como la suspensión de clases no contemplan el efecto dominó que provocan en los hogares de la mayoría de las familias, que son trabajadoras. Josefina Luzuriaga advertía este problema en Izquierda Diario:

Si faltar al trabajo para cuidar de los niños o los enfermos no está garantizado con licencias pagas y obligatorias, y, al mismo tiempo, la crisis del coronavirus golpea la economía provocando la caída en las ganancias empresarias, los despidos masivos no se harán esperar. Esto será especialmente grave para aquellas personas que tienen los trabajos más precarios, que combinan temporalidad y parcialidad, un segmento donde el porcentaje de mujeres duplica al de los hombres (Informe: “Mujeres en el mercado de trabajo, mujeres pensionistas y mujeres migrantes en el siglo XXI”).

El panorama de las áreas de cuidado remuneradas, empleos precarios y de bajos salarios por definición, no es mejor. Es un denominador común que la mayoría de las cuidadoras sean mujeres y migrantes. Las condiciones laborales suelen ser más precarias que la media, ante la ausencia de derechos de organización y sindicatos; nadie garantiza su salud ni su seguridad en el empleo. En nuestro país, la situación de las trabajadoras domésticas (que incluye cuidados) es similar. Una rama femenizada casi por completo, 97 % son mujeres, y sin derechos sindicales, el 75 % trabaja de forma no registrada, las deja sin protección frente a situaciones de emergencia. Si a esto se suma el impacto de la crisis económica, la situación empeora, más después de la negativa del Gobierno a reconocer su derecho al bono para paliar algo de la pérdida del poder adquisitivo.

Como suele suceder en las crisis económicas, sociales o sanitarias, la desigualdad tiende a agudizarse y las malas condiciones de vida a empeorar. Las sociedades, como las nuestras, organizadas alrededor de las ganancias de los capitalistas y no de la vida de las mayorías, quedan al desnudo ante cada emergencia.

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Celeste Murillo

@rompe_teclas
Nació en Buenos Aires en 1977. Es traductora y aficionada a la historia. Es militante del Partido de los Trabajadores Socialistas (PTS) y de la agrupación Pan y Rosas. Es columnista de cultura y género en el programa de radio El Círculo Rojo. Estuvo a cargo de la edición en castellano de La mujer, el Estado y la Revolución de Wendy Z. Goldman y escribió en Luchadoras. Historias de mujeres que hicieron historia (2006, reedición 2018).
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