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¿Cómo se vive la pandemia en Punta del Diablo?

Un sitio codiciado por turistas pero que hoy sufre, como el resto del país, la pandemia sanitaria que agudizó la precariedad laboral y amenaza quebrar los lazos sociales, aunque persiste la solidaridad de un “nosotros” que no es “todos”.

Viernes 3 de abril | 18:08

Vecinos alerta

Vivo en un lugar que siempre es noticia, miles de personas nos visitan por año. Muchos sueñan con largar todo y venirse. Porque hay océano, monte, compañerismo y comunidad. La economía del lugar es sustentada por las familias pescadoras, artesanos, cocineros, cultivadores y artistas, principalmente. Es el atractivo del lugar, luego de la geografía. Hasta que aparece una pandemia.

No es de malos, es que nunca nos pasó, y no sabemos muy bien cómo reaccionar. Por eso actuamos así, como le pasa a la vecina del Super, esa a la que le comprás todo el año, y el sábado ya te tenía a $48 el kilo de harina. O el vecino que, con una mano denuncia al del delivery por irresponsable en los grupos de WhatsApp, mientras sostiene con la otra, su larga estantería de la cocina, que está a punto de descolgarse de la pared de tanta provisión. Porque con el autito, bien protegidos, el domingo tempranito se pegaron una vueltita por el Chuy.

Que fácil nos llenan la memoria del celular los que viven todo el año de las rentas del verano, es decir, del dinero del turista que elige este lugar, en gran parte, por sus independientes atractivos. Nuestra independiente forma de vivir.

Otros que tampoco saben cómo reaccionar son aquellos que persiguieron al portero contagiado en el bendito casamiento que, dicen, ya venía apedreado desde Montevideo. Muy irresponsables, tanto como él, que se hizo el pillo. Igual, nada justifica un intento de quemarle el rancho, mejor dicho, de incendiarle parte de uno de sus alojamientos. Aunque otra vecina dice que fue y que no hay ni una marca de nada.

La que no sabe para dónde disparar es la que dejó una bolsa de mandados afuera, para que alguien le haga las compras y se la robaron. Así como leés, se la pelaron de la puerta de la casa. En realidad, una pareja, acostumbrados a que acá dejamos ropa/calzados/accesorios afuera de nuestras casas o en lugares visibles, para que si otro lo necesita pueda llevarlo, lo vio y lo llevó. La vecina al otro día avisó en el grupo que la recuperó, que los vio pasar con la bolsa colgando, los encaró y ellos les explicaron. Pero igual avisó que eran, a juzgar por su acento, venezolanos. Por las dudas.

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"¡Qué bueno que avisaste, qué lo parió! Tenemos que cuidarnos entre nosotros". Entre ustedes dicen, ¿no? Porque mientras los "nosotros" siguen con su gran hermano pandémico, hay gente que ya el viernes a la noche, no sabía hasta cuándo le iba a durar lo poco que tenía en la cocina.

Y no sé por qué será, pero las cosas parece que duran menos. Porque ni hoy el delivery tiene entregas, ni mañana el que corta el pasto carga la máquina en el carro. Ni los niños van a la escuela. Ni comen. Porque acá, no llegaron viandas. Acá se paró todo porque la base de la economía del pueblo no puede producir. Y tampoco recibe ayuda del Estado ni de alguna institución.

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Acá ayudan las que preparan botellas con hipoclorito, las que cosen tapabocas, las que juntan alimentos para canastas, los comerciantes que avisan que pasen los niños a buscar su merienda. Acá nos estamos ayudando entre nosotros. Pero del "nosotros" nuestro. Del vecino solidario que te golpea las manos con la excusa de convidarte con eso que hizo ahora que tiene más tiempo, y de paso te arrima algo para comer, por las dudas. Ellos sí que entendieron todo. Como el enfermero que se desloma, solo en la policlínica, ayudando a todos y peleando por médicos. ¡Ah! Porque acá tampoco tenemos médicos, ¿sabían?

Nosotros, de los artistas que no paran de crear y compartir alternativas para ser libres por instantes. Ahí dentro, donde nadie se puede meter.

Toda esta gente, todo ese nosotros, queda por fuera siempre de todo. Porque no podemos pedir una canasta si para anotarse hay que solo hacerlo por teléfono. Hoy esa recarga se convierte en varias cenas. Por eso, en algunos casos, tampoco nos enteramos de las resoluciones. Nuestra vida online muchas veces es solo para casos de emergencia. Acá hay quienes no saben usar un celular, otros no tienen documentos y hay mucha gente sola. Lejos.

Nosotros estamos acá resistiendo, pero no podemos más.

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Un día esto va a parar. Los nosotros van a salir, nos vamos a encontrar. De a poco, venciendo el miedo. Los niños en la escuela, las casitas alquiladas el fin de semana, los comercios abiertos. Y ahí cuando ese nosotros pueda comenzar a caminar otra vez, recién ahí, podremos el otro nosotros, volver a trabajar. ¿Mientras tanto?

Primera olla popular de Punta del Diablo: viernes 3 de abril, 19 hrs, Viejo Blanco, Playa Los Pescadores.






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