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“Atar un moño azul a cada árbol”

Fue la consigna del gremio estudiantil del Liceo 26 promoviendo el cambio de nombre. Aquí, nota de opinión sobre espacios públicos, nombres y representatividad.

Jueves 4 de mayo | 13:21

Los espacios son simbólicos, su construcción y significación muchas veces sirven para fundamentar ciertas acciones políticas. En este artículo pretendo hacer un pequeño repaso de una lucha que llevó unos 32 años por parte de movimientos gremiales y barriales por cambiar un nombre y su carga simbólica a una institución educativa pública y de cómo a través de un proceso de larga duración se dio respuesta a un pedido colectivo de memoria.

Las formas como designamos a los objetos nos generan una representación propia de lo que es para cada uno. Su designación no depende del objeto mismo sino de su función y representación, es decir una mesa tiene la funcionalidad de apoyar un plato, por ejemplo, pero en su designación no está impuesta su función y esta se la da el entorno social en que esta inserta.

Ocurre algo así con los nombres públicos, por ejemplo en una plaza o un espacio verde aparece un tipo de simbolismo que parte del nombre que a su vez nace del homenaje y la representación. Una muestra de esto fue el Liceo número 26 del barrio de Jacinto Vera, llamado hasta el momento Armando Acosta y Lara.

Armando Acosta y Lara fue asesinado por el Movimiento de Liberación Nacional en 1972 en represalia por ser miembro interventor de secundaria en el gobierno de facto de Pacheco Areco - siguiendo los planteos de Carlos Demasi y su idea de que el golpe ya se dio con las medidas prontas de seguridad - vinculado a los Escuadrones de la Muerte y la persecución de estudiantes.

En 1976 el Consejo de Estado de la dictadura decide, como homenaje, nombrar al Liceo con su nombre. Esto es por demás simbólico: el hecho que un miembro de los Escuadrones de la Muerte cuyo fin era perseguir, torturar y asesinar a estudiantes, sea homenajeado en un liceo es una señal de control y poder de la dictadura uruguaya.

Tras el retorno a la democracia comenzaron las movilizaciones en torno al cambio de nombre y de quitarle ese insulto a los mártires estudiantiles.

Se eligió el nombre de Líber Falco, poeta del barrio. Este nombre no fue al azar, Líber Falco vivió en la zona y retrató en sus poemas la realidad social de Jacinto Vera como la pobreza, estaba siempre presente, y la belleza que pocos vieron en su entorno. Él mostró un poco de la luz de su barrio, sacándolo de la oscuridad y mostrando cómo la luna también brillaba en los techos de chapa.

Yo ingresé al Liceo en el año 2003 y comencé a militar en el gremio estudiantil como una forma de salir de algunas clases que no estaban muy buenas - es verdad - pero pronto empecé a empaparme en los movimientos políticos. En 2003 la crisis social y económica del gobierno de Jorge Batlle Ibáñez, golpeaba fuerte y el neoliberalismo mostraba su peor cara recortando el presupuesto educativo.

En ese marco el movimiento político del gremio fue muy fuerte y las marchas se hacían constantes; fui a mi primera marcha en ese año y también la primera represión policial que hasta el día de hoy me acuerdo.

A eso se le sumaba otra lucha, la de sacar de su cargo al profesor de derecho Alexander Torres Mega, represor de la dictadura y tras la restitución democrática.
El nombre del Liceo siempre fue una carga para los que estábamos ahí, y en más de una ocupación sacábamos el cartel de cobre que llevaba el nombre de Acosta y Lara para cambiarlo por uno nuestro de Líber Falco, algo que ya desde los ’90 se había vuelto una especie de tradición.

Me fui del Liceo en 2006 con la tarea sin cumplir y mi trayectoria me alejo de Jacinto Vera.

En 2012, algunos docentes con tendencias de izquierda pidieron a Mónica Xavier, como representante del Frente Amplio, que cambie el nombre del Liceo ya que era una lucha de los estudiantes y que no podía un Liceo homenajear a un miembro del Escuadrón de la Muerte.

Recién en 2016 una comisión de diputados decidió dar el ok al cambio de nombre y elevar el pedido a la Cámara.

Esta Cámara sesionó el día de ayer donde por mayoría absoluta decidieron el cambio de nombre, dejando de lado Acosta y Lara y cambiarlo por Líber Falco.

El cambio de nombre es reconocer al barrio y a los estudiantes (pasados, presentes y futuros), todos esos años de pelea, el derecho de nombrar y rendir homenaje al lugar que quieran y no que las autoridades impongan, y es también una forma simbólica de atacar a la impunidad que aún está presente en Uruguay.

La lucha simbólica de la representación de la represión sigue presente y los espacios públicos no solo muestran, sino que justifican accionares.

El hecho de que un represor tenga una calle, un genocida una estatua, un presidente una avenida o un líder una plaza, implica acciones y representaciones, ya sean buenas o malas. Los terrenos de disputa se dan en esa misma sintonía. La disputa por adueñarse de lugares politizados se debe dar, y hoy, que los espacios están en pugna, esto es un logro.






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